Sandalias con calcetines

por Javier Polo Brazo.

La Susona, según la leyenda, era una judía conversa cuya cabeza permaneció colgada sobre la puerta de su casa durante dos siglos para cumplir con su deseo testamentario. En esa casa, en el sevillano barrio de Santa Cruz, existe un azulejo que cuenta la leyenda pero que desde este verano es ilegible porque está tapado por una capa de pintura que le ha dado la actual propietaria de la casa.

En el mismo barrio, y también desde finales del verano, se mantiene una peculiar huelga de geranios en una casa de la calle Judería, una de las calles más emblemáticas de la zona. La propietaria de la casa, quizás la más fotografiada de la ciudad, se ha deshecho de todas las plantas y no piensa reponerlas de momento.

El motivo de ambos hechos es el mismo: los turistas no les dejan vivir.

Nunca les importó a ambas vivir en casas fotografiadas hasta el infinito o encontrarse con turistas en su puerta cada vez que salían o entraban de ellas. Eran plenamente conscientes del privilegio que tenían viviendo donde viven y que la riqueza de su barrio -y de buena parte de la ciudad- depende de que estos sigan eligiendo a Sevilla como el destino de sus vacaciones. Pero todo ha cambiado en los últimos años con el boom de los vuelos de bajo coste y la economía colaborativa.

Los centenares de turistas de antaño, ahora son miles. Los que paseaban por el barrio para imbuirse de la historia y cultura de este sitio ahora lo hacen porque es lo que toca o por puro postureo. Lo que antes era un guía explicando a un pequeño grupo de viajeros una leyenda en un lugar peculiar es ahora un mitin con megáfono a la puerta de una casa a cualquier hora. Lo que antes eran guías con formación son ahora actores disfrazados que organizan actuaciones en la puerta de su casa sin mirar demasiado el ruido que hacen o las molestias que causan. Lo que antes era una inocente foto mil veces repetidas es ahora una infinita selfi de energúmenos que, para parecer originales, no dudan en escalar a los balcones que sean necesarios.

Y las vecinas han dicho que hasta aquí. La primera de las que he mencionado por enfermedad, la segunda por hastío. Piden la actuación de las autoridades, una mínima regulación que permita que vivir en un lugar como este no se convierta en un infierno permanente. Los inofensivos turistas a los que siempre distinguíamos por su manía de usar sandalias con calcetines se han transformado en atorrantes seres capaces de cualquier barbaridad que transcienda en ese irreal mundo de las redes sociales.

Estas dos vecinas han lanzado un SOS que como no seamos capaces de interpretar acabará con nuestras ciudades por mor de unos ingresos extras.

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