El porqué de la Luna

Esta madrugada, la Luna tenía cosas que hacer en mi barrio cuando yo amanecía temprano.

Era la aurora todavía una chiquilla adormecida en el silencio moderno de la ciudad continental, y yo caminaba hacia mi sustento artificial desde mi sustento emocional, que seguía durmiendo en nuestra cama; me detuve un instante sorprendido por la presencia de ese ser gigante, atraído por aquella blanca destreza tan cercana desde su inmensidad sideral, la miré y quise decirle algo pero no pude, no supe, sí quise, sí recité para mi corazón de plata algún verso que no recuerdo ni quiero ni sé ni puedo; llegué hasta ese hueco subterráneo donde duermen los trenes urbanos y, ya despierto uno de ellos, me acercó hasta la estación del padre de la Luna para seguir yo mi ruta hasta un lugar llamado Tres Cantos; y en el transcurso de este viaje diario entre mi vida y la vida di en meditar sobre el poco caso que le hacemos a la Luna y en lo mucho que ella nos contempla desde allí arriba, desde el reino de las estrellas, el teatro que hipnotizó a los seres humanos cuando no sabían serlo, el drama poético que nos ve envejecer, nacer, amar, desaparecer, la aventura estelar que mira cómo seguimos sin saber el porqué de la Luna.

En realidad, esto es un cuento y se titula ‘Desaparecer’, pero en el 50 aniversario de nuestra llegada a la Luna, no he podido evitar escribir no sobre mis recuerdos de aquel día de 1969 en que yo era apenas un niño de seis años, sino sobre la Luna de hace unos días, unas semanas, unos pocos meses, la Luna de cuando quise yo escribir sobre la Luna.

[Dedicado a Michael Collins: él sabría por qué.]

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