Harold Bloom: ¿Cómo y por qué leer en la universidad?

por Antonio Fernández Vicente

Leer es uno de los mayores placeres que podemos experimentar. Pero es un placer difícil en tanto que exige soledad, una extraordinaria atención, curiosidad, imaginación e independencia de espíritu.

La lectura por placer parece ser hoy una excepción cada vez más infrecuente. También ocurre en la universidad, a pesar de que la buena lectura constituya uno de los remedios contra la ignorancia.

Harold Bloom y la universidad

El crítico literario Harold Bloom, recientemente fallecido, advertía en Cómo y por qué leer que en la universidad apenas se enseña la lectura como placer. Después de todo, no se podría evaluar. Y lo que no es evaluable se suprime por inútil.

Lo que prolifera son las lecturas funcionales: las de los estudiantes que las economizan de acuerdo con lo que se someterá a examen. Y las de los profesores, ensimismados en sus disciplinas-estanco. Se radicaliza la barbarie del especialismo, con expertos indiferentes a todo lo demás, a los problemas de la época y a las grandes cuestiones humanas atemporales. No es su competencia. No les concierne. No se premia y, por tanto, no se lee.

¿Ciencias o letras?

Podríamos pensar que un profesor de ciencias no cuenta con razón alguna para leer por placer una de las obras que forman el canon occidental. O para crear su propia biblioteca de clásicos, como sugería el escritor Italo Calvino:

“Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él”.

Si “nada humano me es ajeno”, ¿cómo van a serlo las más excelsas obras de la literatura? Las riquezas de Cortázar, Pizarnik, Borges, Whitman, Sábato, Neruda, Stendhal, Stevenson y tantos otros sondeadores del alma humana son inagotables. ¿Por qué no leerlos?

A fin de cuentas, como nos recordaba el filósofo Bertrand Russell, la buena lectura nos ayuda a apreciar otros puntos de vista distintos al nuestro. Es una vacuna contra dogmatismos y proclamas de odio, contra totalitarismos, como leemos en La libertad y las universidades:

“Una de las cosas más importantes que se debe enseñar en los centros docentes de una democracia es la actitud de sopesar argumentos, y el tener una mente abierta y preparada de antemano a aceptar el argumento que parezca más razonable”.

La ausencia de lecturas por placer no es tan solo patrimonio de la vitriólica oposición ciencias-letras. La falta de sensibilidad cultural podría aplicarse también a los campos humanísticos. Es un signo de los tiempos, donde reinan la fácil banalidad y las frivolidades, como bien hizo notar Alberto Manguel:

“Leer puede conducir a razonar, a cuestionar, a imaginar mundos mejores. La lectura es, en este sentido, un acto subversivo y con ella podemos oponernos a la marea de codicia y estupidez que amenaza con ahogarnos”.

Nos decía la escritora Virginia Woolf que el mejor método para leer es el propio: el mejor consejo es no dar ningún consejo a la hora de qué leer y cómo. Al fin y al cabo, cada cual debería aprender a leer por uno mismo.

Leer es una práctica íntima, incluso anárquica, refractaria a la docilidad, un arduo placer que fortalece nuestra personalidad. Nos ayuda a averiguar cuáles son nuestros verdaderos intereses, ya seamos químicos, matemáticos, abogados, ingenieros, filólogos o economistas.

La luz interior de la lectura

‘La lectura de Don Quijote’ (1873), de Célestin Nanteuil. Musée des Beaux-Arts, Dijon. Wikimedia Commons

No se trata de mejorar al vecino a través de la lectura. Leer es el germen para que nazca la luz interior del buen lector. Podrá ser, en segunda instancia, una vela que ilumine a los demás. Pero, al final, cada uno tendrá que leer por sí mismo en un ejercicio de arrojo y autonomía.

La lectura es una actividad buena en sí misma: el propio acto de leer es la recompensa, sin que haya otros intereses. No se lee para convencer a otro de nada. Ni para confirmar o refutar expectativas ideológicas. Tampoco para la ostentación academicista. Debe ser un acto gratuito, genuino, sin rentabilidad alguna más allá de la pasión y amor hacia el conocimiento.

Leer forma parte de nuestro aprendizaje de la alteridad, de nuestro conocimiento de los demás y de uno mismo como si fuésemos otro. También es un eje vertebrador de nuestra madurez, porque nos prepara para la transición entre las imprevistas circunstancias de vida. Y para el cambio definitivo al que todos de forma ineluctable nos dirigimos, anticipaba Bloom. Aprendemos a vivir y a morir con la lectura como parte de nuestras experiencias y vivencias.

Contra los tópicos

Al leer bien nos alejamos de los tópicos, como sugería el ensayista Samuel Johnson. La buena lectura nos enseña a pensar mejor, a ser ciudadanos reflexivos. Los tópicos son los lugares comunes, los clichés insidiosos, las perezas intelectuales que todo lo simplifican. Así son también los tópicos pseudointelectuales de la cultura universitaria.

En la universidad, observaba Bloom, profesor en Yale, también abundan las fórmulas mágicas que son comodines intelectuales. Y sin embargo se las reviste de prestigio académico.

La universidad rara vez se parodia a sí misma. Resultan incomprensibles los sarcasmos de Mark Twain o las contradicciones de Giovanni Papini. ¿La universidad carece de sentido del humor? ¿Es capaz de reírse de sí misma?

Es curioso que el escritor Amos Oz señalase la facultad de reírse de uno mismo, junto con la lectura, como las formas de sustraerse a toda suerte de fanatismos.

La buena lectura nos reconcilia con la ironía. Nos exige que estemos abiertos a la confluencia de doctrinas antitéticas en un mismo libro, en un mismo personaje, tal y como enseñaban los diálogos socráticos. Nos ayuda a comprender el mundo en su complejidad, más allá de todo adoctrinamiento.

Leer es inventar a partir de la inteligencia de otro

Pero no es fácil ser buen lector. “Hay que ser inventor”, afirmaba Bloom. Debemos estar dotados de una tremenda capacidad de comprensión, que se adquiere mediante el lento y riguroso ejercicio del pensamiento, de la lectura frecuente y atenta.

Al leer buscamos el auxilio de mentes más originales que la nuestra para expandir nuestros horizontes intelectuales. Es un ejercicio de humildad en tiempos de narcisismo y autosuficiencia. Construimos nuestra vida con los cimientos que otro dejó con generosidad para nosotros en forma de libro. Leer es aceptar con infinita gratitud ese regalo.

¿Se mantiene gran parte de la comunidad universitaria al margen de esos dramas literarios que son espejos del mundo? Lo que debiera ser “templo de la inteligencia”, por utilizar palabras de Miguel de Unamuno, ¿se aleja cada día más de la luz interior que alimenta la serena lectura?

¿Por qué no aceptar el regalo de Bloom? Esto nos proponía en ¿Cómo y por qué leer?

“Hago un llamamiento a que descubramos aquello que nos es realmente cercano y podemos utilizar para sopesar y reflexionar. A leer profundamente, no para creer, no para contradecir, sino para aprender a participar de esa naturaleza única que escribe y lee. A limpiarnos la mente de tópicos, no importa qué idealismo afirmen representar”.


Antonio Fernández Vicente, Profesor de teoría de la comunicación, Universidad de Castilla-La Mancha
Artículo publicado por cortesía editorial de

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