La menos glamurosa de las batallas contra la pobreza

De nada sirve instalar cualquier infraestructura si no se invierte ni se forma a personal suficiente para su mantenimiento. Igualmente, de nada sirve defender las propiedades de un retrete seguro si no se impulsa una campaña de educación e higiene para cambiar los hábitos anteriores. (María José Carmona)
por María José Carmona

Si la cara es el espejo del alma –que diría Cicerón–, el retrete lo es de la sociedad entera. Los inodoros explican cómo somos tanto o más que un tratado sociológico. Nuestros valores, nuestras costumbres, nuestros prejuicios se exhiben con disimulo en un acto que a todos nos iguala y a la vez nos hace distintos.

“Los retretes te dan la pista sobre cómo la gente interpreta la vida, qué les parece importante y qué no, qué nivel de vida tiene, qué nivel de conciencia hacia lo público y lo privado”, asegura el fotógrafo Siqui Sánchez que hace años decidió hacer un viaje alrededor del mundo para retratar sus rincones más íntimos. El resultado –un proyecto fotográfico titulado Toilet Planet– es un catálogo de contrastes abismales que van desde los agujeros en el suelo a los baños con hilo musical. Los inodoros también explican el mundo y su terrible desigualdad.

Hablar de ellos se considera un tabú en ciertas culturas, en otras el tema se asocia al humor o la frivolidad, pero lo cierto es que todos deberíamos hablar más de retretes, quizá la menos glamurosa –aunque vital– batalla contra la pobreza.

En el año 2010 Naciones Unidas reconoció por primera vez el derecho humano al agua y al saneamiento después de constatar que sin agua potable ni retretes seguros es imposible garantizar ningún derecho más. Los líderes se comprometieron a lograr el acceso universal al saneamiento de aquí a 2030, pero la realidad es que hoy solo el 39% del mundo dispone de un inodoro que pueda considerarse digno.

El resto, 4.200 millones de personas –más de la mitad de la población mundial–, se ve privado de ese derecho. Hay quienes tienen letrinas pero no red de saneamiento –eso significa que luego vierten sus desechos al río o cerca de pozos de agua de los que ellos mismos o sus animales beben–; hay quienes tienen letrinas pero estas están rotas; y quienes tienen letrinas pero deben compartirlas con varias familias más.

Luego hay quienes no tienen nada: 673 millones de personas que hacen sus necesidades al aire libre y eso no es solo una incomodidad. Es un problema gravísimo de salud pública. Según la Organización Mundial de la Salud, cada año mueren 280.000 personas a causa de enfermedades diarreicas provocadas por un saneamiento inadecuado, sobre todo niños menores de cinco años.

Todos deberíamos hablar más de retretes porque es indecente que mueran personas por falta de un aseo digno, porque es escandaloso que en el mundo actual existan más móviles que inodoros seguros.

La obsesión de Bill Gates

Desde 2000 a 2017 la población que practica la defecación al aire libre se redujo a la mitad, concretamente 23 países lograron disminuir esta tasa por debajo del 1%. El último ha sido India –precisamente uno de los territorios con más problemas de higiene–. Tras cinco años de una intensa campaña estatal llamada “India Limpia” y en la que se han construido más de 100 millones de baños, el país acaba de declararse libre de defecaciones en espacios abiertos.

Hay avances en la lucha por el saneamiento universal pero siguen sin ser suficientes. “No estamos en la senda de cumplimiento. Hay estudios que dicen que con el ritmo actual no conseguiremos el acceso universal, no ya en 2030, sino más allá de 2100”, advierte Alberto Guijarro, especialista en agua y saneamiento de la organización no gubernamental ONGAGWA.

Preocupan los avances en las grandes zonas urbanas donde hoy se concentra el 55,3% de la población mundial, pero sobre todo en zonas rurales, tradicionalmente las más olvidadas, con administraciones inestables, falta de recursos y técnicos con experiencia y donde la mayoría de las casas no solo no tienen retretes, es que ni siquiera disponen de agua corriente ni red de alcantarillado. Aquí es donde Bill Gates asegura haber dado con la solución.

El filántropo y magnate empresarial convocó a través de su fundación un concurso en 2011 para proponer alternativas tecnológicas a la falta de aseos en todo el mundo. La premisa era que los nuevos retretes pudieran funcionar sin conexión a redes de saneamiento, sin agua ni electricidad, que permitieran reciclar los desechos y cuyo coste no superara los cinco centavos por usuario al día. Una de estas opciones son los denominados ‘baños secos’.

“El sistema de baños secos se basa en separar la orina de las heces. La orina es rica en nitrógeno y se puede recuperar como abono. Las heces son la parte más problemática, si no se tratan bien provocan contaminación e insalubridad”, explica Ernesto Cidad, ingeniero químico autor de la web Agua Ecosocial.

