La globalización económica detiene cualquier tentación bélica

En un mundo cada vez más integrado, la seguridad que otorga el poder militar es ficticia y, por eso, extremadamente volátil.

Lo que está en crisis en Europa es un sistema de seguridad basado en el poder militar de la OTAN, que se ha revelado absolutamente anacrónico en la segunda década del siglo XXI.

por Francisco Villanueva

 

Viernes, 18 de febrero de 2022. La integración del capitalismo se profundiza a escala global. Rusia y Europa son socios en el negocio de la energía. Al mismo tiempo, China y Estados Unidos son los mayores socios comerciales del mundo. La política siempre va detrás respecto de la economía y eso es lo que demuestra la instalación de la OTAN en la frontera con Rusia. La seguridad del poder militar es ficticia y sólo apariencia. Los presidentes de China, Xi Jinping y de Rusia, Vladimir Putin, sellaron una alianza evaluada en 400.000 millones de dólares en 20 años de venta de energía rusa a China.

La integración económica o globalización se acelera y profundiza al ser arrastrada por la digitalización completa de la industria y los servicios, ante todo en EE.UU. y China; el año pasado, el intercambio global de la República Popular, el primero del mundo (sumando importaciones y exportaciones) alcanzó a 6,1 billones, lo que representó un subidón de 32% anual; y dentro de él, las importaciones superaron 4 billones, con un alza de 26% en 2021.

El núcleo del comercio internacional es el intercambio entre EE.UU. y China, las superpotencias de nuestra época, que alcanzó a 682.320 millones de dólares en los primeros 11 meses de 2021, récord histórico absoluto, lo que significó un aumento de 30,2% en el año, lo que llevó el total del año pasado a más de 750.000 millones, en un camino nítidamente ascendente que representa los verdaderos términos del proceso de integración del sistema. Lo notable es que lo que crece cada vez con mayor vigor sobre todo entre las superpotencias es el intercambio de productos energéticos, por definición los de mayor relevancia estratégica porque afectan de manera directa a la seguridad nacional.

Las dos superpotencias han establecido el mayor pacto de largo plazo de compra de gas líquido de la historia del capitalismo desde el siglo XVIII y esto ha ocurrido cuando se exacerba su competencia estratégica

Sinopec, la principal empresa petrolera china, acordó comprar a EE.UU. 4 millones de toneladas de gas líquido por año en las próximas 2 décadas, lo que implica la construcción de 6 grandes plantas procesadoras en distintos puertos, todos ellos nuevos, en la Costa Atlántica norteamericana. Por eso China se transforma en la principal importadora de gas norteamericano en el mundo, lo que la hace dependiente en más de 30% de su demanda de la otra superpotencia global, y principal rival geopolítica.

Resumiendo, las dos superpotencias han establecido el mayor pacto de largo plazo de compra de gas líquido de la historia del capitalismo desde el siglo XVIII y esto ha ocurrido cuando se exacerba su competencia estratégica. Lo mismo sucede entre Rusia y los países centrales de Europa, sobre todo Alemania, Francia, e Italia.

Más de 35% del total de la producción energética rusa, la primera del mundo, fue obra de las grandes empresas transnacionales europeas en 2021, Total de Francia en primer lugar; y la inversión directa de las compañías transnacionales italianas y alemanas en la Federación Rusa, incluyendo el sector energético, superó 65.000 millones. Al mismo tiempo, la relación entre la República Popular y Rusia se ha multiplicado por 10, sobre todo en el terreno energético.

El punto central de lo que allí ocurre es que la extensión de la OTAN hasta la frontera rusa, que fue el resultado del colapso de la Unión Soviética en 1991, no garantiza ya la seguridad de Europa Oriental, ni tampoco la de Rusia

China es la primera importadora mundial de petróleo (13 millones de barriles diarios); y Rusia es la primera productora y exportadora de energía del sistema global, con reservas netas superiores a las de Arabia Saudita y Qatar combinadas; y ahora son tres los grandes gasoductos que transportan el gas ruso a los principales centros de consumo de China; y en los próximos 5 años se inauguraría un cuarto, que se extendería a lo largo de más de 4.500 kms, sustentando un intercambio de más de 400.000 millones de dólares en los próximos 20 años.

Todo esto implica un extraordinario desarrollo logístico, con intensa participación de empresas europeas, lo que equivale a afirmar que son tres los grandes protagonistas de este gigantesco proceso de conexión energética: Rusia, China y Europa. Esta es la tendencia central de la época, la aceleración de la globalización; y frente a ella es evidente el creciente retraso de la dimensión política, esto es estratégica, estatal, de seguridad.

Existe un vuelco definitivo de Rusia bajo Putin hacia el capitalismo y la integración en el mundo, ante todo con Europa, que responde a la vocación más profunda de Rusia, que fue la de asimilarse a lo más avanzado de Europa

Esto es lo que ha puesto de relieve inequívocamente la crisis regional de dimensión global entre Rusia, Ucrania, EE.UU. y la OTAN. El punto central de lo que allí ocurre es que la extensión de la OTAN hasta la frontera rusa, que fue el resultado del colapso de la Unión Soviética en 1991, no garantiza ya la seguridad de Europa Oriental, ni tampoco la de Rusia.

Además existe un vuelco definitivo de Rusia bajo Putin hacia el capitalismo y la integración en el mundo, ante todo con Europa que responde a la vocación más profunda de Rusia que fue la de asimilarse a lo más avanzado de Europa. Catalina la Grande, la gran impulsora del Imperio Ruso, la que incorporó a Crimea a su soberanía, fue alemana.

Si hay lugar en el mundo donde el comunismo no vuelve más es en Rusia. Lo que está en juego aquí no es la creación de zonas de influencia propias de la Guerra Fría, sino el surgimiento de un sistema de seguridad global, anticipo de un Estado mundial, propio de la globalización del siglo XXI.

Al contrario, lo que está en crisis en Europa es un sistema de seguridad basado en el poder militar de la OTAN, que se ha revelado absolutamente anacrónico en la segunda década del siglo XXI. En un mundo cada vez más integrado la seguridad que otorga el poder militar es ficticia, y por eso extremadamente volátil.

No hay forma de que la seguridad de un país se alcance en detrimento de otros, en un mundo que ha dejado atrás definitivamente todo juego de suma cero. Lo que impide la hegemonía militar es la digitalización completa del sistema a escala global; y lo que la historia deja atrás, se olvida para siempre.

Francisco Villanueva Navas, analista de La Mar de Onuba es economista y periodista financiero
@FranciscoVill87
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Revista onubense de actualidad, cultura y debate, editada por AC LAMDO, entidad sin ánimo de lucro inscrita en el Registro de Asociaciones de Andalucía con el número 4318 de la Sección 1. - Director: Perico Echevarría - © Copyright LAMDO 2017 / ISSN 2603-817X

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