Los yazidíes, una historia de persecución

Combatientes de las YPG e YPJ. Fuente: Wikimedia

Los yazidíes, seguramente una de las comunidades más desconocidas de Oriente Próximo, pasaron a la primera plana de los medios internacionales en 2014 cuando el Dáesh los añadió a su larga lista de víctimas. No obstante, no era la primera vez en la Historia que esta comunidad sufría ataques directos y discriminación.

El pasado 5 de octubre Irak celebraba el otorgamiento del Nobel de la Paz a una de sus ciudadanas, Nadia Murad, premiada por su lucha contra el uso de la violencia sexual como arma en los conflictos armados. Con ello, Murad situaba a su pueblo, los yazidíes, una minoría religiosa del norte de Irak, en el centro de cientos de artículos de la prensa internacional, algo que, desgraciadamente, solo había ocurrido antes cuando los combatientes del Dáesh hicieron del pueblo yazidí objeto de otra de sus masacres.

Murad era asimismo la primera kurda en conseguir el galardón, lo que hacía de ella, tal y como afirmó el líder del Partido Nacional del Kurdistán, un “símbolo de firmeza para las mujeres y jóvenes kurdas”. Como destacaba el presidente iraquí, la concesión del Nobel a Murad no suponía solo un reconocimiento internacional de la tragedia de los yazidíes, sino un homenaje al conjunto de los iraquíes por su lucha contra el terrorismo y el extremismo. Pero a estas palabras llenas de orgullo nacionalista las han precedido siglos de persecución, aislamiento y discriminación. El sufrimiento de los yazidíes a causa de su religión arrastra una larga historia.

Los adoradores del diablo

Los yazidíes no constituyen un grupo étnico propio; forman parte de los kurdos y la mayoría de ellos habla el dialecto kurmanji, propio de las poblaciones kurdas de Turquía, Siria y parte del Kurdistán iraquí. De hecho, muchos los consideran “kurdos puros”, aquellos que se mantuvieron fieles a su identidad ante las andanadas de la Historia. Por otra parte, si bien los números son discutidos, la población total de yazidíes ronda las 700.000 personas, la mayor parte de ellas en el norte de Irak.

El origen de su religión no está del todo claro. Aunque los yazidíes afirman que su fe tiene 6.000 años de Historia, los ritos han ido a cambiando a lo largo de los siglos. Así, con el transcurso de la Historia han ido asumiendo como propias características de otras religiones de la región, lo que ha moldeado un culto complejo y, a ojos del resto de los grupos religiosos de la zona, extraño y herético. A pesar de todo, se considera que el fundador oficial del yazidismo tal y como se conoce hoy en día fue el jeque Adi ibn Musafir, un asceta sufí fallecido en 1162 y cuya tumba es desde entonces el principal lugar de peregrinación de la comunidad yazidí.

Tumba del jeque Ibn Musafir, en Lalish (Irak). Fuente: Wikimedia

Entre sus influencias podemos encontrar el zoroastrismo, el cristianismo nestorianode los asirios, el judaísmo y el islam sufí, entre otros. Es por ello por lo que en su credo pueden encontrarse ritos y costumbres tan diversos como el bautismo, el sacrificio del cordero o la celebración del año nuevo con la llegada de la primavera —una festividad que incluye la decoración de huevos con colores vivos, de manera semejante al cristianismo ortodoxo—. Asimismo, los yazidíes creen en la reencarnación del alma tras cada ciclo vital en un proceso de purificación que culminará con el ascenso de su espíritu al paraíso, donde permanecerá toda la eternidad. Las malas acciones cometidas conducirán, por tanto, a un proceso constante de contaminación del alma y de vuelta al mundo terrenal, cuyo punto más bajo es reencarnarse en el cuerpo de un no yazidí, ya que el mayor castigo para esta secta es ser expulsados de su propia comunidad, pues significa que sus almas no podrán progresar en el camino de la purificación.

Pero, si algo ha influenciado de manera determinante la configuración de esta secta, ha sido la geografía. Aislados en el valle de Lalish —a donde deben peregrinar al menos una vez en la vida—, a 60 km de Mosul y en la región montañosa de Sinyar, la orografía aisló y protegió por igual a los yazidíes durante siglos. Esto les permitió desarrollar una religión única a la vez que alimentaba la desconfianza del resto de las sectas de la zona; los estereotipos y leyendas los calificaban de “adoradores del diablo”.

