Libertad

por Javier Polo

 

 

Libertad, la palabra más bonita y seductora del diccionario. En su nombre se han iniciado revoluciones, se han movilizado multitudes, se ha marchado contra palacios de invierno, se ha derramado sangre… Su conquista nunca fue gratuita. En tantas ocasiones de la historia de España se consiguió como veces se esfumó.

Preciosa palabra que suena de una falsedad abrumadora en la boca de quienes solo la utilizan a conveniencia. Los que la exigen solo para sus iguales. Los que la usan para dividir, para anular a los que no piensan como ellos. Qué triste ver esas bocas no autónomas que la nombran, sin que parezcan conscientes de cómo están siendo usadas por quienes persiguen intereses espurios y que, en realidad, solo la están reclamando para sus iguales, para los que tienen su misma concepción política y clase social.

Reclaman la libertad de protestar contra un gobierno que no gestiona bien, obviando que el problema real es que no es el gobierno que ellos pretendían. Exigen la libertad de movimientos en mitad de una pandemia que cercena la vida de cientos de miles de personas en todo el mundo. Demandan la libertad de ser de sus familias sin estar dispuestos a aceptar que existan otras que no responden a sus cánones. Hablan de libertad para su religión, asumiendo que las otras deben ser una concesión arbitraria. Reclaman, exigen, demandan… porque la preservación de la salud pública y la vida es algo etéreo y lo de poder almorzar en mi restaurante favorito con mis amigos es concreto.    

Como ya algunos manifestantes no tienen edad ni salud para excesos, en este canto diario a la libertad se llevan a su asistenta, esa chica de la periferia que ha tenido la suerte de ser acogida en casa por un salario que ellos consideran justo, aunque el resto del planeta diga que es mínimo. En su sueldo va incluido el atizar la cacerola que ellos no son capaces siquiera de portar, no hablemos ya de usar. Quizás esa chica sea de otro país, del otro lado del Atlántico, donde ya vivieron caceroladas parecidas como preludio de esa “libertad” que impusieron militares armados.

No, no nombres nunca la palabra libertad cuando no conoces su significado y lo único que pretendes es aprovecharte de una desgracia para, una vez más, defender tus intereses particulares.


Javier Polo Brazo, columnista de La Mar de Onuba, es fotógrafo, cineasta y escritor. Ente sus obras destacan el cortometraje Andar dos kilómetros en línea recta y el documental Las Altas Aceras. Desarrolla su actividad profesional en los campos de los Recursos Humanos, la gestión de calidad y la Responsabilidad Social Corporativa.

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