Más de lo mismo en Israel

por Jesús A. Núñez Villaverde.


Presentadas poco menos que como las más relevantes de la historia de Israel, las elecciones legislativas celebradas el pasado día 9 no parecen responder a ese calificativo, tanto si atendemos a su nivel de participación como a sus resultados. Más allá de los matices que quepa establecer y de las incógnitas sobre la formación de un nuevo gobierno, en términos globales solo cabe hablar de más de lo mismo. Dicho de otro modo, más estrategia de hechos consumados por parte de Israel y más penurias para los palestinos.

De entrada, frente al 72% del electorado que se acercó a las urnas en 2015 ahora solo lo ha hecho el 68% de los 6,3 millones de potenciales votantes. Y si hay que destacar una caída en la participación, ninguna ha sido más relevante que la de la comunidad árabe israelí –en torno a un 20% de la población israelí– ante unos comicios de los que no esperaban nada bueno ni nuevo. Recordemos que desde la aprobación el pasado 19 de julio de la Ley del Estado-Nación, que proclama a Israel como el Estado del pueblo judío, los 1,8 millones de palestinos que allí habitan han agotado ya sus esperanzas de ser algún día ciudadanos de primera clase y de ahí que tan solo una cuarta parte de ellos se haya animado a votar. Si a eso se añade que la Lista Conjunta –que los árabes israelíes habían logrado presentar en 2015 y que, con 13 diputados, se había convertido en la tercera fuerza política de la Kneset– no ha logrado mantener su unidad y se ha fragmentado nuevamente en dos candidaturas –Hadash-Taal (que ha conseguido 6 diputados) y Raam-Balad (4)– que todavía debilitan más su peso para defender sus intereses, la conclusión es todavía más obvia.

En cuanto a los resultados registrados, el empate en las primeras posiciones entre el Likud (Consolidación) –liderado por Benjamín Netanyahu– y la coalición Kahol Lavan (Azul y Blanco) –liderada por el exgeneral Benny Gantz, al frente de Hosen L’Yisrael (Partido de la Resiliencia de Israel), junto a Yair Lapid, líder de Yesh Atid, y Moshe Ya’alon, líder de Telem– entraba dentro de las previsiones.

Cada uno de ellos ha obtenido 35 escaños –el Likud tenía 30 en la vigésima legislatura, mientras que de las huestes de Kahol Lavan solo el Yesh Atid tenía representación, con 11 diputados–.

El resto de los 120 que conforman la Kneset se han ido repartiendo sin grandes sorpresas, salvo la desaparición del partido ultraderechista Zehut, de Moshe Feiglin, y del partido HaYamin HeHadash (Nueva Derecha), de Naftali Bennett y Ayelet Shaked (ambos antiguos dirigentes del Likud), como fuerzas parlamentarias al no poder superar el umbral del 3,25% de los votos. Igualmente previsible era la debacle histórica del partido laborista (HaAvoda), que apenas ha logrado 6 escaños (frente a los 24 que tenía en su alianza con Hatnuah).

Y, por supuesto, también lo era que los partidos religiosos judíos volvieran a movilizar a sus fieles para lograr, como siempre, una sustancial presencia en el parlamento nacional, garantizando de ese modo su inclusión en cualquier gabinete ministerial que pueda salir adelante. Así, tanto el partido askenazi Yahadut Hatorah (Judaísmo Unificado de la Torá) como el Shas (Asociación Internacional de los Sefardíes Observantes de la Torá) obtienen 8 escaños, aumentando su representación en dos y uno, respectivamente.

¿Gobierno multicolor de Netanyahu o de Gantz?

A partir de ahí, y ateniéndose a unos números que vuelven a confirmar la imposibilidad de un gobierno monocolor, se abren diferentes posibilidades para la conformación de un nuevo gabinete ministerial. Sin descartar ninguna posibilidad, dado que todo depende de la destreza negociadora que demuestren los próximos días Netanyahu y Gantz para sumar como mínimo los 61 diputados que necesitan para ser designados como primer ministro, es ‘Bibi’ quien cuenta con más y mejores cartas para revalidar el puesto y convertirse a partir de julio en el mandatario israelí más longevo, dejando atrás a Ben Gurion.

