Quieren vernos temblar

por Eduardo Flores

 

El sueño húmedo de la derecha española consiste en vernos temblar. Siempre ha sido así. Porque siguen siendo los mismos, asimilados por la democracia. Mantienen esa misma rabia malsana del niño malcriado al que se castiga cara a la pared para que no siga haciendo lo que le sale de los cojones.

Ninguna de las dos Españas son una y, mucho menos, trino. No creo en la calle de en medio. Españas habrá tantas como pares de pies que la caminen. Como todo país, es una ficción necesaria. Con todos los engranajes que le son propios. Eso no significa que funcione sin tramoyistas. Sin ellos el movimiento es un imposible, sin un ejercicio abnegado y en gran medida silencioso, rompemos el pacto de la ficción. En consecuencia, no podemos, porque no nos los creemos, ver la ficción que es España como país. Esos tramoyistas no son otros que cada uno de los nombres propios que, de cabo a rabo, dibujan todo el arco del espectro político. Con independencia de los colores que defiendan y de la función que desempeñan dentro de la maquinaria ficticia que los ha colocado justo ahí.

La ficción que es España no se puede romper. Sí puede, sin embargo, oscilar entre géneros. Hoy, bajo la suela de la pandemia que nos ha montado un virus cabrón, consumimos inevitablemente la tragedia. Insisto, vivimos un momento trágico. El argumento nos mantiene en un punto del arco en el que abundan las muertes, los enfermos, los familiares de muertos y enfermos, y, para el remate de los trágicos tomates, un sindiós inconmensurable de personas a los que está situación está llevando por causa de fuerza mayor al drama de una economía partida en dos. Espero no estar sorprendiendo a nadie con este dibujo, a modo de resumen, de la realidad.

Por supuesto que no. Lo sé. No me he tenido que subir a ninguna atalaya para vernos.

Sí ha sido una sorpresa, una muy grata, desde luego, por inesperada, la reacción de los personajes que somos como sociedad en este relato. No me cansa repetirlo una y otra vez. Y más que la reacción asombra también esta forma de mantener un ánimo, la fuerza y la capacidad de sacrificio para hacer lo que debíamos y debemos hacer para superar, cada día, cada minuto de esos días, el dolor que nos impone esa realidad que conocemos y que, insisto de nuevo, tiene que ver con la muerte y la enfermedad y la pérdida de ingresos y empleos. Contra todo pronóstico, el mío muy particularmente por pesimista profesional, los personajes que somos la vecindad abalconada hemos sabido estar a la altura.

Luego están los tramoyistas.

Si el gobierno lo está haciendo bien o no, muy pocos están autorizados por medio del criterio a opinar con la precisión que merece el momento. Mi limitado criterio me lleva a pensar que su actuación, quizá con todos los matices sujetos a las variables que no están al alcance de mis conocimientos, no ha errado del todo el tiro.

Párense a pensar. Esta pandemia en particular, por lo novedoso en la forma de desarrollarse, entra de lleno en lo que en ciencia se conoce como el estudio de los sistemas complejos (al igual que lo relacionado al cambio climático). Esto es, y resumiendo mucho, que para enfrentar el relato impuesto por la Covid-19, se precisa de la implicación de todas las especialidades que comprende el conocimiento humano, de la Ciencia con mayúsculas, un arcoíris que va desde la filosofía a las matemáticas pasando por la geografía y la medicina. Ahí es nada.  

Es un espacio inhabitable para bulos y desinformaciones.

Tarde o no. Mal o bien. Quién puede saberlo. Sí es un hecho que los últimos datos apuntan a que no vamos desencaminados. También es cierto que en el plano económico, las medidas, que todavía ignoramos hasta qué punto eficaces, difieren en mucho de aquellas de la austeridad que durante largo tiempo han flagelado nuestras espaldas. Esa diferencia, probar un modelo de respuesta socioeconómica frente a una crisis, sanitaria en este caso, habría al menos de transmitirnos una voluntad política que, de tan valiente, el fracaso supondría una derrota total de una ideología y, no es improbable, el fin definitivo de un puñado de carreras políticas.  

Seguimos con los tramoyistas. La oposición, claro.

La manifiesta campaña de desgastar al gobierno de coalición en un momento como el que vivimos, la zafiedad con que se está llevando a cabo esa campaña, bien cabría dentro de los contemplados como delitos de lesa humanidad. No son nuevos en esto, saben lo que hacen. El mayor error, nunca penalizado en las Españas y la ficción que es, y costumbre de nuestra derecha política, siempre ha sido la pretensión de ostentar el poder por la fuerza. En esta ocasión la fuerza reside en las redes sociales y todas aquellas formas de agresión que se pueden llevar a cabo en el mundo de lo digital (y lo no tan digital: El mundo, La razón).

Saben que su victoria pasa por hacernos temblar. Que el miedo tiene escrita una autobiografía, y que ésta, no es otra, que nuestro pasado, muy lejos de ser glorioso.

No bastaba con culpar al gobierno. Que bueno, bien, éticamente reprobable pero aceptable. No bastan a Pablo Casado (el gobierno se escuda en la ciencia y en la técnica, no olviden) y a Santiago Abascal (intento velado –o no tanto- de golpismo) proponer cualquiera medida, por disparatada que sea, contraria a las tomadas por el gobierno por el hecho de ser contrarias y nada más. Es, precisamente, ese disparate de las medidas de salvapatrias al amparo de la irresponsabilidad que saben que se le presuponen, lo que impide el diálogo que sí es necesario entre los tramoyistas del escenario donde se desarrolla una tragedia que es sólo nuestra y de nadie más.

La imagen de la Gran Vía, solitaria, y cubierta de féretros, en forma de meme, ha sido el último botón de una muestra de mezquindades que no tienen otro fin que el desprestigio de los tramoyistas de primera línea. Tramoyistas, al fin y al cabo. Para ello han tomado sin permiso una fotografía (sujeta a derechos de autor) ajena a cuanto representan y han realizado un montaje sospechosamente bien elaborado.

(Tan supuestamente militaristas como dicen ser en VOX, parecen ignorar que a los soldados se les enseña a limpiar, con la mayor urgencia posible, la sangre del compañero herido. El resto de sus compañeros en la batalla no deben ver esa sangre. Porque también es la suya.)

Es el culmen de la ruindad. Pero no en la lid de la política patria (cuando nunca ha sido tan innecesaria como ahora), sino para quienes sí hemos sabido estar a la altura de las circunstancias desde el minuto uno; y como vanguardia de estos nosotros, los profesionales de la sanidad pública que cada día se parten el alma para sacarnos de una enfermedad que nos está martirizando como sociedad.

Confinada. Aterrada. Extremadamente vulnerable. Triste.


Eduardo Flores nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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