Recuerdos por el parque de mi niñez: la Fuente del Berro

por Víctor Arrogante

Hoy quiero rememorar algunos momentos de mi infancia, de mi vida. Tiempo hay, supongo que lo tendré, para seguir reflexionando sobre la cruda realidad. Me encaminé en busca del parque en el que corrí en mi infancia y mis hijos disfrutaron de su remanso, junto al estanque y las verdes praderas. La Quinta de la Fuente del Berro; me quedé frente a sus verjas, ahora cerrado por los estragos de la cruel Filomena.

Palomas con sus palomares, patos y peces en el estanque y pavos reales encaramados en los abetos centenarios. Tengo la impresión de que todo sigue igual; se escucha el canto de los pájaros. A ciegas recorro sus caminos, bajo sus pendientes y huelo, «huelo» su aliento. Entro por la puerta de las torretas, al final de la colonia Itúrbe, hoy de lujo. A mi derecha la Casa del Reloj, a la izquierda el Palacete, antiguo pabellón de los guardeses y en frente la fuente, antes rodeada de flores y con peces rojos, hoy ni agua veo. Tengo fotos, con mi padre, las últimas con él, meses después murió y hoy lloro, después de sesenta y cinco años, lo que entonces no recuerdo haber llorado.

Por el camino y veo a la ya veterana Torre España, la M-30, antiguo arroyo Abroñigal, que desembocaba en el Manzanares, luego reformado y llamado avenida de la Paz, que conmemoraba los veinticinco años de la de Franco. Fui alumno del colegio Santa Ana y San Rafael, donde terminé mi ciclo escolar, el de los Marianistas, los del Pilar, pero para niños pobres. Los domingos, nos adentrábamos en las cuevas y chabolas de la prolongación de O’Donnell, que se derruían al menor viento solano. Acompañaba al cura del colegio a dar la comunión a los enfermos, que la recibían con humildad, hoy, ateo empedernido creo que mejor hubieran recibido sobres y comida por necesidad.

La miseria era tan grande que entonces solo fui capaz de sentir y hoy analizar. Aquello era la inmundicia insoportable. Desheredados de la guerra que tenían que padecer por ello; expresos e inmigrantes sin futuro. La miseria se veía, se olía y se sentía. Muchos lo soportaban estoicamente, otros reposan en el cercano cementerio del Este. Todo lo recuerdo como un drama; algunos de aquellos chicos eran mis compañeros de colegio. Algún domingo, de la mano de mi madre, bajábamos por Alcalá a las cuevas de Las Ventas. Íbamos a visitar a mi tío Pepe, hermano de mi padre, donde vivía con su mujer y cinco hijos. Cuevas trogloditas horadadas en la tierra. Agua estancada y mucho barro. En su novela Tiempo de silencio, Luis Martín-Santos, muestra el ambiente como si de bajos fondos de Madrid se tratara. De todo habría, pero la mayoría eran trabajadores, muchos recién salidos de las cárceles, perseguidos, vigilados y con dignidad.

No quiero hacer historia del parque, sino de mis recuerdos, pero conocer la historia la conozco. Fueron terrenos de la Quinta de Miraflores, propiedad de Felipe IV «el Grande» o «el rey Planeta», que lo adquirió por 32.000 ducados. Se encargó el diseño del lugar a Sancho Dávila, para que lo convirtiera en un nuevo «real sitio». Yo lo disfruté sin ser rey y mis hijos sin ser príncipes.

En la explanada baja han instalado un estaque, tan prefabricado y fuera de lugar, que se ve como claro impedimento para evitar el disfrute de quienes utilizaban el espacio para sus juegos, como las marquesinas anti-mendigos que Ana Botella implantó en Madrid. En aquel espacio, los futuros futbolistas probaban su toque y los toreros en ciernes su suerte. «Desde mi balcón lo veo», los veía, «desde mi balcón lo siento», lo sentía y bajando por los desmontes de lo que luego fue la avenida, compartíamos espacio.

