Más educación, menos punición.

por Carmen Martín

Llegamos, un año más 25 de noviembre, pero que no es un 25 de noviembre más. El patriarcado exaltado y recientemente empoderado niegan los hechos que no le convencen modificando el discurso y tergiversando la realidad todas las veces que haga falta .Mientras que las feministas nos organizamos para defendernos a la vez que nos lamentamos por, “una más” en el depósito, “una menos” en las calles, en Tenerife, porque su cónyuge así lo decidió.

Con esto quiero reflexionar acerca de la completa inutilidad de la propuesta de la extrema derecha de alargar las penas. Yo no soy criminalista, pero si algo sé es que cuando alguien va a cometer un crimen no mira en el Código Penal para ver cuantos años le van a caer y qué es atenuante o agravante. Eso suele ser un trabajo posterior para abogados, no para maltratadores y asesinos.

El problema está en que son crímenes que podrían evitarse. El hombre no maltrata, humilla y asesina a una mujer cualquiera, sino a “la suya”, ¿Por qué? Porque hasta hace pocos años no estaba mal visto. Porque se ha transmitido de generación en generación y el conjunto de la sociedad lo ha silenciado hasta hace muy poco. El hombre estaba en su casa y hacía lo que le daba la gana, lo cual era su derecho. Y fuera también. Tampoco he visto a ningún cura condenar el perjuro del matrimonio “amarla y respetarla” cuando hay muestras de que no hay amor y respeto.

La solución no pasa porque se alarguen  las penas y tengamos que invertir en un sistema carcelario más extenso, sino por la educación de hombres y mujeres en la igualdad de derechos y obligaciones. Yo no quiero penas mayores, quiero que esas 62 mujeres que han sido asesinadas en este año estén. Estén  en sus trabajos, estén con sus hijos e hijas, estén en el gimnasio, estén haciendo punto, o cosiendo un botón, estén comprando pan o celebrando su cumpleaños, pero que estén. Y que esos 3 menores asesinados estuvieran aprendiendo, jugando, abrazando y cogiéndose algún berrinche, pero que estén.

Alargar las penas no lo va a conseguir, porque cuando abordas un problema (con su causa, y consecuencia) tienes que ir su origen para que su efecto sea lo más curativo posible; si abordas el problema en sí te queda una política paliativa y si abordas las consecuencias, lo siento, pero no estás haciendo nada, sólo gastar recursos que se podrían destinar a abordar los factores causantes. No lo digo yo, lo dice la ciencia. Y cualquiera con dos dedos de frente diría que para abordar un problema hay que reconocerlo. Negar la violencia sobre las mujeres es negar una realidad muy grave y tan absurdo como negar el holocausto, pero querer meter en la cárcel de por vida a los verdugos.

Y aun así, si se abordaran las causas, aún pasarían algunos años hasta que el 25 de Noviembre se quede como una fecha obsoleta y sin sentido, en el que no quede lugar a reivindicar ninguna víctima, ni reproche en las políticas de igualdad y contra la violencia. Las feministas estamos deseando que ese hipotético 25 de Noviembre sin nada que lamentar llegue, pero ya. Solo lo vamos a conseguir con “más educación y menos punición”. Porque si el franquismo fue capaz de educar a los hombres para que fueran arrogantes, competitivos e inseguros (un hombre no llora aunque se muera su madre, le decía un superior a mi padre en la mili) y las mujeres sumisas, en democracia podemos educarnos para transmitir nuestros sentimientos sin violencia.

Nos vemos en las calles.


Carmen Martín
Politóloga

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