Lecciones de vida para tener en cuento

por Juan Carlos de Lara.

Teresino, un burrito en el camino, de Juan José Sayago Robles. Apuleyo Ediciones, Huelva, 2017, 92 páginas.

Hay libros que llegan a nuestras manos, que se leen con mayor o menor interés y que luego se olvidan. Otros, sin embargo, se quedan para siempre con nosotros. Este es el caso de “Teresino, un burrito en el camino”, un cuento que ha publicado Apuleyo Ediciones y del que es autor mi buen amigo y compañero Juan José Sayago Robles. Y es que, desde la rima inicial de su título, esta pequeña obra en extensión pero grande en sentimientos va llamando nuestra atención para hacerse querer a través de una historia tierna y sencilla que supone todo un bálsamo en un mundo editorial en el que hoy están de moda, cuando las obras se dirigen a los más jóvenes, relatos más fantásticos y extravagantes.

El libro, el primero que publica Juan José Sayago, que es también el autor de sus ilustraciones, cuenta la historia de Teresino, un burro cuya existencia, que había consistido en dar vueltas alrededor de una enorme rueda dentada de madera, cambia radicalmente cuando su amo lo cree acabado y prescinde de sus servicios. En ese momento, el desconcertado animal emprende  un nuevo camino lleno de aventuras y descubre, como se nos dice en la propia cubierta del libro, “que la vida es más, mucho más, que aquello que pasa a nuestro lado mientras que otros se empeñan en que nosotros hagamos otras cosas…”.

Juan José Sayago, que afirma que su primera lectura fue “Platero y yo” y que desde entonces ha sido su libro de referencia, también inicia su obra presentando físicamente a Teresino. Y aunque la blancura del burro de Moguer es sustituida ahora por el color azabache, qué duda cabe que esta misma palabra supone uno de las numerosas maneras con las que el autor trata de conectar con la voz juanrramoniana.

Manteniéndose fiel a los libros que desde siempre han conformado su personal universo literario, Sayago lanza a su protagonista a deambular por los caminos en un itinerario casi cervantino. Y como un nuevo Don Quijote, Teresino se dedicará a resolver entuertos “a dentelladas secas y calientes”, tan desesperadas y decididas como las del célebre verso de Miguel Hernández. De este modo, se enfrentará en lo que supone su aventura principal a la crueldad de un circo que nos produce un desasosiego similar al que de niños nos provocaba ese otro que aparecía con sus titiriteros en el célebre “Pinocho” de  Collodi. Qué duda cabe que, con sus referencias literarias, este cuento defiende en última instancia que la lectura y la vida no son únicamente realidades intercambiables o complementarias, sino auténticos vasos comunicantes.

En “Teresino, un burrito en el camino” nos encontramos, ciertamente, con una historia muy bien contada. Rebosante de ternura y simpatía, su prosa es ágil, entretenida, estimulante y de una naturalidad tan sabia que nos llega a sorprender. A su sencillez contribuye, por una parte, el carácter esencial de una puesta en escena donde no se hacen alusiones que permitan identificar una geografía concreta y, por otra, el afán que demuestra por ir acumulando una serie de experiencias básicas: la soledad, el compañerismo, el deber, la amistad o el amor. En el fondo subyace la idea de que en la simplicidad habita lo más profundo de la existencia, transmitiendo sus páginas, aunque sus protagonistas sean unos pocos burros, toda una vibrante lección de humanidad.

El libro que Juan José Sayago pone en nuestras manos no sólo nos conduce a reflexionar en torno a las conexiones entre la Literatura y la vida, sino también sobre el grado de compromiso y acción que nos reclaman las circunstancias difíciles con las que a veces tenemos que enfrentarnos. Es la eterna pregunta del qué debo hacer. Desde esta perspectiva, se hace evidente que la licenciatura en Filosofía, que nuestro autor hizo tras acabar Magisterio, impregna el argumento de la obra, deslizándose en una de las páginas más hermosas una referencia a la ética kantiana. Se trata del instante en el que a Teresino, tras levantar sus ojos hacia el cielo estrellado que había sobre él, algo que no sabe definir muy bien le impulsa a mirar al interior de sí mismo, hacia la voz silenciosa de su conciencia moral.

Maestro de primaria antes de ser profesor de Lengua castellana y Literatura en el Instituto La Rábida de Huelva, Juan José Sayago sabe muy bien cómo trabajar la inteligencia emocional de los niños al tratar en este cuento unos temas de profundo calado de una manera tierna y conmovedora. De hecho –y es aquí donde se multiplica su incuestionable valor y autenticidad–, “Teresino, un burrito en el camino” surge de los dictados que les iba haciendo a sus antiguos alumnos en el colegio “Alcalde J. J. Rebollo” de San Juan del Puerto.

Este afán pedagógico es, a poco que se hojeen sus páginas, una de las señas de identidad de esta verdadera fábula, porque así puede calificarse este cuento donde los animales hablan con una nítida finalidad moralizante. Y es también, con las actividades que el taller de lectura incluido al final del libro nos propone, una herramienta muy útil para los profesionales de la enseñanza a la hora de encauzar todo aquello que bulle en el mundo interior de los niños, contribuyendo en la tarea de poner en orden sus emociones.

“La enseñanza, la poesía y la amistad son tres maravillosos caminos que, algunas veces, se cruzan entre sí”. Con esta frase comienza la entrañable dedicatoria que me dejó Juan José Sayago en el ejemplar que tengo de este primer libro suyo. “La enseñanza, la poesía y la amistad”. Con qué pocas palabras ha trazado, sin pretenderlo siquiera, un ajustado resumen de su propio cuento, las aventuras de su burro Teresino, que, como el Platero de Juan Ramón o el rucio de Sancho Panza, ojalá trote por las librerías y los colegios durante mucho tiempo.

Juan Carlos de Lara

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