La Fuente del Berro, a las afueras del parque, junto a la puerta que da su nombre y al parque entero, sigue manando agua, que antes bebí «gorda» y ayer ni me atreví. Más cerca tuve a De Pura Cepa, en la calle de la Fuente del Berro, para beber lo que bebí. En su honor tengo que decir que la Fuente, fue uno de los acuíferos de la más antigua tradición en Madrid, mi pueblo, cerca de Las Ventas, en los arrabales del distrito de Salamanca, mi barrio, en donde nací y aquí sigo autoconfinado; particular de la Povedilla, por ser como fue y por los vecinos ilustres que la habitaron.

El espíritu poético de Gustavo Adolfo Bécquer está en el parque. Recuerdo el día de la inauguración del monumento, en octubre de 1974. Estábamos en el parque con mi hija Belén como tantas tardes y el concejal del distrito, me pidió colaboración para hacer una llamada y acercar a la concurrencia al acto y escuchar el concierto de la banda municipal. Entre bloques de granito, está esculpido: «Hoy como ayer, mañana como hoy. Y siempre igual: Un cielo gris, un horizonte eterno y andar… andar». Entre ellos surge el poeta en bronce quien cantara «Volverán las oscuras golondrinas» o «volverán del amor en tus oídos las palabras ardientes a sonar…», o no sonarán, ya sabemos como es la voluntad poética.

Otros monumentos que no conocía o no recordaba han surgido, como el de Alexandr Pushkinl, el considerado fundador de la moderna literatura rusa. O la estatua de Miguel de Cervantes y la dedicada al violinista Enrique Iniesta «Que llevó por el mundo toda la música de España». Museo abierto en el que se han incorporado estructuras abstractas, que forman un conjunto extraño, que rompen de alguna forma el paisaje romántico entre fuentes de piedra, cascadas y estanques, de agua no tan cristalina como debería.

Comienzo el retorno entre praderas surcadas por sinuosos paseos, escaleras rústicas de piedra y una gran variedad arbórea. Uno podría hasta perderse en alguna zona frondosa −antes custodiadas por los guardas jurados, para evitar rozamientos humanos entre quienes eso buscaban−. Podría perderme, pero no lo hago, para qué, me encontrarían. Hasta hay una loma con una sombrilla, a la que se accedía por unas escaleras empinadas y oscuras por la vegetación que la envolvía. Estanque frondoso, peces de colores y patos blancos que se mecían. Al fondo migas de pan, blando y sucio y peces que compiten con el resto de  la fauna viva por la subsistencia.

Abandono el parque, pero no mis recuerdos. Dejo atrás el palacete real y sus caballerizas. No hay reyes ni caballeros ni palafreneros reales al servicio de nadie. Hay jardineros de empresas privadas contratadas. La legendaria Fuente de Berro, está fuera, al final de Los Peñascales, antes escondida entre jaras; agua gorda, fresca, agua que los paisanos embotellaban, para la mejor digestión, que hasta para los males biliares servía.

Vislumbro en la penumbra, entre gritos y risas infantiles a mi madre, mis hijos, su madre, la humanidad y el futuro que venía con luz clara, Clara. Es grande haber vivido y hoy escribir mis recuerdos. Va por todos ustedes, por los míos; por mis recuerdos.


Víctor Arrogante, colaborador habitual de La Mar de Onubaprofesor retirado, ex sindicalista y veterano activista por las causas de las libertades y los Derechos Humanos. Crítico analista del presente y pasado reciente, en sus columnas vuelca su visión de republicano convencido. Sus primeros artículos en la primera etapa de Diario Progresista (recogidos en el libro Reflexiones Republicanas) le hicieron destacarse como columnista de referencia para los lectores de izquierda, y hoy sus columnas pueden leerse también cada semana en 14 destacados medios digitales, como Nueva Tribuna, El Plural, Cuarto Poder o Confidencial Andaluz.

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