Para evitar riesgos e inactivar potenciales compuestos patógenos, este sistema almacena las heces en un compartimento estanco y seguro, donde se someten a un largo proceso de compostaje. “Si el baño está bien diseñado, con un sistema de ventilación y buenas condiciones de temperatura y humedad, al cabo de un año esa materia está preparada para usarse como abono natural”, asegura Cidad. Según el ingeniero, el sistema es eficaz incluso en sociedades donde el saneamiento no es un problema. De hecho, ya se utiliza en algunas zonas de Europa, sobre todo en casas de campo aisladas, como una opción más ecológica para no desperdiciar agua potable.

Bill Gates no es el único empresario que se ha dado cuenta de esta oportunidad. La ‘industria del saneamiento’ ya se percibe como un nicho de negocio con futuro. “Es bueno que las empresas se acerquen a este tema y propongan soluciones. Cuanto más se innove fenomenal pero, cuidado, el problema del saneamiento no es solo la tecnología”, alerta María del Mar Rivero, ingeniera industrial y miembro de ONGAWA.

“Cuando tienes soluciones individuales tienes que tener cuidado con que sean soluciones completas. No solo tiene que haber baños seguros, también deben manejarse de manera segura. Tiene que haber un control de toda la cadena hasta que los residuos dejen de ser peligrosos para la salud”, destaca Rivero. Sería ingenuo pensar que todo se resuelve llevando modernos retretes hasta lugares remotos, sobre todo porque ya existen demasiados ejemplos de fracasos.

Lecciones por aprender

De nada sirve instalar cualquier infraestructura si no se invierte ni se forma a personal suficiente para su mantenimiento. Igualmente, de nada sirve defender las propiedades de un retrete seguro si no se impulsa una campaña de educación e higiene para cambiar los hábitos anteriores. Aun así estos errores todavía persisten en algunos proyectos.

Hay otro error crucial que explica por qué hay letrinas que, después de instaladas, nunca se usan o por qué algunas acaban convertidas en almacén, y es no tener en cuenta el contexto cultural, religioso y social de cada comunidad, implantar soluciones sin escuchar antes a quien se pretende ayudar.

“Si el proyecto no tiene en consideración todas las variables culturales no tiene ningún tipo de sostenibilidad. Si no hay apropiación por parte de quienes ellos llaman beneficiarios es una especie de apósito externo”, expone Andrés Narros, antropólogo social y coordinador de programa en la Fundación Allegro.

Para Narros es imprescindible conocer la distribución social de los espacios, las estructuras de poder –“el mapa de tuberías de una aldea representa perfectamente el mapa de las dinámicas de poder”, explica–, pero sobre todo los tabús religiosos y de género que afectan a un tema tan íntimo como este. Tener en cuenta los problemas de acoso que padecen muchas mujeres cuando buscan un lugar donde hacer sus necesidades o el estigma que supone en muchas regiones la menstruación.

“Recuerdo haber trabajado en Irán poniendo letrinas públicas para mujeres –un país como Irán donde las letrinas tienen que estar en un espacio privado–. No duraron ni dos días”, recuerda el antropólogo.

No se trata solo de higiene

Los países con menor acceso a baños domésticos decentes –Etiopia, Chad, Madagascar, Sudan del sur, Eritrea, Níger– tienen mucho más en común que los retretes. El mal saneamiento no solo pone en peligro la salud, también condena irremediablemente a la pobreza. Según el Banco Mundial, provoca pérdidas anuales de 260.000 millones de dólares (unos 234.000 millones de euros) en los países en desarrollo, el 1,5% de su PIB.

No disponer de inodoros seguros tiene un alto coste educativo –una de cada tres escuelas en todo el mundo no tiene baños decentes y esto provoca que muchos niños falten a clase, sobre todo niñas– y un alto coste laboral, debido sobre todo al tiempo que se pierde en hacer cola en baños públicos y al elevado nivel de absentismo por enfermedad.

De ahí que el lema del Día Mundial del Inodoro de 2019 se centre en ‘No dejar a nadie atrás’. Para eso no basta con el apoyo privado, hace falta aumentar la inversión pública. Según el Banco Mundial, se necesitan al menos 100.000 millones de dólares anuales más (90.000 millones de euros) para conseguir el objetivo de 2030. Sobre todo teniendo en cuenta el contexto de emergencia climática en el que nos movemos, donde la disponibilidad de agua es cada vez menos predecible.

“Si haces una consulta a la gente sobre cuáles creen que son los grandes problemas globales no saldría el saneamiento y, sin embargo, pocos problemas globales hay de tanta envergadura”, insiste Alberto Guijarro. Por eso es importante sensibilizar a las sociedades occidentales –donde, por cierto, también hay un 2% de población que hace sus necesidades al aire libre, sobre todo en asentamientos chabolistas–, para que el tema se incorpore con fuerza a la agenda, y que la falta de retretes indigne tanto como el hambre o la pobreza.


María José Carmona. Periodista independiente especializada en temas sociales y de derechos humanos. Actualmente colabora con los medios digitales Planeta Futuro (El País), eldiario.es, El Confidencial y Público, entre otros.

Twitter : @MJCarmonaLopez

Artículo publicado por cortesía editorial de

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