¿Quién teme a la Europa mestiza?

Según el académico Enrique Uldemolins, "cuando una persona llega a un sitio, ocurre un proceso de hibridación. El cambio se produce en ambas direcciones, la gente local admitirá usos y costumbres de los que vienen de fuera y los que llegan terminarán adaptándose para sobrevivir". En la foto, agrupaciones de migrantes celebran en España el día de la Hispanidad. (Jesús Ochando)

por María José Carmona


Para reflexionar sobre Europa y su identidad, empezaremos hablando de fútbol.

La noche del 15 de julio de 2018, futbolistas de origen argelino, camerunés, maliense, congoleño y filipino posaron juntos para una foto histórica. Entre todos levantaban orgullosos la última Copa del Mundo y lo hacían en nombre de Francia, el país al que años atrás emigraron sus familias.

La selección gala, con casi un 70% de sus miembros de origen extranjero, exhibió aquella noche su rostro más multicultural. Mientras tanto, el resto del planeta aplaudía sorprendido. Como si acabara de mirarse al espejo por primera vez.

En un mundo con 244 millones de personas en movimiento (viviendo en un país que no es el suyo de nacimiento), no debería extrañarnos que 13 de las 14 selecciones europeas en Rusia tuvieran migrantes en sus filas. “Europa se vuelve mestiza”, auguraba ya en 2010 el sociólogo y filósofo Sami Naïr. “Se trata de un proceso irreversible”.


Por eso el fútbol refleja hoy la diversidad tanto como las colas del metro o los patios de recreo. Si bien, en el deporte y en la vida el mestizaje no se interpreta con el mismo entusiasmo.


 

La Europa antiinmigrante, que ya controla o influye los gobiernos o parlamentos (o contamina la posición de partidos tradicionales) de cerca de una veintena de países europeos, ha recuperado el viejo discurso de la identidad para confundir de manera interesada la diferencia con la amenaza, alimentando el terror a un fenómeno que, por otro lado, es inevitable.

Tal y como advierte Naciones Unidas, la humanidad va a seguir moviéndose. Y, desde el punto de vista demográfico, es fundamental que sea así. “Hace mucho tiempo que algunos países europeos no solo no crecerían, sino que disminuirían de población si no fuera por las migraciones”, explica Julio Pérez Díaz, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). “Vamos a seguir recibiendo población, la tendencia es evidente”.

A Europa solo le quedan dos opciones: mirarse al espejo con aceptación o con miedo.

El mito de la identidad

Ni la migración es algo nuevo ni ha ocurrido siempre en la misma dirección. De hecho hasta el siglo XX la mayoría de los desplazamientos en el Mediterráneo ocurrían al revés. De Norte a Sur, de Europa a África o a Oriente Medio. Personas que buscaban oportunidades o que huían, igual que ahora.

“Durante los últimos siglos ha habido flujos porcentualmente más grandes. El impacto depende de las variables políticas e ideológicas”, explica José Manuel López, profesor de Geografía de las Poblaciones en la Universidad de Sevilla. “En Alemania, por ejemplo, de 2010 a 2015 el número de migrantes solo aumentó un 0,4%. El alarmismo no está justificado con los números en la mano”, asegura el profesor.

Hoy viven en la UE alrededor de 37 millones de personas que han nacido fuera de este bloque –esto es, el 7% de la población de los Veintiocho– y, sin embargo, la mayoría de europeos sigue pensando que hay dos veces más.


“Los procesos migratorios son lentos, como en la geología es la sedimentación”, señala Jesús Labrador, psicólogo social. “El problema ahora es que estamos sometidos a terremotos sociales continuos: cambios tecnológicos, conflictos ecológicos, laborales. Las nuevas sedimentaciones están en un ambiente de tremenda incertidumbre”.


 

Es en este contexto donde resurgen las identidades nacionales y todos esos discursos que hablan de “invasión” y de la urgencia de defender Europa frente a los “otros”. Sin embargo, tal y como insiste Labrador, las identidades estables, únicas y puras no existen. “Como sentimos miedo, nos agarramos a conceptos antiguos, al paraíso perdido de la pureza de nuestra identidad. Pero creer en esto es casi un acto infantil”.

Hoy se habla de “identidades múltiples”. El resultado de siglos de mezclas e ’impurezas’ en un mundo que cada vez se hace más pequeño. “La identidad colectiva ya no existe. Cada vez somos menos locales. Nos une mucho más el tipo de coche que conducimos o el equipo de fútbol que el origen”, destaca también Julio Pérez, investigador del CSIC.

