José Mari Calleja: la voz contra el plomo

Resonaba su voz con una extraña combinación de fortaleza y de resignación a la vez. Ambas actitudes tan contradictorias. Tan vascas en los años de plomo. Fortaleza para resistir, pelear, aguantar el oprobio, la amenaza, la muerte. La muerte repetida hasta casi mil veces. Y resignación ante la incomprensión, el silencio, la imposibilidad material de hacer entender a otros, situados a distancia, claro está, que relativizaban el problema dando por buena la existencia de un conflicto y de una supuesta panoplia de puntos de vista para entender en toda su dimensión el ‘problema’. Pero el problema solo era uno: el terror.

José Mari Calleja, periodista, escritor, ha sido durante muchos años la voz incombustible de la decencia en Euskadi. Capaz de emocionarse con el recuerdo de los amigos perdidos, pero con una serenidad infinita al hablar de su propio sufrimiento, José Mari nos daba una lección moral cada vez que establecía la narrativa valiente de lo sucedido. En esta época en la que algunos, sin biografía ni trayectoria, se han erigido en portavoces del pueblo, el compromiso de Calleja expresaba con habilidad dialéctica la torpe realidad del peligro más grande que ha atenazado a nuestra democracia durante toda su existencia hasta hace apenas unos años, cuando  gobernando Rodríguez Zapatero, siendo ministro de Interior Rubalcaba, y gracias al esfuerzo de la Guardia Civil y la Policía Nacional, ETA cayó derrotada.

Calleja

Creo que una de las cosas terribles que ha acompañado el sufrimiento del terror en todas sus manifestaciones -el asesinato, la amenaza, la presión del odio, el vacío y el arrinconamiento social – ha sido el uso del lenguaje, de la retórica enrevesada para negar con una gramática incomprensible lo evidente de lo que sucedía. Y así se hacía, por ejemplo, desde los púlpitos, con la complacencia impropia de los curas de una Iglesia culpable, con una innegable responsabilidad moral en los crímenes, pero también en los debates políticos, en los programas de televisión, en los documentales, en los libros, o en los bares, ante la mirada altiva de los malvados.  Y todo con la retórica propia del lenguaje inabarcable que nos dejó el estructuralismo hasta el comentario ligero, dicho sin más, para justificar cualquier cosa. “Algo habrá hecho”, fue durante años no solo una aseveración sino también una consigna que permitía asumir cualquier crimen por inadmisible que fuera.

Una de las muestras más descaradas y al mismo tiempo entristecedoras de todo esto fue el documental La pelota vasca, en el que unos y otros, como si entonces fuera posible ‘unos y otros’ juntos en algún sitio que no fuera la pantalla, desbrozaban soluciones posibles para analizar ‘el conflicto’ y atisbar una sociedad en la que todos ‘asumieran su responsabilidad’.

Se nos va una voz indispensable. Y en el futuro quizá lo que nos cuenten sea mentira.

Eran los tiempos de la aproximación indecente, de la metáfora hasta el extremo, el vocabulario incivil, la onomatopeya sangrienta: pim, pam, pum. Frente a eso, José Mari Calleja, leonés de nacimiento, vasco de adopción, imponía el discurso sincero, real, auténtico de lo que pasaba en Euskadi más allá de las falsas apariencias.

Durante años hemos tenido que soportar la insistente y machacona idea milenaria de una Euskadi compleja de entender, por sus raíces e historia tan diferentes del resto del mundo. No ha sido otra cosa que una vulgar justificación para sustentar una política criminal contra el Estado y contra las personas, contra la propia sociedad vasca, atenazada y maniatada, y contra la idea moderna de civilización que se impone a la barbarie y el terror.

Durante años nos hemos tenido que tragar la estética romántica elevada a la esencia espiritual de un pueblo que para sobrevivir tenía que matar. Y ahora nos encontramos, una y otra vez, las mismas construcciones estéticas que pretenden hacer un tratamiento presuntamente objetivo. Se van las voces de la resistencia contra el terror y la delincuencia mortal, contra el silencio y la connivencia, la complacencia y el cinismo, se va la voz de los que se mantuvieron erguidos contra el fanatismo y la brutalidad de la intolerancia, el racismo más repugnante.

En la izquierda hemos perdido estos días la voz de Enrique Múgica, que se puso en pie contra el franquismo en plena dictadura – provocando su trabajo político, valiente y clandestino, la primera crisis política del franquismo en 1956 – y que contribuyó decisivamente a construir el estado moderno y democrático que ahora habitamos y ahora perdemos la de José María Calleja: íntegro, valiente, serio, riguroso, y sobre todo decente. Hoy, en su ausencia, pienso y me acuerdo de las víctimas, los hombres y mujeres que con su muerte hicieron llorar a Calleja como hoy su muerte me hace llorar a mí.

Se nos va una voz indispensable. Y en el futuro quizá lo que nos cuenten sea mentira. Les debemos a muchos evitarlo. También a José Mari Calleja, que se nos ha ido dejándonos aún más solos.

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