‘Las ferias y los días’, por Eduardo Flores

por Eduardo Flores

Domingo, 23 de mayo de 2021. Quizá el discurso de Ana Iris Simón nos pone frente a la incomodidad que produce nuestra imagen en el espejo. Se ha abierto la espita del gas. Y no faltan quienes rabian por arrimar candela a algo que, en el fondo, no acabamos de entender qué significa. Moverse entre dos mundos puede llegar a ser causa de enfermedad social. Y muy grave, me atrevería a decir. Por cuanto la reflexión conduce a los espacios de incertidumbre, los océanos y sus dragones.

Ana Iris Simón ha revolucionado en cierto modo el panorama literario. Brava. Feria recurre a aquello de que cualquier tiempo pasado fue mejor, tal vez, en exceso. Y no por ello pierde en favor de la reacción. Porque son hechos que las generaciones que hoy deberían ser engranaje de la economía patria se mueren de tristeza, por no decir de puritita fragilidad sociolaboral; por decirlo de una forma amable. Peca Simón, sin embargo y a lo peor, de presentismo. Porque ni el río siempre es el mismo ni lo son los puentes. Que las palabras futuro, éxito y felicidad bailan libertinas tanto en la punta de nuestra lengua como en un selfie para Instagram o en un álbum de familia. Cuarenta años después hemos aprendido que la precariedad es como la energía, indestructible, pero fácilmente transformable. Hemos aprendido que cualquier tiempo pasado es, como mucho y consuelo, tiempo anterior. No siempre y necesariamente memoria.

Tampoco se antoja baladí la presencia de un nacionalismo facilón frente a la globalización y sus males en el discurso de la escritora. Una convergencia con el trumpismo y la ultraderecha desfibrilada de estos tiempos. Escuece observarlo dentro de la circunferencia del ying yang que muy inteligentemente ha sabido componer. Un territorio que con misma inteligencia merece el paseo. Uno no exento de peligros. Porque puede estrechar el camino. Yerra quien, sin negar la evidencia de un presente excesivamente agresivo y un futuro nada esperanzador, no va más allá en el campo de las ideas. Los males que nos aquejan -producto del neoliberalismo desenfrenado: desempleo, pobreza, retroceso sociocultural- pueden y deben ser combatidos, con independencia de lo termópilo del escenario. No nos dotará el pasado de las herramientas para fabricar futuros de dignidad. De eso se encargaría, en todo caso, un presente consciente y la revolución del individuo.

El posmodernismo de vanguardia es oscuro y alberga horrores. Nos desdibuja la individualidad y corrompe lo colectivo hasta el extremo de dirigirnos, en eterno retorno, a la confusión que es la madre de todas las barbaries. También hacia eso dirige el índice de Simón. ¿Pero cómo salir de la tormenta, toda vez bajo sus rayos, si no es proa avante y apretando los molares? El índice de la autora hace bien, sin embargo, porque señala el árbol en el centro de un bosque. Abre una brecha en el espacio-tiempo más que justificada.

Luego está la forma, que lo es todo. El discurso de Ana Iris Simón es leído y titubeante, carece de todo esfuerzo propio del salvapatrias, no hay retórica, es una de las nuestras. Y lo que dice es tan de verdad que, a estas alturas, me merece, en el mejor sentido de la expresión, una buena sobredosis de escepticismo. Porque en este caso no se trata de creer o no. Así, más o menos, fueron los hechos -relatados en Feria- y así os lo he contado. Es una verdad reconocible. Es la historia de nuestra familia. Pero como en toda historia familiar late, así el corazón delator, aquello de lo que no se habla. Lo que hoy, como sociedad, decimos posverdad y cancelación. Y es justo ahí, en esa serpiente temporal, donde la cabeza muerde la cola del propio cuerpo. La reivindicación de viejos valores o conceptos están francamente bien si no fuera porque son viejos. Y porque son las banderas de quienes al modo nacionalsocialista se están haciendo con la clase trabajadora, al tiempo que la izquierda se debilita en un sinfín de frentes no todos urgentemente necesarios. Es aquí donde los pájaros se están echando a las escopetas, en un vano intento de etiquetar la transgresión de exponer hipótesis que se habrían de llevar al laboratorio de las ideas. Lugar en el que ya ni siquiera Iñigo Errejón -don núcleo irradiador- osa visitar.

El discurso de Ana Iris Simón no va a tener una digestión fácil. Y quizá sea eso, precisamente, lo que lo hace fuerte y, en mi opinión, importante. Que sea incómodo no desluce la provocación ni el hecho de abrir el debate. Sobre todo, con nosotros mismos. No nos hagamos viejos tan pronto. Que moriremos antes.

Eduardo Flores, colaborador habitual de La Mar de Onuba, nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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