José Solís Rostaing: el homenaje que nunca quisiste

por María Ángeles Solís

Hace unos días, mientras escuchaba desde un discreto segundo plano a un reducido grupo de intelectuales, ensimismados en su tertulia, vino a mis oídos aquellas palabras: “es el caso de don José Solís Rostaing”. Tu nombre salió a la luz hilvanando la conversación con el reconocimiento a tantos hombres y mujeres que marcaron la diferencia en las vidas cotidianas de muchos. Como ejemplo, se apoyaron en tu nombre, como quien se apoya en un muro de piedra que, se sabe, no cederá a las tempestades. Para continuar diciendo: “fundador de la Peña Flamenca de Jaén, Abogado, funcionario público y ejemplo cívico para esta sociedad». La gratitud por mi parte, al escuchar aquellas afirmaciones, fue inmensa y me relataron un suceso acaecido recién estrenado el siglo XXI: un grupo de jiennenses se reunieron para realizarte un homenaje pero tú, con esa discreción y educación que siempre te caracterizaba, les dijiste “que no, que muchas gracias, pero que ahora no, para qué ahora». Sin duda alguna, como todos reconocieron, todo ello era muestra de la humildad con la que hacías las cosas, con el cariño con que ayudabas a las personas.

Efectivamente, de tus manos surgió el germen que llevaría a la fundación de la Peña Flamenca de Jaén. La historia comenzaba cuando la década de los 60 agonizaba. Eran tiempos en los que se ponía cerrojo a todo aquello que tuviese que ver con la cultura. Se prohibían homenajes a Antonio Machado, a Federico García Lorca. Y, hasta incluso, algunos poemas de Miguel Hernández habían de leerse a escondidas. Ante esta ignominia, tu amigo Ramón Porras, que dirigía el aula de cultura de un centro de estudios, organizó una serie de conferencias, recitales de poesía y conciertos, en los que se hicieron habituales personalidades como: Fernando Quiñones, Gloria Fuertes, Caballero Bonald y Sofía Noel, entre otros. Eran aquellos tiempos en los que morían poetas por reventar poemas de olivos en el alma, donde únicamente la saeta de Canalejas de Puerto Real estremeciendo al paso del Abuelo conmovía al pueblo que andaba sediento de su propio arte.

Por aquel entonces, tuvo lugar “La Reunión”, que discurría entre Monterrey y la taberna El Gorrión, siempre bajo la tenue sombra del Arco del Consuelo. Y se fueron repitiendo una tras otra. Tú siempre acompañado de aquellos fieles: Ramón Porras, Juan Antonio Ibáñez, Pepe Cruz, Vicente Morales, Fausto Olivares, Antonio Altés, Ángel García y algunos más. Todos veían en ti un hombre afectuoso y hermético, de largos silencios, austero como una siguirilla y lleno de grandes bondades. Por fin, aquellas reuniones dieron fruto y se procedió a la fundación de la Peña Flamenca, en la ciudad de Jaén, el día 3 de marzo de 1972, en el domicilio de Adriano Serrano (tito Adri), calle Consuelo n°7. Como socios fundadores, figuran en dicha Acta de Constitución: José Solís Rostaing, Ramón Porras González, Adriano Serrano Ramírez, José Delgado Aguilera, Ángel García Cruz, José Cruz García, Fausto Olivares Palacios, Francisco Olivares Palacios, José Olivares Palacios, Antonio Latorre Olmedo y Vicente Morales Gueto. Más tarde, se situaría la sede social en los bajos del Casino Primitivo, en el emblemático Palacio del Condestable Lucas de Iranzo. Sin duda, un hito histórico en unos tiempo de letargo cultural.

Aunque el flamenco no fue tu única pasión. La otra pasión era la paz de tu rincón: un pequeño pueblo de sierra Mágina, Pegalajar, donde tanto te quieren, y donde encontraste aquello que decías que siempre hay que buscar en la vida: buena gente. Amigos inolvidables que me voy encontrando por la calle y se les quiebra la voz al pronunciar tu nombre, que siguen agradeciéndome todo lo bueno que hiciste por ellos, son esa “buena gente” de la que tú quisiste que siempre me rodeara, porque nunca fallarían, y no hay verdad más grande en este mundo.

Contigo, Papá, aprendí lo que es honestidad. Me decías que siempre defendiera la verdad pero que jamás me enfrentase a los que insultan y faltan el respeto. Lo mejor, es alejarse de ellos. Me enseñaste a ser firme, a ser leal. “Lo más importante en esta vida es ser buena persona”, me decías. Por eso, tu vida fue ejemplar. Ayudabas a todos, sin mirar a quién. Y luego tu silencio en las buenas obras te hacían aún más grande, porque decías: “si yo no he hecho nada. Es que esa persona tenía derecho». Por ello, todos te recuerdan. Y sus ojos vidriosos, estos días atrás, me han hecho sentirme orgullosa de ser tu hija.

Con Rafael Romero, el Gallina. Famoso cantaor de Andújar

Tal día como hoy, una tarde de agosto de hace tres años, cogiste fuerte mi mano mientras la vida se te escapaba, agarrándote fuerte a mí para que me quedara claro que siempre estarás conmigo. Me hiciste recordar nuestros paseos entre los almendros. Era ese fatal momento en que llegaba tu viaje definitivo, tal y como lo escribió Juan Ramón Jiménez: “Y yo me iré y se quedarán los pájaros cantando…”. Algo que pocos saben. Momentos tuyos y míos, cuando mirábamos a los pájaros beber el agua que tú les ponías en aquel bidón… el canto de los pájaros, el olor de los jazmines que las noches se verano ponías en mi mesita de noche. El viaje definitivo, tu mano agarrando fuerte la mía y, a lo lejos, el tercio de una siguirilla de tu amigo Pepe Menese. Pero no te fuiste. Digo con tu fuerza sobre mí. Y ante el orgullo inmenso de aquellos pegalajeños que me dicen “la hija de don José”, yo respondo: “la hija de Pepe Solís”, porque así querías que se te recordara, como esa persona cercana que fuiste, siempre con la mano extendida para los demás.

Un año más pasa, y te escribo estas líneas sentada en un banco de la plaza de san Agustín. Viendo de reojo la iglesia de san Bartolomé donde se custodia tu querido Cristo de la Expiración y a las puertas del colegio donde aprendiste que la vida se basa en dar lo mejor de ti para los demás. Estás vivo en mí, en tus calles de La Alcantarilla, en los almendros que cuidabas con tanto amor y toda la gente que te recuerda con una sonrisa en los labios al escuchar tu nombre.

Tenías razón, José Solís Rostaing, ése es el mejor homenaje: tú mismo, tu recuerdo, tu silencio y el calor de tu mano en la mía para siempre, mientras los pájaros siguen cantando.

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