Inflar el suflé o el ‘Arte nuevo’ del discurso político

por María Pilar Úcar Ventura, Universidad Pontificia Comillas.


Desde aquel famoso mensaje de Charles de Gaulle “La France n’est pas seule” (18 de junio de 1940) o “I have a dream” de Martin Luther King (28 de agosto de 1963) hasta, por ejemplo, la célebre frase de Julio Anguita: “La resignación ha dormido la conciencia” (23 de febrero de 1999) o el tan coreado: “Sí, se puede”, adaptación del “Yes, we can”, muchos han sido los mensajes políticos que a lo largo de la historia se han oído, y muchos los estudiosos que han profundizado en los entresijos de la oratoria.

Un arte. Todo un arte de la seducción. Se trata de llegar a la conciencia del oyente, de conseguir su aquiescencia y su voto. Y más si se trata de elaborar y difundir -pronunciar- un discurso político, o mejor, un discurso electoral.

El lenguaje discursivo público

Aristóteles y Platón, Varrón con su gramática y Nebrija después, Port Royal, el estructuralismo y el generativismo, Saussure y Chomsky, han dedicado páginas a dilucidar la función del lenguaje –social, sin ninguna duda–, su intencionalidad y su finalidad.

El objetivo del lenguaje discursivo transmitido de forma pública consiste en emitir una información para convencer al receptor en ese acto comunicativo que constituye el discurso político. Un discurso que suele tratar de cuestiones de interés para los ciudadanos como integrantes de una sociedad y que, por lo tanto, ha de ser argumentativo y deliberativo, o sea, que adopte decisiones para ofrecer al público de una manera cohesionada y coherente.

Podríamos preguntarnos, ¿qué pretenden nuestros oradores? Ni más ni menos que modificar los conocimientos del interlocutor o hacerle reaccionar en una determinada orientación.

Pero… ¿y si no puede convencer? Quintiliano afirmaba que el dominio de la oratoria consiste en acto y no en efecto y Cicerón insistía en la elocuencia. Ambos preconizaban el “ars bene dicendi”, definición que, como podemos comprobar, no se aleja mucho de la que ofrece actualmente la Real Academia Española: arte de bien decir, de dar al lenguaje escrito o hablado eficacia bastante para deleitar, persuadir o conmover.

Para llegar a ese momento de emoción y de empatía hay un largo trabajo. Conviene diseñar una urdimbre que dé peso y solidez al discurso. Desde la sombra se trabaja la inventio, la dispositio y la elocutio hasta llegar a la actio: se pone en marcha la maquinaria para elaborar y seleccionar ideas, materiales que sigan una línea determinada, con elementos probatorios y refutatorios que marquen el esquema básico del discurso, incluso el de la descalificación de los argumentos del rival.

Y todo ello dispuesto de forma estructurada: hay que “ganarse” al público hasta el final, seducirlo.

Disponemos de la “artillería” lingüística, el cargamento de numerosas figuras retóricas que conceden al discurso un aspecto singular: repeticiones, preguntas o interpelaciones al auditorio (del que se espera aplauso), una implicación fingida para que el “yo” del orador quede enmascarado en un “vosotros” comprometido… La ironía adquiere papel predominante si se trata de desacreditar al adversario, al que van dirigidos las famosas expresiones peyorativas casi insultantes y ofensivas.

A la hora de pronunciar el discurso, el orador ha de estar alerta y prestar especial atención a la expresión en todas sus facetas posibles. Apariencia, modulación de la voz y lenguaje corporal deberán ir en consonancia con el contenido.

El discurso en los debates

Nuestros políticos lo tienen muy estudiado, sobre todo después de ver los dos debates televisados.

Pablo Casado, con una imagen muy estudiada, enhebra expresiones negativas de gran repercusión, salpicadas con alguna que otra frase histórica, combinando el “yo” con un “nosotros” entre futuro y presente: “queremos hablar menos”, “aprobaremos una ley que consagre la libertad de elección”.

Sin embargo, Albert Rivera ataca a sus rivales con un lenguaje muy expresivo lleno de carga peyorativa. De aspecto algo más inquieto que sus rivales, sus gestos se aproximan a aspavientos que abarcan el estrado: dirige movimientos a un lado y a otro y fija el punto de visión de frente.

Por su parte, Pedro Sánchez es más contenido en sus expresiones y ademanes: rotundo y decidido, se gira desde la palestra modulando la voz a la vez que marca los tiempos de silencio, sin movimientos grandilocuentes ni rictus faciales agresivos. Domina un discurso en tono impersonal para involucrar a la gran mayoría de asistentes y usa el plural cuando desea arrancar el compromiso colectivo.

Por el contrario, Pablo Iglesias, con gesto fruncido y algo ceñudo, a veces sermonea y otras regaña, y marca su discurso con una primera persona insistente.

El orador se hace responsable

Partimos del siguiente principio: todo discurso emitido por un orador es asumido por él y se hace responsable del enunciado.

Nos consta que la política ha sido siempre conocida como un espectáculo de masas, un teatro, hablar mucho, decir poco, “marear la perdiz»… En resumidas cuentas, practicar lo que los franceses denominan la ”langue de bois“: lengua de madera, de cartón piedra, vender humo o inflar el suflé.

No es reprobable dicha actitud si tanto emisor como receptor, orador político y público, conocen las reglas del juego –casi pactado y establecido– y las aceptan entre ellos. De esta manera, no hay ni trampa ni cartón, nadie se lleva a engaño ni cree que le están dando gato por liebre.

El político que se presenta ante sus correligionarios se dirige con el claro y firme propósito de asegurar su voto, de ahí que durante el periodo electoral los protagonistas de las elecciones –los políticos– se enfrenten verbalmente, haciendo uso de la persuasión y de la polémica como técnicas retóricas.

El candidato, preocupado por causar una buena impresión entre los votantes, busca acreditar la imagen del «yo” al mismo tiempo que apela al “otro”, ya sea para realzar su posición o para lograr alguno de estos tres objetivos que definen el discurso político: hacer que el ciudadano vote, que vote a X y que no vote a Y.

Detectamos pues cómo expresan sus ideas embelleciendo y maquillando el lenguaje con sinónimos, con opiniones propias y ajenas, con rodeos o circunloquios…, alambicamiento incomprensible y oscuro para la gran mayoría:“la lengua de madera, el suflé”.

Y si no convence… ¡¡confunde!!


María Pilar Úcar Ventura, Profesora adjunta de la Facultad de Ciencias Humanas y Sociales, Departamento de Traducción e Interpretación y Comunicación Multilingüe, Universidad Pontificia Comillas 

Este artículo fue publicado originalmente en 


 

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