La brevedad de los días

Cuando aquel médico tan experto, le comunicó los pocos días que le quedaban de vida, no pudo apenas articular palabra, simplemente dejó que sus recuerdos de ella. En sus manos temblorosa palpitante un corazón que nunca fue del todo suyo. Un camino extraño se abría antes sus pies, un camino que acabaría en días o tal vez en horas. El viento que enteraba sus cabellos blancos, en muda caricia cargada de reproches, le empujaba hacia un abismo o hacia un precipicio. Sólo las enfermeras que le cuidaban pudieron descifrar las palabras que balbuceaban sus labios resecos: “No quiero verla, no… no quiero verla”.

A la mañana siguiente le mandaron a casa. Ya nada se podía hacer. El final de sus días se acercaba de manera vertiginosa. Seguía repitiendo en su interior: “No quiero verla, no… no quiero verla”.

Pero es que el amor nos estrella contra el infinito. Nos rompe en mil pedazos mientras nuestra alma se empeña en seguir soñando, seguir recordando, seguir amando. Y es cierto que no pudo más. Las piernas no le respondían a sus deseos, el corazón palpitaba apresurado y no debido a su dolencia. El corazón desbocado sólo quería verla, tal vez la última imagen que detendría en sus pupilas para allá cuando estuviese bajo tierra.

Y llegó apoyado en un brazo amigo, al que pidió soledad en aquel instante. La vieja calle se abrió ante él, la calle de paredes encaladas que reflejaban la luz del sol. La calle que tantas veces paseó. La calle que un día maldijo. La calle de la que nunca fue suya pero que, acaso, quiso más que a nadie. Y, mirando en el vacío… la figura de una vieja enlutada, con paso tembloroso, se balanceada intentando encontrar su puerta. De lejos, separados por un abismo, las miradas permanecían fijas, pero él no dijo nada, sólo pensó: “No quiero verla, no… no quiero verla”. Se dio la vuelta con un temblor doloroso, el brazo de apoyo volvió a su rescate. Y, ni siquiera tuvo fuerza de preguntarle “¿era ella?”. Mientras, como un eco, se oyó chirriar la puerta vieja de madera y cerrarse con una lentitud desesperante. Él no quiso mirar atrás, tuvo miedo de ver aparecer nietos que no le llamasen abuelo, tuvo miedo de descubrir por quién aquel luto tan majestuoso por un amor que nunca pudo ser tan inmenso como el suyo. Dos tímidas lágrimas asomaron a sus ojos mientras abandonaba la calle vieja, de sol y cal.

Horas más tarde ya estaba en su lecho esperando el fatal encuentro, la despedida de la primavera, el túnel de la oscuridad. Mientras sus latidos se iban debilitando se plantó ante sus ojos, que apenas podía mantener abiertos, la imagen de la calle y de aquella vieja que se cruzó. Y, tal vez, para hacer más llevadera la partida se aferró a un último pensamiento, a una duda aterradora, al desenlace de su último día. Mientras se escapaba su último aliento, mientras su último latido anunciaba el momento pensó, con el alma en paz: “tal vez no era ella”. Y dejó de respirar…

Pasaron apenas dos días y se oyeron doblar campanas en la calle encalada. La puerta de madera dejó de chirriar y permanecería cerrada para siempre. Era ella pero él nunca lo supo. Ella fue quién, finalmente, le fue a buscar. Y las paredes encaladas aprendieron entonces la gran verdad. Si a dos personas que se quieren, la vida las separa… al final, las unirá la eternidad.


Mari Ángeles Solís del Río 

@mangelessolis1

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