La posibilidad de una isla

Eduardo Flores

Me recuerdo paseando islas tropicales como un Baudelaire desterrado.

(¡Ay, Las Flores del mal! La edición ilustrada y bilingüe de Nórdica.)

Con el paso del tiempo es como una ensoñación, una vida no vivida pero recordada. Si el recuerdo es viajar en el tiempo con la perspectiva del espacio recorrido, la distorsión espacio temporal disfraza, edulcora, tiñe los colores… se convierte el recuerdo en una trampa de nuestra propia animalidad.

A sabiendas de que no volveré a respirar la humedad del pulmón que son las selvas tropicales -y lo que aprendí de aquel paisanaje trágica y permanentemente festivo-, resulta difícil responder a las preguntas sobre el suelo -y sus circunstancias- por donde se conducen hoy los pies cansados de caminar.

En aquellos lugares los sentidos se renuevan. Acariciar una piel o el tronco de esos árboles de autoridad jurásica era el tacto sin profilaxis. Los olores te envuelven en una caricia salvaje. Todo evoluciona y se mueve a través de la vista placenteramente lento, movido en apariencia ese todo al ritmo que marcan el ir venir de las aguas cristalinas que mojan orillas de arena albina. Otra cosa es el escándalo de los que van y vienen por calles polvorientas, de los mercados en los que el género bien se antoja una metáfora de la sociedad en estos lugares. Al gusto, lo dulce y lo salado son la misma cosa y está presente en el sudor mismo, el propio y el ajeno (el que lo probó lo sabe).

Y yo me paseaba por allí, no hace tantos años, con la frecuencia suficiente como para entender lo lejos que estábamos todos del paraíso. Aquellos tropicales amigos míos y mis amigos del occidente, tan aparentemente enrabietados estos últimos como indolentes los primeros, no habitan el mismo planeta.

Podría decir, ya lejos de las islas tropicales, que ahora la vida resulta más amable; que la violencia -en el más amplio sentido del término-, que se da donde la vida debería estar por arrancar y que se encuentra más bien arrancada, me pilla lejos. Ahora, por estas calles, en la teoría apañada, la vida es justa y necesariamente como debe ser. Que no sé yo, que no soy quién para saber de casi nada. Podría, supongo, decir que la vida es esto del asfalto y el hormigón.

Mis trópicos, por desgracia, no tienen nada que ver con la fantasía utópica de Tomás Moro (si no han leído Utopía, háganse el favor, nomás que por soñar cosas). Probablemente tampoco con el Baudelaire desterrado que yo era entonces y que se desplumaba solo en los casinos borracho de libertad (y de libertinaje), que rondaba perdido -reencontrado- bajo el espesor verdísimo de las bóvedas arbóreas, tanto de noche como de día.

Con el paso del tiempo, y la distancia en el espacio, la comparación es un ejercicio inevitable.

Los sinsabores que deja esta resaca electoral pintan una naturaleza muerta en la que la mamá de todos los corderos sigue siendo una incómoda incertidumbre; cuando no la línea de sombra de Una, Grande y Libre: “ya hemos pasao”.

No creo que el improbable lo recuerde, esa sensación que no era tal, anterior a lo que nos vendieron con el nombre de “crisis”, acotado en origen por una transición que no pudimos hacer mejor; cuando todo era casi nuevo y exótico, en cierto modo tropical a los sentidos.

Qué días aquellos. Cuando paseaba islas tropicales.

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