El causante de ello es Melek Taus, el ‘ángel pavo real’. Esta figura puede tener su origen en los primeros cristianos, que consideraban el pavo real un símbolo de inmortalidad, pues creían que su carne era imperecedera. Según la cosmología yazidí, Dios —Yazdán— creó el mundo y confió su protección a siete ángeles. Luego creó a Adán y Eva y ordenó a los siete ángeles que se postraran ante su obra culmen. Seis de los ángeles lo hicieron, pero Melek Taus se negó alegando que él solo podía postrarse ante Yazdán, el único y supremo dios, y no ante seres creados del polvo. Tras ello, Melek Taus fue condenado al Infierno. No obstante, Melek Taus no cedió y durante 7.000 años lloró de remordimiento hasta apagar los fuegos del Infierno, lo que eliminó este lugar como destino de las almas. Sorprendido por su entereza y su arrepentimiento, Yazdán perdonó a Melek Taus y lo convirtió a partir de entonces en su alter ego, intermediario entre Dios y la humanidad, lo que hizo del ángel el centro de las adoraciones yazidíes.

Melek Taus es, por tanto, el nexo entre los yazidíes y la deidad suprema, cuyo nivel espiritual es tan elevado que no se le puede orar directamente. Además, los yazidíes consideran que el propio Melek Taus se reencarna en ocasiones en forma humana para guiar a la comunidad —el propio Ibn Musafir es una de estas reencarnaciones; de ahí la importancia de su figura y de su tumba como lugar de peregrinación y culto—. Todo esto no significa en ningún caso que los yazidíes sean politeístas; Yazdán sigue siendo el único e indivisible Dios.

Las semejanzas de esta historia con el mito cristiano y musulmán de Satanás —Melek Taus también se denomina Shaitán, ‘Satán’ en árabe, debido a la prohibición de pronunciar su nombre— originaron la concepción de los yazidíes como adoradores del diablo. Sin embargo, para la comunidad yazidí el ángel no encarna nada más que el potencial humano de obrar tanto el bien como el mal, de errar y actuar correctamente, la luz y la oscuridad; en definitiva, la capacidad de elegir libremente el camino que recorrer.

Los perseguidos

A principios de agosto de 2014, en medio de su campaña de conquista de Irak y Siria, los combatientes del Dáesh rodearon a 50.000 yazidíes en el monte Sinyar, cercano al pueblo homónimo. Dentro de su proyecto de creación de un “Estado islámico”, Dáesh no tenía espacio para minorías religiosas, y menos para los adoradores de Satán. Cuando los islamistas entraron en Sinyar, el resultado —calificado por Naciones Unidas de “genocidio”— fue catastrófico: más de 5.000 yazidíes fueron aniquilados, muchos de ellos en ejecuciones sumarias, y lanzados a fosas comunes; otros tantos desaparecieron o fueron secuestrados. Además, entre 6.000 y 7.000 mujeres yazidíes, entre las que se encontraba Murad, fueron secuestradas y enviadas a diversos puntos a lo largo del territorio del califato, convertidas en esclavas sexuales de los combatientes, sometidas a violaciones y maltratos e intercambiadas como mercancía. Todo ello marcó a las mujeres de la conservadora comunidad yazidí con graves secuelas psicológicas y un estigma indeleble de deshonra.

Refugiados yazidíes en un campo de desplazados de Hasaka (Siria) tras huir del Dáesh. Fuente: Wikimedia

No obstante, la Masacre de Sinyar no era un fenómeno nuevo. Ya en 2007 más de 400 yazidíes perecieron bajo las bombas de grupos insurgentes afiliados a Al Qaeda. Su pertenencia a una secta herética fue, de nuevo, la causa de su sufrimiento. En total, los yazidíes aseguran haber sufrido 73 masacres —la última, la de Sinyar— durante los últimos 700 años, lo que supone unas 23 millones de vidas perdidas. Entre estas masacres, vale la pena citar las afrontadas durante la campaña de arabización de los territorios kurdos por parte de Sadam Huseín a finales de la década de los 80 —en las cuales se los obligó incluso a registrarse como árabes— y las experimentadas por su participación en la insurgencia kurda. Antes, entre los siglos XVI y XIX, tanto los gobernantes kurdos como los árabes y, posteriormente, los otomanos habían llevado a cabo diversas campañas de conversión forzada y de represión contra los yazidíes —justificadas tanto por su religión como por su oposición a someterse al poder central—, los cuales irían disminuyendo en número y aislándose progresivamente del resto de las comunidades, para mayor desconfianza entre unos y otros. A su vez, los centros de poder irían alimentando los estereotipos negativos de apóstatas, adúlteros e incestuosos para justificar el uso de la violencia contra ellos, la expropiación de sus tierras o incluso la violación.

