Fuego con papel de periódico

por Eduardo Flores.


La noticia es urgencia. Y en tiempos de urgencia extrema, la noticia, ya es norma y producto de alto precio y escaso valor. La urgencia por la caducidad genera un mercado complejo en el que un producto viene a ser como la más famosa y recurrente de las paradojas: caja más gato igual a incertidumbre. Algo así.

El hábito le ha amortiguado las caídas. Me susurra Clarice Lispector, y sigue: Hoy en día vive incomparablemente más sereno, pero su vida corre gran peligro: puede estar a un paso de estar muriendo, a un paso de haber muerto ya, y sin el beneficio de su propio aviso previo. El susurro me llega justo en el instante de una inservible reflexión: periodismo.

No, Santiago Abascal no es un político. Es un ayatolá a lo español, un Saddam, un Gadafi; en definitiva, ‘un salvador’: un monstruo protagonista en una biografía del miedo
En verdad que el huevo y la gallina nacieron a la vez. Por muy extraño que nos pueda parecer, hace ya un tiempito que la ciencia se encargó de demostrarlo. Sí, es sencillo y sorprendente, como cualquier verso de Machado.

El hábito ha amortiguado de tal modo la caída del periodismo que no parece sorprender a nadie lo ocurrido: la duradera -y probablemente no extinta- e insidiosa, así como insultantemente eficaz existencia de pútridos intestinos de estado -fenómeno más conocido como cloacas- que depositaban en cabeceras, digitales y no digitales, mayúsculas mentiras contra partidos políticos o personas de relevancia política. Del mismo modo en los informativos de todas las televisiones. Da un poco igual el partido afectado en particular o los nombres propios mancillados. Querido lector, se han meado en tu fuego y en el mío.

Se podría decir -de nuevo-, es el mercado… #yatúsabe. Y su urgencia, la del mercadeo, borraba las huellas dejadas por los siniestros en lo que ha sido o es nuestro Watergate. Ignorado. Incombustible. Indiferente para todos los públicos. También qué hilos futuros serán movilizados. El periodismo a un paso de haber muerto ya, y sin el beneficio de su propio aviso previo.

Somos nosotros y, en fin, nuestra existencia consumida en la producción incesante de la nada. Resultando qué. No lo sabemos: tuits o estados de Facebook o columnas como esta que, inevitablemente, se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia.

(Que esté ardiendo Notre Dame mientras me dedico a estas líneas no favorece el optimismo.)

Venía a decir Fernando Aramburu en Twitter, tan desafortunadamente, y, citando a Oriana Fallaci, «que hay dos tipos de fascistas: los fascistas y los antifascistas». El linchamiento a la contra no ha sido menor que lo inoportuno del tuit de marras. La confusión parece ser el producto estrella de la dieta informativa.

Esto está ocurriendo, serios medios despilfarrando infamias en pornográfico concubinato con buena parte del poder político y altas esferas policiales
Pues bien. He dejado de creérmelo. Santiago Abascal no es un político. Tal vez lo fue, del modo que ya sabemos, de los mangantes de toda la vida, de los aceptables. Pero ahora ya no. Más bien es un instrumento. Algún tipo de artefacto quirúrgico que extrae de lo más profundo de nuestros terrores las noches más oscuras. Esa sombra tan europea y, lo peor de todo, tan esencialmente española. Santiago Abascal no es un político (hace buenos a los que forman el cuarteto de la resignación política española). Es un armagedón propiciado por ese lecho fangoso donde agonizaban peperos analfabetos, acomplejados y falsos (peor todavía: ignorantes) nostálgicos. Cuanto rodea su pose alfa no es más que la sospecha y nombres siniestros. La macabrez plena de su discurso (me cuesta escribir esto desde el siglo XXI) aflora en cada palabra o tema que pareciera salir humeante del ánima de su S&W. No, Santiago Abascal no es un político. Es un ayatolá a lo español, un Saddam, un Gadafi; en definitiva, ‘un salvador’: un monstruo protagonista en una biografía del miedo. Es como el terror que vemos al otro lado del muro. Pero aquí mismo: entre los nombres engarzados de las papeletas.

Todo esto está ocurriendo, queridos e improbables lectores, pueden creerme: serios medios despilfarrando infamias en pornográfico concubinato con buena parte del poder político y altas esferas policiales; al tiempo que Aníbal calienta en el descansillo.

Y es que en tiempos de crisis sólo la estupidez es más atractiva que la inteligencia. La falta de contexto en el apunte de Aramburu días atrás es el mismo vacío en el que flotan los titulares de la urgencia. Es la tibieza, que junto a la urgencia y la noticia, nos deja a los paisanos, frente al futuro de las urnas, como indigentes pedigüeños aparcados en una escalinata entre leones. Haciendo fuego por las noches con papel de periódico.


Eduardo Flores.

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