La mano al manzano

por Eduardo Flores


Vivimos tiempos extraños. Es esa sensación. La que nos habita desde siempre. Fue alzar la mano al manzano, lo que ocurrió antes y, por supuesto, todo lo de después.

La criatura suspira en ese estado de ánimo, los tiempos extraños.

Será por eso quizá lo del miedo. Sí. Una inevitable y exageradísima reacción física y mental ante lo desconocido, que impulsa, hacia el triunfo o el fracaso, frente al monstruo.

He tratado a muy pocas personas que me hayan mirado a los ojos con la suficiente honestidad como para decirme que nada les infundía temor en esta vida. A muchas de estas personas que he tratado se les había de suponer una suficiente valía resolutiva ante lo atenazante de la informe amenaza; una cláusula contractual escrita y firmada con tinta invisible en el lienzo del género. Hasta eso mismo, decir no le tengo miedo a nada, esa fórmula tan sencilla, resulta impronunciable; por la sencilla razón de abrir la puerta a todo aquello que, no tan en el fondo, nos aterroriza.

Así que cabría aligerar por aquí que sí, que tengo miedo; como tantos, habitando lamentablemente el más común de los lugares.

Lo desconocido, para varias generaciones -nosotros, los héroes del mundo civilizado del hoy-, ha ido resurgiendo de unas cenizas con rescoldos que muy pocos podían ver que brillaban en la noche más oscura. No sabemos cuándo ni dónde.

Ha colocado una rodilla en la tierra para erguirse ante nosotros.

Y sólo hemos escuchado el crujido de una rama en la noche del bosque.

Entonces el espanto ya nos había ganado la mitad de la batalla.

Lo desconocido, que no es otra cosa que aquello sobre lo que no poseemos información o aquello que hemos olvidado o que ignoramos soberbios durante demasiado tiempo, hace con la criatura lo que quiere. Toda vez que la criatura presuma de valentía, esa información que no sabemos siquiera que existe, involuntariamente, por motivos que se apalancan en la supervivencia, se desperdicia; como ocurre con el talento.

Así que es otra forma de valor lo que ahuyenta el espanto. Debe de serlo.

Entre aquel alzar la mano al manzano y nuestros días han berreado una cantidad considerable de monstruos. Mutaron con el tiempo. De unos hacíamos otros. Y así, la vida. La criatura no ha encontrado razón suficiente para no temer. Pudo, quizá, en algún momento, haber reparado en que todos los monstruos eran el monstruo. No lo hizo. La criatura prefirió elegir héroes cuya sombra delimitase cuanto desconocía. Cuando la bestia era real nuestro miedo inventó la valentía. Y ahí está, para quien quiera cogerla o admirarla o ampararse en ella desde la imposible y amarga distancia que otorga el cinismo.

No habría esperanza -el deseo como un mantra contra uno mismo-, si no fuera porque alguien, tal vez, en mitad de la conversación, y después de muchas exposiciones, de escuchar, de rebatir argumentos, sonreír, alzar algo la voz o agrietar el rostro, sí; no la habría si de vez en vez, y quién sabe si por azar, alguien, todavía, se descompone en un murmullo visiblemente introspectivo: vivimos tiempos extraños.

Y es que nunca ha sido de otro modo.

Debe de ser mucho más cómodo el miedo. Aunque muramos, un día como cualquier otro, sin saber que los límites de la sombra de los héroes abanderados por la valentía que nos inventamos, éramos nosotros mismos, en otras circunstancias. Como también somos el monstruo.

Es en estos tiempos extraños sin héroes y valentías desdibujadas que ella ha vuelto a alzar la mano al manzano. Y de qué manera. Gracias.


Eduardo Flores.

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