El Kurdistán fracturado

A pesar de todo, en agosto de 2014 la masacre del Dáesh tuvo un efecto devastador más allá del enorme volumen de vidas perdidas. Un día después de que los combatientes islamistas iniciaran su asedio a las poblaciones de Sinyar y alrededores, los peshmergas se retiraronEste cuerpo, que constituye la fuerza militar del Gobierno Regional de Kurdistán (KRG, por sus siglas en inglés), no se tomó en serio la amenaza de los yihadistas hacia los yazidíes.

Ya fuera por falta de coordinación de unas fuerzas militares ya de por sí divididas, por la falta de interés en sacrificar la vida por una población que se desconoce y de la que se desconfía o por el miedo a unos combatientes salidos de la nada y que no dejaban de conquistar victorias y territorios para el califato, los 12.000 peshmergas desplegados allí abandonaron a las poblaciones yazidíes. Su retirada se produjo además sin informar a las comunidades ni organizar o hacer llamamientos a la evacuación de la zona.

Este fracaso militar no solo dejó una profunda marca de culpabilidad en gran parte de los kurdos iraquíes, sino que dio pie a que otra fuerza política entrara en acción: el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK, por sus siglas en kurdo). Combatientes del PKK y de sus organizaciones afines en Siria, las Unidades de Protección Popular y Femeninas (YPG e YPJ en kurdo, respectivamente) marcharon inmediatamente a la zona y consiguieron abrir un corredor humanitario con el monte Sinyar que permitió la entrada de suministros y la salida de las poblaciones más vulnerables. A su vez, con el apoyo de los guerrilleros, los yazidíes establecieron las Unidades de Resistencia de Sinyar (YBŞ en kurdo) y una rama política local: el Partido Yazidí de la Libertad y la Democracia.

Con ello, el PKK y las organizaciones kurdas del Kurdistán sirio o Royava —apoyadas por EE. UU. en su lucha contra el Dáesh— conseguían integrar a parte de la población yazidí dentro de su proyecto ideológico y de transformación política de Oriente Próximo: el confederalismo democrático, concebido por el encarcelado Abdalá Ocalan. Este proyecto, basado en la organización autónoma de las comunidades más allá de las fronteras establecidas por los Estados, se adecuaba perfectamente a la Historia de persecución y aislamiento de los yazidíes, por lo que el mensaje caló rápidamente. De la misma forma, la importancia del papel y del empoderamiento de la mujer dentro del confederalismo democrático —incluida su participación directa en la lucha armada— encajaba perfectamente con las necesidades de las mujeres yazidíes y les sirvió para articular su lucha contra el Dáesh. A su vez, el PKK se aseguraba una línea de abastecimiento directo para las YPJ a través de Irak.

Para ampliar“Definiendo el Kurdistán”, Gemma Roquet en El Orden Mundial, 2017

Sin embargo, lo que supuso un movimiento salvador para miles de yazidíes atrapados en Sinyar significó también la profundización de las brechas sociales y políticas del pueblo kurdo. Así, mientras unos se unían a las YBŞ, otros permanecieron fieles a los peshmergas y al KRG —ambos, directa o indirectamente, apoyados por EE. UU.— y otros se unían a las Fuerzas de Movilización Popular (FMP), apoyadas por Irán y a través de las cuales Irak ha intentado canalizar recursos, incluso financiando las YBŞ, a cambio de la lealtad de los yazidíes. A su vez, Sinyar atrajo también la mirada de Ankara —apoyo directo del Partido Democrático del Kurdistán (KDP, por sus siglas en inglés)—, que vio cómo su contrincante más odiado —el PKK— se hacía con una plaza fuerte en el país vecino. El conflicto no tardó en estallar y nuevamente se cobró las vidas de varios yazidíes, esta vez a manos de otros kurdos. Finalmente, el PKK terminó retirándose de Sinyar, pero sus ideas permanecieron entre la población yazidí.

