Muere a los 79 años Alberto Cortez, «cantor de las cosas sencillas»

Alberto Cortez, autor de clásicos como “En un rincón del alma”, “Cuando un amigo se va”, “Callejero”, “Mi árbol y yo” o “A partir de mañana” que le permitieron irrumpir en la Argentina y también triunfar en España, ha muerto este jueves, a los 79 años, en Madrid.

El artista, nacido en la localidad pampeana de Rancul el 11 de marzo de 1940, se valió de una lengua común aplicada a composiciones simples e impactantes para trascender las fronteras, afincarse en España hace casi seis décadas y vivir en el territorio de la canción de autor. Durante una entrevista realizada en junio de 2009, el trovador defendió ese género porque, dijo, «es el que posibilita contar las cosas que se sienten y es el que permite apreciar una emoción humana”.

Y sin duda Cortez encontró la manera directa y potente de transmitir esas emociones de la mano de un profuso cancionero plasmado en más de 40 álbumes publicados a ambos lados del Atlántico. Allí registró otras piezas de gran popularidad como «Distancia», «Como el primer día», «Castillos en el aire», “Mi árbol y yo”, «Te llegará una rosa», «Castillos en el aire», «El Abuelo». y «En un rincón del alma».

En ese camino compartió escenarios, discos y proyectos con otros músicos como Facundo Cabral, Estela Raval, Mercedes Sosa y Ricardo Arjona, y musicalizó a poetas españoles de la talla de Miguel Hernández y Antonio Machado.

Logró en su carrera cuatro Discos de Oro, cuatro Heraldos de Oro, la Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes, mereció el premio Grammy Latino a la trayectoria y a la excelencia musical en Las Vegas. En septiembre de 2007 fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura por la Legislatura porteña en su Argentina natal.

Entonces el músico sostuvo que «Rancul es mi patria y Argentina es apenas un arrabal de mi pueblo», pero enseguida aseguró que «nunca estuve enojado con el país. Sólo reconozco que es ligeramente desordenado y que es necesario que se ordene de una buena vez. Por mi parte», añadió «he hecho uso de la libertad de escoger el sitio donde quiero vivir, y aunque mi esposa es belga y también viví allí, en Holanda y en París, al final (desde 1964) elegí España porque tenía un acercamiento de idiosincracia muy similar al nuestro».

Ese tránsito mundano y artístico fue plasmado en el libro «Alberto Cortez. La vida», escrita por Laura Etcheverry en 2009, plasma en 528 páginas cuatro años de investigación donde añade diversas declaraciones de personalidades como Joan Manuel Serrat, Joaquín Sabina, José Luis Perales, Atahualpa Yupanqui, Fito Páez y el Rey Juan Carlos I.

Su relación con la literatura incluyó obra propia volcada en los volúmenes “Equipaje” (1977), “Soy un ser humano” (1985), “Almacén de almas” (1993) y “Por los cuatro costados” (2007).

El cantautor había ingresado de urgencia el 27 de marzo pasado al Hospital Universitario HM Puerta del Sur, en Móstoles, en las afueras de Madrid, debido a una hemorragia gástrica.
La capilla ardiente para despedirlo será instalada a partir de las 17 de hoy en la madrileña sede de la Sociedad General de Autores y Editores, en la Calle de Fernando VI.

Aunque nunca dejó la música, Cortez renegaba de la pérdida de espacio del tipo de música que abrazaba y por ello, en su entrevista con esta agencia de una década atrás expresó: «Uno quiere decir ‘sigo vivo y sigo escribiendo’. Estoy con la fuerza necesaria porque una persona que ama lo que hace no tiene por qué abandonar esa actividad».

Dos años antes y en otro reportaje, fundamentó la presencia de sus clásicos en los conciertos que ofrecía porque «canto lo que la gente quiere escuchar. No escondo mis éxitos porque los éxitos los hace el público, es propiedad suya y no cantarlos es esquivar el reconocimiento que se me ha brindado», razonó entonces.

Ha fallecido en Madrid a los 79 años, como alguna vez pidió, parafraseando a su admirado Atahualpa Yupanqui: «afinando la guitarra» para una agenda internacional repleta de actuaciones, y  deja un repertorio lleno cientos de bellas canciones que forman parte de la banda sonora de varias generaciones de hispanohablantes.

En un rincón del alma (por Perico Echevarría)

Siendo muy niño descubrí en casa de mi abuela materna a este gran señor de la canción «ligera», que así la llamaban en los estertores de la dictadura. Un single de vinilo (a 45 RPM) que aún conservo, y que contenía algunos grandes éxitos de Alberto Cortez, fallecido este jueves en Madrid. Años, después,a los doce o trece años, mis padres me llevaron a verle, a escucharle cantar en directo en Isla Cristina. Fue la primera de muchas veces.

Desde entonces su voz y sus canciones han formado, forman, parte de la banda sonora de mi vida. Mi admiración y afecto por sus letras y melodías no fueron fáciles de compartir en una adolescencia que transitaba por los años 80 del siglo XX, dominados por la movida, la explosión del pop español y la entrada a saco del punk y el rock extranjero. Pero fueron, y son.

Han pasado más de 40 años desde aquella madrugada isleña, y han sido muchas, muchas, las veces que he asistido a recitales de este argentino afincado en España, habiendo tenido ocasión de conocerle y saludarle. Hasta creo que él desarrolló cierta simpatía por aquel chico que, por su edad, no era parte de su público habitual, siempre formado por personas mayores de 30 años.

Con 16 años, estando en La Antilla, y puesto que no era fácil que mis amigos quisieran compartir conmigo el universo Alberto Cortez, una noche me puse en la puerta del bar El Ancla, que regentábamos los miembros de la pandilla, y cada vez que pasaba un coche preguntaba en voz alta si no irían al concierto que esa noche daba, junto a la tristemente fallecida Mercedes Sosa, en La Rábida. Y alguien paró, el maestro del colegio de primaria de La Antilla, el pobre Paco Toronjo, también fallecido, que me dijo «sube, chaval, vamos a ver al maestro Cortez».

Una odisea, por cierto, de la que a lo mejor dejo testimonio en este blog alguna vez, pero de la que hoy sólo destacaré que finalizado el concierto, Toronjo me llevó a la Hostería de La Rábida, donde el cantante se alojaba. «Digan a don Alberto Cortez que está aquí su primo Paco Toronjo que quiere presentarle a un amigo». Cortez, sin duda pensó pensó que se trataba del genial intérprete onubense de fandangos y no dudó bajar a corresponderle.

Yo lo estaba pasando fatal, consciente del engaño que estábamos cometiendo, y mi idolatrado artista, que me había reconocido, se dio cuenta. Tras un breve saludo de cortesía, se disculpó porque tenía prisa, dijo, y antes de volver a su habitación cogió una tarjeta del hotel y escribió: «Perico, recuerda este día con tu amigo Alberto Cortez». Joder, qué momento, no sólo no se había enfadado por la triquiñuela, sino que sabía quién era yo, como confirmó poniendo mi nombre en aquella tarjeta y aquellas, para mí, entrañables palabras. Nunca he dejado de escuchar sus canciones, y asistí a todos sus apabullantes directos siempre que pude.

Muchos años han pasado, como decía, y este jueves he recibido con impacto la noticia de que «la voz de la amistad», como le llaman en México. el viejo trovador de hermosas canciones que siguen emocionando a gentes de todo el mundo, ha muerto en Madrid. Su música y sus palabras, como las grandes obras, sobreviven al artista. En algunos casos, como el mío, vivirán siempre conmigo. En un rincón del alma.

 

 

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