El ‘efecto Benetton’

Durante su última visita a Londres, Donald Trump avisó a Europa: “la ola de inmigración cambiará de manera irreversible vuestra cultura”.

Y en parte tenía razón. Pero sólo en parte. “Cuando una persona llega a un sitio, ocurre un proceso de hibridación. El cambio se produce en ambas direcciones, la gente local admitirá usos y costumbres de los que vienen de fuera y los que llegan terminarán adaptándose para sobrevivir”, cuenta Enrique Uldemolins, profesor del Instituto Humanismo y Sociedad.

Porque las culturas no se imponen unas sobre otras, son flexibles. Todas cambian según el contexto. Como reconoce la antropóloga social Débora Ávila, “no hay ningún migrante que venga y traslade su cultura en una mochila de allí a aquí. Desde el mismo momento en el que migra, inicia un proceso de transformación”.

No obstante, como insiste la antropóloga, eso no implica que sea fácil. Tan iluso es creer en la pureza de la identidad como en el ‘efecto Benetton’. Es decir, en la idea de la belleza y armonía mestizas, sin más. “En la vida real convivimos. Pero de momento esa convivencia no se plantea en términos de identidades que se miren como iguales”.


Coincide con ella el sociólogo Jordi Garreta: “la integración es compleja. Nos la jugamos en cuestiones como la inserción laboral, la vivienda y la segregación, la educación y la salud”. Este investigador, que estudia lo intercultural en centros escolares, reconoce que “todavía hay resistencias, sobre todo en el tema del islam, pero estamos en proceso de construcción. Hay autores que dicen que la integración necesita tres o más generaciones”.


 

En estos momentos y según las investigaciones del profesor Uldemolins, Portugal es el país europeo que más aprueba en integración. Es cierto que la proporción de población migrante es algo menor y que la mayoría procede de antiguas colonias –como Angola– y, por tanto, comparten el idioma. Pero también es uno de los pocos países que, a pesar de la crisis económica, no ha recortado los derechos a estas personas.

Genes contra la xenofobia

Hace unos años la revista National Geographic encargó al fotógrafo Martin Schoeller una galería fotográfica con los nuevos rostros de Estados Unidos. El resultado mostraba los mestizajes más inverosímiles: afroamericano y alemán, coreana e hispana, chino y europeo del este, tailandés y negro. Son los hijos de la globalización y sus facciones desafían cualquier idea conservadora que tengamos sobre la identidad.

El mundo se construye como un mosaico cada vez más diverso. Si bien, tal y como advierten los especialistas en genética, solo es diverso por fuera.

“Es difícil de entender porque si miramos a un individuo físicamente casi lo podemos clasificar, pero, desde el punto de vista genético, son muy pocas variables las que nos distinguen”. Habla Sònia Casillas, especialista en genética de poblaciones de la Universidad Autónoma de Barcelona.


La investigadora recuerda lo que, en realidad, ya demostró en los años 90 el genetista Cavalli Sforza: que genéticamente las razas no existen porque el 99,9% de los rasgos genéticos de los humanos –ya sea uno noruego o senegalés– son iguales.


“Hace solo 80.000 años que la humanidad empezó a salir de África. Desde el punto de vista evolutivo es muy poco tiempo. Por eso somos una especie con muy poca diversidad genética”, insiste Casillas.

Eso quiere decir que, en realidad, hoy nos mezclamos entre individuos ya de por sí muy parecidos. “Por eso, cuantitativamente los cambios no van a ser tan importantes”.

Puede que, en un futuro, dentro de ese 0,1% que nos separa, prevalezcan unos rasgos por encima de otros o que algunos lleguen incluso a desaparecer, pero, como explica la ciencia, eso no va a depender de los movimientos de personas. “Al final se seguirán manteniendo los rasgos fenotípicos que estén mejor adaptados al ambiente”, puntualiza Casillas.

He aquí el mensaje de la genética para todos aquellos que temen mirarse en unos años al espejo: el futuro color de ojos o de piel de la Europa mestiza tendrá más que ver con el cambio climático que con la llegada de los “otros”.


María José Carmona

Periodista independiente especializada en temas sociales y de derechos humanos. Actualmente colabora con los medios digitales Planeta Futuro (El País), eldiario.es, El Confidencial y Público, entre otros.

Twitter : @MJCarmonaLopez

Artículo publicado por cortesía de 

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