A raíz del genocidio de Sinyar, los yazidíes pasaron a estar no solo en el centro de las disputas entre los diferentes grupos políticos kurdos, sino en el núcleo de la lucha de diversos poderes internacionales por el dominio territorial de Oriente Próximo. Nodebe ignorarse que los territorios que habitan se encuentran en una encrucijada de rutas entre Turquía, Siria e Irak y que, sin duda alguna, las regiones montañosas al norte de Mosul son de una importancia estratégica fundamental para todo Irak —así se demostró en 1991 cuando Sadam Huseín bombardeó Israel desde uno de sus picos—. Por ello, no es de extrañar que los distintos actores del contexto iraquí hayan intentado una y otra vez instrumentalizar a los yazidíes y llevarlos a su bando.

La lucha por el reconocimiento

Las mujeres cumplen un papel fundamental en la articulación de la lucha armada dentro del confederalismo democrático. Fuente: Wikimedia

El último de los debates a los que la población kurda debió enfrentarse fue el proceso de referéndum de independencia que el KRG decidió celebrar a finales de 2017 en oposición a las directrices de Bagdad, que amenazó con la intervención militar. Las posiciones ganadas al KDP en Sinyar por las FMP durante la guerra contra el Dáesh —y que dejaron gran parte de la zona en sus manos— fueron, junto a la toma de Kirkuk, elementos claves para determinar la negociación con el KRG. De nuevo, los yazidíes se vieron atrapados entre las distintas posiciones, divididos internamente sobre cómo afrontar la votación; lo que parecía evidente para muchos yazidíes era que ningún actor, kurdo o árabe, se preocupaba realmente por su bienestar.

Con varios miles de desplazados en diferentes campamentos distribuidos por el territorio iraquí, gran parte de sus poblaciones de origen arrasadas por la guerra y el recuerdo de las masacres y el abandono de los peshmergas todavía reciente, sus demandas resultan evidentes. No obstante, los partidos iraquíes parecían más interesados en conseguir su voto, clave para aumentar el poder de negociación en el contexto posbélico de repartición territorial, una situación que ya vivieron tras la caída del régimen de Huseín, cuando el KDP se hizo con el control administrativo de Sinyar y cooptó a las élites locales a la vez que mantenía a los yazidíes bajo un estatus de kurdos de segunda.

El principal reto al que se enfrentan los yazidíes es hacer oír sus demandas mediante su representación en las instituciones —kurdas y árabes— del país. Ya desde 2005, el Movimiento Yazidí por la Reforma y el Progreso goza de representación parlamentaria en Irak y los activistas yazidíes consiguieron a principios de 2018 que se les concediera de nuevo la capacidad de participar como partido independiente. A pesar de que el Tribunal Supremo Federal de Irak se pronunció a principios de 2018 sobre la necesidad de que los yazidíes tuvieran al menos cinco escaños en el Parlamento —lo que se adecuaría al artículo de la Constitución que especifica que cada minoría del país debe tener al menos un escaño por cada 100.000 miembros—, los yazidíes siguen encontrando dificultades para que se les conceda representación en cada uno de los cuerpos de decisión del Estado iraquí, incluso en aquellos vinculados a la defensa de los derechos humanos.

Los yazidíes ejemplifican la necesidad del Gobierno de Bagdad de incluir a las minorías en el proceso de reconfiguración política del país tras años de guerra. Si no se les concede representación y poder a miembros de las comunidades para canalizar y coordinar los esfuerzos de reconciliación y reconstrucción —física y política— del país y si no se desmovilizan las milicias y se integran dentro de las fuerzas estatales, Irak permanecerá atrapado entre sus divisiones sectarias y según los intereses de las diferentes potencias regionales e internacionales, las cuales sin duda lucharán por defender sus posiciones personales apoyando a unos u otros. Asimismo, correrá el riesgo de enfrentarse a un Kurdistán cada vez más inestable, rebelde y dividido.


Palma de Mallorca, 1992. Analista de El Orden Mundial. Graduado en Relaciones Internacionales por la UCM. Actualmente cursando el Máster de Estudios Árabes e Islámicos contemporáneos de la UAM. Interesado en temas de conflictos religiosos y territoriales, migraciones y movimientos sociales.

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