La niña ciega

Tan sólo se trataba de no tener que decir adiós.

De seguir caminando amarrada a tu mano.

Era, simplemente, ver en tus ojos un resplandor.

Era sentir, en mi piel la huella de tus pasos.

Las calles de piedra estaban mojadas

mientras la niña ciega se miraba al espejo.

Y, en mis ojos, las estrellas parpadeaban

con un canto lejano que vino de lejos.

La casa vacía, llena de ausencia. En un andén,

las maletas de aquel viaje que no tenía final.

Mientras, niña ciega lloraba al atardecer

por sus ojos tristes atrapados por la oscuridad.

Y fue el recuerdo de un aire fresco, tu sombra.

Fue la palabra que no encajaba en la niñez.

Fue la palabra macabra que nunca se nombra

cuando cierras la puerta para nunca volver.

Eran dos manos juntas mirando el pozo seco.

Fue la estrella eterna que dejó de brillar.

Fue que la lámpara vacilaba y en un sillón pequeño,

sus ojos se cerraron y su cuerpo echó a volar.


Mari Ángeles Solís del Río 

@mangelessolis1 

Patrocinadores de La Mar de Onuba