Isska

Aquella calle siempre olía a primavera.

Isska paseaba la calle muchas veces al día, la mayoría, escondiéndose por el miedo a ser vista. Estaba en tierra extraña aunque nunca tuvo tierra. Huyó del lugar donde nació cuando apenas sabía andar. Pero le gustaba aquella calle donde vivía, aquella calle con olor a primavera que, para ella, una joven judía, se convertía en un sueño sentirla suya, sentirse viva en ella.

A veces, también pasaba él, cuando volvía del convento de recoger dulces para su abuela. Si las monjas se despistaban, entraba en la iglesia y se sentaba ante el cristo de bambú. Los murmullos eran inevitables por todo lo ocurrido en aquel convento de santa Clara, pero Manuel no paraba en los detalles. Iba a lo suyo. Recogía los dulces y volvía camino a casa.

Pero fue una tarde de primavera, tal vez, porque esa calle siempre olía a primavera, al doblar la esquina chocó bruscamente con los ojos de Isska, esa chica tímida, con una estrella de David palpitando por sus venas. Les eclipsó una luz que se interpuso entre ellos… una luz que les unió.

Manuel soltó las magdalenas que rodaron por la pendiente y acarició la mano de Isska, suavemente, a modo de lamento. No quisieron hablar de un dios ni de otro, porque para ellos su dios era el amor.

Les separó una ráfaga de viento venida del norte. Y, el ir y venir de la gente, apartó sus miradas hacia el vacío. Lagrimas en los ojos y un vacío inmenso en el corazón.

Pasaron días, Isska paseaba sus recodos, Manuel caminaba hasta el convento. Ambos soñaban con un milagro. Y rezaban a su dios, que no era el mismo… o sí, porque su dios era el amor.

Las miradas de la gente les apuñalaban; las lenguas de doble filo les rasgaban las entrañas. Pero ellos se miraban de lejos ajenos a todos, y sentían cómo el viento les rozaba en muda caricia. Mientras todos gritaban “¡sacrilegio!, esto es un castigo de dios!”, se escogían de hombros sin saber, sin entender. Porque su dios era el amor.

Aquella tarde de primavera Isska salía de la sinagoga con su familia. Manuel, acompañado de la suya, volvían del convento de hacer sus oraciones. Entre el alboroto de gente que iba y venía, sin darse cuenta que obedecían a un plan trazado por el destino, se escabulleron y caminaron calle hacia adelante siguiendo el contorno de las torres morunas que perfilaban el horizonte. Entonces, vieron que caminaban hacia la misma dirección, bajo la luz de los faroles mientras la llama ondulaba como si fueran lágrimas en un cielo cuajado de estrellas.

Se dieron la mano, caminaban juntos huyendo de la incomprensión de sus vecinos. ¿Quién era el dios entonces? Huían simplemente para no oír murmurar. Fue entonces cuando Isska sintió miedo. “Nos estamos acercando al límite”, murmuró mientras se abrigada entre el cuerpo de Manuel. Él, con voz dulce, le dijo mientras acariciaba su pelo lacio que caía sobre sus hombros: “no hay ningún límite, al final de la calle lo que está es el barrio morisco». Y, con la fe inagotable que siente aquel que ama, se agarró fuerte a su brazo de hombre… y se dejó llevar.

Llegaron a una plaza de piedra, desconocida para ellos. Las gentes no les conocían, pero les sonreían. Entraron en la mezquita, mirando con ojos asombrados hallaron una verja que llevaba a un patio con un estanque. Isska se sentó en un borde y Manuel le cogió la mano. Alguien, a quién no conocían, les dio una flor… Y la noche de primavera pasó, bajo aquel cielo cuajado de estrellas.

No sé si volvieron o si se quedaron por siempre allí. Cuentan que pasados unos meses, las calles se tiñeron de sangre, en nombre de un dios, pero no del suyo porque su dios era el amor, y ese dios jamás lo permitiría. Nadie les volvió a ver.

Sólo una cosa. Incluso ahora, en la calle de Isska, en las noches de primavera, se oye su llanto y la voz de Manuel gritando su nombre mientras las estrellas brillan en el cielo oscuro. Dicen que su amor jamás acabó, no, jamás. Puedes quedarte hasta que amanezca, verás a la vez que un niño sale del convento, otro sale de la sinagoga (dicen que son los hijos de Isska y Manuel). Párate en la encrucijada de calles, verás cómo en este recodo se acercan y se cogen de la mano, y caminan juntos hasta mezquita. Porque en todos sus caminos aprendieron que no hay dios que separe a las personas que se quieren. No existe esa religión. Sus padres les enseñaron que el único dios que existe es el amor. Y seguirán caminando mientras haya estrellas y noches de primavera. Porque aprendieron  el respeto de ser diferentes y ser capaces de amar.

Aquella calle siempre huele a primera.


Mari Ángeles Solís del Río

@mangelessolis1

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