El petróleo pierde valor en los mercados y anticipa un escenario de deflación

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por Francisco Villanueva

 

 

Hace muy pocos días amanecíamos con una noticia económica que aunque no haya impactado en la sociedad de una manera notable, nos anticipa lo que puede pasar tras la guerra al coronavirus. Nada va a ser igual, y empezamos a darnos cuenta las personas que seguimos los mercados financieros, pero no dejamos de lado las commodities (materias primas) tan explotadas y que tanta polémica tienen en el mundo nuevo del ecologismo; nada va a funcionar igual cuando el “oro negro” ha perdido su valor y se ha reducido a precios testimoniales. Preocupa mucho el valor del oro, el metal precioso, que en una crisis normal estaría por las nubes y ahora no rebota ni se acerca a máximos ni de lejos.

Es todo raro y lo va a seguir siendo, conforme avanzan los días, el precio del petróleo se iba desplomando y desplomando… Primero eran veinte dólares, luego quince, luego diez, luego… cero, y finalmente, precios negativos….imaginen cómo están en la ciudad de Dubái los economistas y CEO’s de las empresas petroleras.

En algún momento, llegó a pagarse por el futuro a mayo WTI cantidades asombrosas de -30 dólares e incluso inferiores: es decir, quienes se habían comprometido a comprar barriles en mayo, pagaban y mucho por deshacerse de ese «derecho». No vale, lo rechazan el barril es un estorbo. Porque eso y no otra cosa es lo que se puso en evidencia: que, a corto plazo, tener petróleo no es un valor sino un problema. Los productores tienen exceso de capacidad instalada en relación a la escasísima demanda existente, no pueden parar de producir del todo porque sus instalaciones extractoras soportarían unos costes enormes de cierre y reapertura, pero su capacidad de almacenaje está al límite.

Uno no puede despachar miles de barriles de petróleo como quien tira por el desagüe unas cuantas garrafas de agua: el petróleo es contaminante, y su almacenamiento genera costes. Por eso los contratos a futuro para mayo han llegado a «valer» en negativo. Nadie quiere petróleo a corto plazo. El parón mundial es tan grande que no vale para nada el fósil líquido.

Todo ello es indicativo de un colapso deflacionario o una superabundancia de bienes y servicios y la consecuente caída de precios, que sobrepasa cualquier cosa que la mayoría de las personas haya atestiguado. El petróleo no es la única materia prima cuyo precio está en picado. Los futuros de maíz han caído 19 por ciento desde principios de febrero. El precio de los bonos gubernamentales a prueba de inflación sugiere que la inflación será solo de 0,56 por ciento en los próximos cinco años y el Índice de Precios al Consumidor de Estados Unidos cayó en 0,4 por ciento en marzo.

Los precios negativos del petróleo, salvo que la cosa se agrave, no pasará de ser una anécdota, pero pone de manifiesto una realidad mucho más peliaguda: toda la economía mundial se ha estado basando en unos parámetros que esta crisis se lleva por los aires a toda velocidad. Cuando salgamos de ella sectores enteros estarán al borde de la desaparición, con precios desplomados, mientras que otros cobrarán peso viniendo casi de la nada. Que el petróleo ha bajado, en precios al contado, de 60 dólares el barril a 20 en apenas dos meses, quedando sus precios casi por debajo de los costes de producción en muchos países productores. ¿Qué será de la economía de esos países ahora? Que el peligro de la deflación ya está aquí, y plantea cuestiones serias como por ejemplo si es una buena idea suscribir deuda perpetua, como se sugiere en Europa, que, en un contexto de bajadas de precios, podría hacer a los países deudores (o al conjunto de la Unión Europea) cada vez más pobres, al tener que soportar el pago de unos intereses progresivamente más onerosos en un contexto de bajadas de precios.

La buena noticia es que la capacidad de producción de petróleo no desaparecerá de la noche a la mañana. El petróleo seguirá existiendo una vez que la economía empiece a recuperarse: los desempleados estarán ansiosos de volver a trabajar, los estadios y los restaurantes pueden volver a abrir sus puertas. Pero cuanto más tiempo dure paralizada la economía, hay riesgos más profundos de que el daño sea permanente.

Incluso suponiendo que los precios negativos para el contrato de futuros de mayo puedan verse como una extraña aberración, hay una lección más profunda en el mercado petrolero. El fuerte aumento en la producción energética estadounidense en la última década ha superado la necesidad mundial de energía y así será en especial si muchos de los cambios resultantes de la pandemia, como la disminución de viajes aéreos, persisten durante meses o años, lo que parece seguro.

En el ámbito local, la situación de las estaciones de servicio en España, abiertas durante muchas horas cuando la demanda es mínima, se hace insostenible, y deberá regularse su apertura limitada por zonas o una restricción severa de horarios. Y que el foco poco a poco va desplazándose de la enfermedad a las noticias económicas. Y eso, que es una gran noticia porque significa que vamos superando lo peor, abre sin embargo inquietantes cuestiones sobre cómo gestionaremos el futuro. No duden que el tema nacional pasará como Catalunya, Venezuela, mayor número de muertos del mundo….a los datos económicos, ni lo duden.

La economía es un asunto de oferta y demanda, producción y consumo. La pregunta para la economía pospandémica es si ese equilibrio, una vez perdido, puede restablecerse rápidamente. Hacerlo será mucho más complicado que encontrar más lugares donde almacenar el crudo West Texas Intermediate. Ya se lo digo yo.


Francisco Villanueva Navas, analista de La Mar de Mar de Onuba, es economista y periodista financiero
@FranciscoVill87

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