La gran belleza

Eduardo Flores

Moverse en permanente estado de confusión dibuja a veces no pocas realidades nunca antes imaginadas. La confusión, que es como no saberse en el mundo u observarlo desde fuera, desorganiza el eje de coordenadas.

De entre todas las sesudas investigaciones me que llevo entre manos, la que más me confunde es, precisamente, la que se antoja inconfesable. A cada nuevo descubrimiento un renovado silencio. De ahí, quién sabe, mis reservas a criticar negativamente y para mis adentros el Western Stars de Springsteen. Es la confusión, amigos: cuanto era en blanco y negro luce a todo color y en todas direcciones; lejos de ser tibieza, es paz.

Como la que sobreviene al conducir sin rumbo un sábado por la tarde de un verano cualquiera de un mundo que, si bien es el nuestro -porque lo es-, la distorsión del eje de coordenadas perfila de forma diferente. Y allá van, en otros coches, los rostros de los demás, tan en confusión como el que los observa al parar ante la menstruación de un semáforo. Son demasiados, me digo. Se dirigen a las playas, pienso. Nos equivocamos, asevero moviendo los labios mientras, tal vez, me hurgo con una falange el hueco derecho de las nasas de mi nariz. Y allá van, a sus cuarteles de verano, hacia la arena, la sal y el sol que nos alumbra. La línea recta, tic tac, tic tac.

Sigo pues mi desvío al cambio de color y la carretera por delante hasta que me salgo de las vías urbanas. Qué lejos queda entonces la política y su inutilidad. La confusión pinta de verde los pinos a los flancos, se mueven, parecen hablarme directamente: sigue por ahí, indican. ¿Por ahí? ¿Pero adónde? Respondo quizá (un gato negro podría ayudarme seguro. O un gorrión cualquiera). Por ahí, insisten. Y por ahí que sigo. Hasta que vislumbro las orillas donde van a encallar las pateras. Y más allá, el mar donde por imposición perversa han de morirse quienes han perdido hasta la tierra para ello. A veces las dunas se elevan y el paisaje se harina en amarillo y como la política es una inutilidad y la confusión es hasta divertida, decido pensar en política y en la desobediencia civil. Con todo ello, política/desobediencia/duna, en la mano que ya no sujeta el volante, cierro el puño hasta que de él surge una voz: «hay una teoría que dice que si alguna vez alguien descubriera exactamente qué es el Universo y por qué está aquí, este desaparecería instantáneamente y sería reemplazado por algo aún más raro e inexplicable» (Douglas Adams, https://es.wikipedia.org/wiki/Douglas_Adams).

Conduzco y me imagino capitana del Seawatch 3, Carola Rackete, tal cual, pasándome por donde se pega el salva slip todas y cada una de las pocas neuronas de un Salvini salvaje, primo hermano de un Donald Trump más cabrón que amable. Me imagino Carola entonces y me enamoro profundamente de ella, por su valentía y por la teoría de la gran belleza. En lo pequeño del habitáculo que es mi coche cabemos el Seawatch, yo y cuantas pateras quedan este verano por naufragar, con todos sus náufragos. Ya puesto decido invitar pasaje a Greta Thunberg. Su Asperger no impide el amor que desprende en la cruzada y el amor hacia ella; la teoría de la gran belleza así lo indica, de forma explícita. Quince añitos de amor como quince luciérnagas bailando el aire al fondo de una cueva: «Ustedes dicen que aman a sus hijos, pero les están robando su futuro ante sus propios ojos», vino ella a decir a los líderes del mundo -quince añitos como cuatro milenios de filosofía universal, como quince puñetazos de realidad a los molinos que son gigantes-, ahorrándose un más que merecido «hijos de la gran puta», porque no lo necesita: la inocencia colmada de sabiduría es como una tormenta ineludible.

La teoría de la gran belleza contempla en uno de sus artículos la paradoja de la masculinidad. Bajo el título -que brilla de pura purpurina multicolor- la imagen es la de un Freddie Mercury en camiseta blanca de tirantes sobre un escenario arqueando la espalda, el micro a la boca abierta y sonriente bajo el bigote y un público como una hueste de afines celebrando sin complejos la existencia de la gran belleza. Así es, la paradoja de la masculinidad, de esquiva comprensión -la voz de Mercury da la vuelta al mundo- y una excesivamente temprana fecha de caducidad. Cuando se trata de aprehender, la paradoja se disuelve, para no ser desperdiciada. Nadie dijo que saborear la mundanidad fuera sencillo, ni que en ella latiese una libertad como no somos capaces de imaginar; la teoría de la gran belleza alberga no pocas complejidades similares. A veces es como querer liderar Ciudadanos y plantarse en plena celebración del orgullo gay sin querer que te rompan el jeto; sólo es un espejismo llamado estupidez. En un estado de plena confusión el mundo es infinitamente más divertido. En cualquier otro estado estaría uno sirviéndose al peligro de un mundo perverso por definición o, quién sabe, por -¿dónde queda La tabla rasa de Pinker?- nefasta construcción. A mi lado, y en el coche, Carola y Greta se miran, se sonríen, y me miran y me sonríen, la confusión y la carretera por delante, podemos seguir componiendo la teoría de la gran belleza.

El estado de plena confusión, la teoría de la gran belleza y las mujeres que me acompañan me alivian la grieta sangrante que es la jodienda española y democráticamente ya irresoluble de haber abierto las puertas de Roma a un Aníbal -ni venceréis ni convenceréis, mientras salgan de la tierra como princesas guerreras, las Carola y las Greta-  sediento de latrocinio intelectual; ellas me colorean el gris cisco de investidura y la reputa posibilidad de unas nuevas e insultantes elecciones generales por delante, a sabiendas de lo inútil de la política. Me invitan a subir al autoestopista Thoreau, quien nos habla pronto y acelerado de la urgencia del activismo sobre y contra una democracia devenida gatopardesca por medio de un deficiente sistema electoral, un mal entendimiento del partidismo y un malvotar. Así que la carretera y la compañía imponen las palabras del invitado -que ahora contempla absorto el baile verde de los pinos rivereños-, contra los propios y los salvajes. Es justicia incorporarlas en la teoría de la gran belleza.

Ya casi al punto de aparcar el permanente estado de confusión difumina la compañía. La calle vuelve a su grisura al tiempo que el sol se nos escapa tras las fachadas, refresca en las playas ya desiertas, no se oye lo que se pueda estar hablando en los pinares -sigue por ahí, sigue por ahí, tal vez a ninguna parte-. Los coches y los semáforos se relacionan apiñados sobre el asfalto de la tarde en retirada. La teoría de la gran belleza, y no la prensa -¡tanto tanto ruido!-, habla de ti, quién quiera que seas; si vives, hablas y ríes como un cascabel.

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