No vamos a salvar la navidad

por Eduardo Flores

 

El medio plazo es un mono con un Kalashnikov. La preventa de tiempo, los futuribles rellenos, ya saben, son una estafa. Por otro lado están los flotadores. Cabría recordar el uso exclusivo de ellos cuando del barco apenas vemos una proa lastimera clamando al cielo oceánico de tormenta en un hundimiento. Es así que salvar, lo que se dice salvar, en un año en el que tocó compartir la miasma, aquí no se salva nada ni nadie.

Al contrario. El medio plazo, cada vez más corto, tanto que es casi ya, era una Navidad que se había de salvar por un decreto pornográfico. Nos propusieron no cruzar los puentes, porque debíamos salvar la Navidad. Nos dijeron por enésima vez que mascarillas, que nada de besos y abrazos, que todo el mundo en casa a las diez; porque debíamos salvar la Navidad. Y así como uno nada alejándose de la proa en medio del hervor, agarrapatado al donut de emergencia, el medio plazo era una isla que no podíamos saber si llegaríamos a alcanzar. Que ignorábamos si nos valdría la pena visitar un segundo antes de enrolarnos. Entonces y ahora, cuando enfermedad y muerte aporrean timbales; ahora y entonces, con esguince emocional, ¿qué Navidad vamos a salvar que no sea la de El Corte Inglés? (Por decir.) Quien no arrastra muerte o enfermedad en el extremo profundo de su médula a estas alturas lo está buscando la policía. El Corte Inglés, por lo que a mí respecta, es art de decó.

El medio plazo obliga a la preocupación.  Y me pregunto hacia dónde conducían ésta cuando nos indicaban que no debíamos cruzar puentes, que sí usar mascarilla -por enésima vez- o que echáramos el pestillo con la familia Telerín. Me pregunto por el objeto y el sujeto de la preocupación. Y me pregunto qué tipo de Navidad vamos a salvar si es, precisamente en estas fechas, por tradición de la fiesta, y en estas que andamos, desembocadura más que probable de los dos ríos que son la muerte y enfermedad. Tan pandémicamente al matadero.

Porque salvar la Navidad nunca comprendió lanzar un bote al pequeño negocio, a la empresa mediana. Hoy amor, igual que ayer, como siempre: el diario no hablaba de ti. Ni de coña propiciar la mesa llena, con la familia y los amigos que no queremos asesinar, ya fuera una tortilla de patata la fuente de gambas. La Navidad a defender apestaba al verano que dejamos por la popa, de la que salimos más enfermos y más muertos.

Salvaríamos, en cualquier caso, un romancero de ausencias. Y en lugar del sonido de las campanadas, en nuestros oídos del fin de año, estallaría atronador el ruido de pesadumbre y arrepentimiento que será la banda sonora de las cajas de El Corte Inglés en su último cierre del año dos mil veinte. A modo de orquesta del Titanic.


Eduardo Flores, colaborador de La Mar de Onuba, nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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