Las 4 claves más relevantes de los debates

por Eduardo Flores.


Visto lo visto, y en virtud de una justa comprensión de los hechos, las circunstancias, las posibles consecuencias y lo crucial de…

Es mentira. No será por aquí donde encuentren claves para casi nada. En realidad ni siquiera vi los debates. Si bicheo por Twitter evito todo aquello que haga la más mínima alusión a los mismos. A no ser que se infiltre el humor de por medio. Entonces sí que me detengo unos segundos a observar, a sonreír tímidamente por debajo de la nariz.

(Ah, no, por favor, después de todo servidor es casi un caballero: no me lean cínico.)

Nos llegó con cierta violencia una calurosa primavera a la que ahora se ha impuesto una grisura ventosa que, de vez en vez, nos suelta una chaparrada tan fugaz como impredecible. Paseo, a pesar de ello -o precisamente por ello-, el parque de Zafra. Ya es costumbre, mejor que los días soleados, caminar la vereda -firme de romanticismo, la ría tan cerca e inadvertida- de este parque. Todavía mantengo mi investigación sobre los gorriones. La compagino con otras tantas que imagino, a ojos de cualquiera, tan irrelevantes como la de estas aves que no por cercanas son menos enigmáticas.

Ellos se lo pierden, me digo. Pasear solo, al fin y al cabo, no es sino oponer indiferencia a lo que piensan los demás. Una indiferencia impostada, claro.

Es una pose que ayuda a mentirse uno mismo, una virtud infravalorada: quien camina, observa, anota y piensa. Una actitud nada indiferente hacia lo inmediato. Hacia la muerte del amor, por decir algo.

Si el cielo amenaza tormenta, la pareja -se les ve jóvenes, al borde mismo de la inocencia, qué puta maravilla-, sentada en el banco más allá de donde he decidido detener el paseo, anuncia algo más o menos parecido.

Fue sin querer, es caprichoso el azar. Me detuve como si llevase en la mano un cazamariposas y mi nombre fuera Vladimir y mi apellido Nabokov. En mitad del parque despoblado, probablemente por el aire -las rachas del norte en Huelva son condenadamente frías y húmedas-, dos jóvenes se besaban como si la oscura cúpula de nubes fueran un preludio del fin del mundo. Y yo allí, a una discreta distancia, menos mimetizado entre los árboles de lo que me creía -convencido, ahora que lo pienso-, los atrapaba con mi cazamariposas. El paseo parecía centrarse de pronto, sobre todas las otras materias objeto de investigación, en ese beso, en la ficción que lo precedió y el futuro que, ni el improbable lector ni yo, llegaremos a conocer jamás. Un beso que se besaba a sí mismo, anoté en mi libreta, junto a: qué puta maravilla.

Pensé que la vida no podía ser otra cosa que ese beso. De reducir toda la filosofía recogida hasta la fecha y desde que a un fulano, bicho de dos patas -uno todavía más primitivo que la versión más reciente-, le dio por provocar un mareo intensito y primigenio a las neuronas, se podría decir que no ha de existir otra meta en la vida que no sea la felicidad. Lo que quiera que sea eso.

En este caso, el de los jóvenes amantes que se besan como si no hubiese un mañana, lo vi claro. Estaba ahí, delante de mis narices, tan fácilmente reconocible que se podía respirar y, si me apuran, tocar. Fijar la mirada es un ejercicio de la memoria. Mientras estos jóvenes se besaban y con sus manos reconocían las respectivas anatomías con los ojos cerrados yo podía saborear ambas lenguas, que eran las lenguas de mi memoria; podía sentir el calor de los cuerpos bajo los abrigos, que también eran los cuerpos guardados en mi memoria.

¿No habíamos quedado en que el amor había muerto? O dicho de otra manera, diferente y mejor, igual de desconcertante pero más bello al leerlo de labios de Clarice Lispector: «Estaba yo sentada, inmóvil, sudando, exactamente como ahora y veo que hay algo más grave y más fatal y más esencial que todo lo que yo acostumbraba llamar con nombres. Yo, que llamaba amor a mi esperanza de amor».

La humedad del beso se confundía con la humedad gris y verde del parque y el cielo. Anoté una obviedad en la libretilla de mis investigaciones, sólo importan las cosas que tienen importancia. Y con aquella nota reanudé el camino, sabedor de que nada estaba resuelto y de que todo sigue por descubrir. Claro que, para unos más que para otros. También resulta felicidad iniciar inservibles investigaciones, así como pasear solo aparentando indiferencia.

Poco más que añadir: que sólo fueron cuatro las claves más relevantes que puedo destacar de los dos debates televisados. Sólo cuatro. O cinco, quién sabe.


Eduardo Flores

Huelva

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