Feria del libro: olor a futuro

por Eduardo Flores.


Hace como unos dos años y medio que resido en Huelva. Al minuto uno de caminar sus calles por primera vez, ya era uno más entre los paisanos. Acostumbro a decir que se trata de una de las ciudades más amables que he conocido. Como uno ha ido dando tantos bandazos, a la pregunta más antigua del mundo de la comunicación entre primates, respondo sin complejos que soy de Huelva. Ya sí.

Y ha sido tras más de esos dos años y medio de feliz acogida que me decidí a bichear su Feria del Libro, justo en su edición número 45. Me reconozco descreído y probablemente, en cierto sentido, contrario a estos eventos de eventos en torno al mundo del libro. Será que mi experiencia ha distanciado el fenómeno de leer -en primer lugar- y escribir -en segundo- de todo aquello relativo a la compra-venta de lo que considero material sensible. Me resisto a lo cultural apostando convencido por una contracultura espontánea que no se relaciona y se mueve en oposición a lo institucional. La disidencia, en definitiva.

Me ha gustado cuanto he observado de la Feria del Libro de Huelva, este año dedicada hábilmente -sin restar mérito, sería hipócrita no señalar cuánto hay de puramente comercial en el auge estratégico- al libro ilustrado; lo que por otro lado ofrece al bibliófilo ediciones para salivar sin descanso. Me ha gustado, porque como todo en esta ciudad que todavía es nueva para mí -y que vendo bien al exterior, no sin cautela: «Huelva es hoy uno de los secretos mejor guardados de Andalucía»-, desprende un agradable olor a futuro. Su emplazamiento en la Plaza de las Monjas sería la envidia de otras ferias del género en muchas ciudades. Las actividades proyectadas, una cantidad considerable de ellas, apuntan a esa disidencia cultural de la que antes hablaba. En cuanto a las instalaciones, si son modestas también son las mínimas e imprescindibles para -imposibles sin la manifiesta implicación de los organizadores y sus apoyos-, que cuanto fuera deseo en su momento, sea hoy una realidad. Una con olor a futuro.

Un palote, eso sí. Una feria del libro no necesita un stand de El Corte Inglés. Flaco favor a librerías como Dorian -negocio incansable en agitación cultural-, por decir. Peor lo ponemos si a ese paripé del stand el centro de centros comerciales aplica mismo porcentaje de descuento habitual en estas ferias, que ya no es flaco favor sino cabronada directa en una época del año en la que los libreros de verdad pueden ejercer el oficio algo más desencadenados que en el día a día.

He de decir que como escritorzuelo de tercera me he escaqueado en la medida de lo posible de estas ferias. Este año, mucho me temo, y de forma impredecible -tal vez por ello-, me toca fichar, y en un par de ocasiones. Pero no en Huelva, que estaría bonito.

Como los libreros que lo son de verdad, aquellos que habitamos los márgenes editoriales tenemos un espacio escaso o inexistente en estos eventos de eventos. Algo que en esta ciudad de acogida, según mis bicheos fugaces por la Plaza de las Monjas, no parece ocurrir: el rango de la feria todavía permite que las editoriales más humildes (locales en su mayoría) y sus autores tengan la posibilidad de buscar el minutillo de gloria que servirá para seguir. Que no es poca cosa.

Todavía me recuerdo, una estampa simpaticona, en cierta ocasión hace unos años -motivado todo por la publicación de mi primera novela-, sentado en uno de esos stands con la esperanza de firmar algún que otro ejemplar. Entraron entonces Luis García Montero y Felipe Benítez Reyes, a los que el librero de turno reconoció de inmediato y se apresuró a abordar lisonjero. Los autores mayúsculos del relato buscaban, para mi perplejidad y estupor, el lugar en el que habían sido colocados los títulos a su nombre, guiados no sin cierta angustia por el librero. Creo recordar que me sorprendí ruborizado. No tanto por no haber firmado siquiera una servilleta, tampoco porque los mayúsculos no se dignaran a mirar hacia la esquina desde la que servidor y los ejemplares de mi primera novela -éramos un bulto considerable- los observaba, sino por lo ridículo de una actitud que ni en lo más marginal del escalafón literario se me ocurriría demostrar.

Mi escepticismo o, dicho de otra manera, desconfianza o rechazo a participar de estas ferias de otro modo que no sea como lector incurable, no me impiden sin embargo que invite en estos días a un paseo por la Plaza de las Monjas. El romanticismo no ha muerto del todo. Ni lo espero, al menos en el mejor entendimiento del término, y un libro es un libro: un objeto que es a su vez mucho más que continente: la mayoría de las veces, esconden todo un universo. Tanto es así que merecen una feria. Y la de Huelva, con ese olor a futuro y el aliño de su ubicación y su modestia, me pareció una de las grandes, siendo tan chica. Eso sí, no corran mucho la voz. Tienen hasta el cinco de mayo (aquí un emoji guiñando un ojo).


Eduardo Flores (Cádiz, 1981) cuenta que su afición por la literatura no tiene otra explicación fuera del azar. También cuenta que quizá se hizo lector entre los doce y los trece años, tal vez antes. Ocurrió al terminar de leer Moby Dick que pensó en la posibilidad de ser escritor. Todavía lo intenta. De momento tres novelas publicadas llevan su firma: Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial Dalya, 2016) y Lejos y nunca (Editorial Dalya, 2018). Además escribe de forma esporádica artículos de opinión y reseñas literarias en diversos medios digitales, entre ellos La Mar de  Onuba.

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