Pero ni tiene el camino totalmente despejado, ni el futuro que se le abre si lo consigue augura buenos tiempos. En primer lugar, cabe recordar que Netanyahu llega aquí desgastado por una gestión en la que son más las sombras que las luces. A título personal está ya imputado en tres causas judiciales (que pueden convertirse en cuatro a corto plazo). Es cierto que esa situación parece no haberle pasado factura en las urnas, pero está claro que puede hipotecar en gran medida su futuro, obligándole a detraer tiempo y esfuerzos para salir airoso de los procesos por soborno, fraude y abuso de confianza que el fiscal general, Avichai Mendelblit, ha iniciado contra él.

En este punto, y con el claro objetivo de reforzar sus opciones políticas, vuelve a cobrar relevancia el cúmulo de regalos políticos que Donald Trump ha hecho a su principal aliado en Oriente Medio.

El inquilino de la Casa Blanca no solo decidió saltarse la ley internacional con su designación de Jerusalén como capital de Israel, trasladando allí su embajada, sino que completó el paquete con el cierre de todo contacto con la Autoridad Palestina, la anulación de toda transferencia a la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados Palestinos(UNRWA) y, como detalle aún más transgresor del derecho internacional, el reconocimiento de los Altos del Golán sirios como territorio plenamente israelí. Evidentemente esos regalos –a la espera de otro que se vislumbra con el supuesto plan de paz que Trump está pergeñando– han sido bien aprovechados electoralmente por Netanyahu, pero ahora queda asumir las consecuencias en términos políticos, dado que ninguno de ellos sirve a los verdaderos intereses de Israel.

Por otra parte, el propio Netanyahu, en su afán por movilizar a sus votantes, ha llegado al punto de hacer promesas que difícilmente podrá cumplir sin arriesgar, una vez más, los intereses nacionales. En la víspera de las elecciones se atrevió a prometer que anexionará definitivamente los asentamientos ubicados en Cisjordania. Hablamos de no menos de 400 asentamientos, todos ellos ilegales desde la perspectiva del derecho internacional por violar el régimen de ocupación, en los que habitan no menos de 400.000 colonos. Con esta medida el probable nuevo primer ministro ha logrado seguramente sumar votos de esos mismos colonos, pero si llega a implementarla supondrá el final definitivo de la idea de dos Estados coexistiendo en Palestina (algo, por otro lado, que solo la décima parte de los partidos parlamentarios israelíes todavía defiende formalmente).

Tampoco le va a resultar fácil –si finalmente apuesta por los mismos compañeros de viaje que le han apoyado en esta pasada legislatura– manejar a unos socios de coalición gubernamental que a buen seguro aumentarán sus demandas.

Especial interés tiene en este caso el planteamiento de los partidos de perfil religioso, que no solamente han logrado frenar hasta ahora la controvertida ley que pretende obligar a los estudiantes de las yeshivas a realizar el servicio militar, sino que previsiblemente incrementarán sus peticiones de fondos para sus propias actividades y para forzar el imperio de las normas religiosas sobre las leyes seculares en una sociedad mayoritariamente laica.

Todo eso en un entorno económico que no augura una mejora a corto plazo del bienestar de los 8,9 millones de israelíes y mientras aumenta la intranquilidad en el entorno regional, sea por la continuación del conflicto en Siria o por la insistencia de Irán en hacerse ver. No es tampoco irrelevante para completar el dibujo del previsible nuevo primer ministro resaltar las malas compañías de las que se ha ido rodeando últimamente, todas ellas claramente inclinadas hacia una extrema derecha que inevitablemente termina por identificar al propio Netanyahu, aunque algunas de esas amistades sobrevenidas tomen incluso posiciones antisemitas.

En definitiva, lo único realmente nuevo y relevante es que el día 11 de abril Israel se unió a Estados Unidos, Rusia y China como el cuarto país que logra posar un vehículo espacial (la sonda Bereshit –Génesis–) en la superficie lunar. Y eso sí que marca la diferencia.


Jesús A. Núñez Villaverde es economista y oficial retirado del Ejército. Es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria – IECAH). Se especializa en seguridad, construcción de la paz y prevención de conflictos, con especial énfasis en el mundo árabe-musulmán.

Twitter: @SusoNunez


 

Artículo publicado por cortesía de 

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