San Pancracio

Ilustración: Isabel Chiara

por Richar Villalón. Ilustración: Isabel Chiara.


El día que tú no ardas de amor, muchos morirán de frío.

(François Mauriac)

Solo de pensar en el frío, un aluvión de nieve, me deja…frío. ¡Cabrón! Meterme en la nevera después de tantos logros laborales. Dejarme sin perejil, muerto de asco. Debí interceder cuando mandó a la mierda a su socio, en realidad, su jefe. Le hubiera aconsejado cual Pepito Grillo. Reconozco mi culpa cuando le convencí. Un contrato sin derecho a sindicato es frágil, como una uva frente al sol. Las pasas son buenas en cualquier estación…

Este negocio es así, pérfido e impredecible. Cuando se sintió seguro, cuando el viento sopló a su favor, ni un perejil a mis pies. Iba derrochando optimismo. “Chivateando” a sus compañeros, clasificándolos en una lista, con sus virtudes pobres, su cantidad incalculable de defectos amplificados. Averiguando el golpe exacto para hacerlos desaparecer, si estorbaban o preguntaban demasiado. Fue comprando coches lujosos, construyendo casas en Chipiona, Cádiz, Rota. Casas luminosas para un verano largo y siniestro. Ese verano jamás supo llegar. Su vida de invierno o de otoño constante lo hacía pensar en una vejez espléndida, cargado de rentas a favor, persiguiendo una juventud eterna.

¿Qué podía hacer? Su mujer lo incitaba, bailaba la danza de las tarjetas con ese vientre de araña devoradora. Viuda negra anticipada, casada, siliconada. Mujer cuya universidad fue el miedo a dejar de comprar… Se creía todas las ofertas del Corte Inglés. Compraba trastos que luego escondía por no saber cómo usarlos.

Cada parrillada era más cara, para unos camaradas demasiado baratos. Amigos asombrados, saltando de la admiración a la envidia, en una misma comba.

Esa decoración era una obligación dentro su supuesta altura de gerente inmobiliario. Sus trajes eran extraños, siempre ocultando el alma. Uniforme de un ejército remoto, depredador y radioactivo, un terno extraterrestre.

Aquí me apalea. Metido en la nevera, le veo cuando viene a por hielo, casi cada hora. Los últimos whiskys no lo hacen por lo menos llorar. Mea mirando de reojo el espejo del baño, tocándose ese miembro donde las últimas modelos lograron un record.

Quiere incendiar el Ayuntamiento. Matar a los de las hipotecas detenidas por el Euribor siniestro, odia al puto banco y su declaración: “La burbuja ha explotado”. Desea con todas sus fuerzas que los socialistas se hagan moléculas en el universo infinito. Que los del PP. se vayan al carajo igual que él. Ansía que el mundo se haga un paraje derribado y su oficina sea la única puerta en pie para reconstruirlo.

Cuantas fronteras para llenar de muros, cuantas cárceles para estrenar humillaciones, cuantos Vaticanos para darle cuerda a los leones. Todo eso por fundar, si alcanzase la ola presagiada por los mierdas ecologistas. ¡Nada de bombas silenciosas modernas!, resultan simplonas. Llenas de virus, destruyendo sin derribar. Él quiere bombas reales, de las antiguas, esas que tiran casas despedazando perros. Aquellas dejando árboles  hechos leña. Películas donde el último hombre sea un hombre con mujer y un alcalde. Para rehacer la civilización de antaño.

Todo ese delirio será el whisky o la coca que lo han dejado solo.  Sin dinero la coca te deja sordo, mirando tu pasado como una película en VHS, caduca, sin nitidez. Te deja alucinando sobre lo perdido y lo gastado, te deja arrastrado y confuso en una corriente donde sino vuelves a rabiar, acabas siendo piedra.

¡Ay, qué culpa la mía no haberlo detenido! haber organizado una investigación a tiempo. Haberle puesto un caballo perdedor en su ruta hacia el paraíso. Qué mala prevención darle trabajo a diario. Crear de todo una empresa, desde catering, hasta vendedor de flores. Desde hacerse de Fiestas, Cultura y Deportes, hasta llegar a construir una Plaza de Toros. Una pirámide para su exaltación eterna. Qué malo fui al proporcionarle todas las armas para hacerlo un aprovechado empresario. Hablarse de tú a tú con el Alcalde. Regalarle  aceite, pan y vino como en los evangelios. ¡Qué mal me porté! ¡Qué mal!

Un pobre santo emprendedor es lo que soy. Un currante buscando trabajo para los reyes de la quimera. Los que saben rezarle mejor a la lotería, que a la razón. Un santo buscado solo en horas desesperadas. San Pancracio  en la nevera, castigado y sin trabajo. Congelado de miedo. Mártir del whisky, la viagra, el vértigo de la acometida inmobiliaria. Las casas no valen lo que cuestan… ¡Mala resulta la bondad, muy mala!


Richard Villalón

Del Libro: Cantando en papel Ediciones en Huída

www.richardvillalon.com

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