‘El malhechor’ de Anton Chéjov vuelve con prólogo de Soledad Puertolas

por Francisco Vélez Nieto


El mágico y humano Chéjov cuenta la historia, sin vidas y milagros, de un humilde campesino acusado de robo.

Cuando a la saturación de la corrupción se le suman los muchos máster es que campean a precio de ganga para los buenos amigos y compañeros de viajes amenazadores de  la asfixia, suelo escapar de tanta miseria patriotera, de la vulgaridad genética, por el sedero que me lleva a la lectura de los buenos e insuperables maestros  de la literatura universal. Así que esta mañana, imposible de soportar el escaparate mediático de cronistas fieles del pesebre, he optado por la lectura de El malhechor, un cuento del mágico y humano Chéjov, en el que se cuenta la historia, sin vidas y milagros, de un humilde campesino al que se le acusa de robo.

Tomo la lectura del cuento de  la rica edición de Austral-Suma. Contiene unos setenta relatos cortos y diez novelas cortas. El prólogo se debe a la transparente y clara escritura de Soledad Puertolas del que copio esta descripción del maestro ruso: “La pluma de Chéjov, salvo en raras ocasiones no es justiciera, no premia ni castiga, aunque si desvela la injusticia y las categorías morales de una sociedad jerárquica, cruel, malévola y apática, falta de todo principio moral” ¿Luego cuál es la diferencia enarbolada por  la piratería del piropeo embrollador de fieles cuadrillas?

Denis dice que no tiene tiempo de ir a la cárcel, tiene que ir a la feria, para  cobrarle a Egor  tres rublos por el tocino
Y aquí tenemos nuestro personaje ante el juez de instrucción de una población rusa. Aspecto desolador, de pobrísimo campesino, cuerpo desaliñado el de Denis Grigoriev, que no se podría presentar con peor vestidura ante una autoridad judicial.

Se le acusa que cuando el guardagujas revisaba por la mañana la vía del tren, lo sorprendió desatornillando una tuerca de los tornillos que sujetan las traviesas  a los raíles de la vía, lo que denunció en los juzgados. Es la cuestión que el magistrado  necesita clarificar, confirmar si el hecho es cierto. Y Denis el pobre campesino viejo y mal cuidado le responde que  sí. Y vuelve a preguntarle  el juez la razón de algo que está prohibido, que es delito. Denis se defiende con ingenuidad de principios: “los campesinos del pueblo cogemos las tuercas para colgarlas como peso en las redes de pescar. Porque también los señores del pueblo necesitan las tuercas para sus redes y disfrutar pescando en nuestro río, y por eso nos las compran a nosotros. No somos ladrones, buscamos el pan de cada día echando las redes a nuestro río para pescar brecas. En nuestro río no hay barbos ni para ellos se tienen que usar pesas, el barbo se pesca a la mariposa encima del agua”.

El campesino Denis, tan inocente como pobre cree que haber logrado convencer al juez de que él no es un ladrón, un malhechor, que las tuercas de los tornillos que sujetan los raíles a las traviesas las va cogiendo salteadas, una aquí y otra allá. Son las mismas que ponen en sus redes los señores como él, que se las compran.  Y después de un silencio, consciente de que su verdad ha sido comprendida pregunta si se puede marchar.

Un pobre o millones de pobres pueden ser condenados a ir a la cárcel. A los ricos, por mucho que tomen de lo ajeno, difícilmente los sientan delante de un juez para recibir una condena.
Pero el juez, tajantemente le dice que lo tiene que enviar a la cárcel. Denis dice que no tiene tiempo de ir a la cárcel, tiene que ir a la feria, para  cobrarle a Egor  tres rublos por el tocino.

Pero los pobres nunca podrán convencer a los ricos que las tremendas diferencias entre los de arriba y los de abajo, cada día son más grandes, que por unas tuercas más o menos con las que un humillado y ofendido, un pobre o  millones de pobres, pueden ser condenados a ir a la cárcel. Cuando a los ricos, por mucho que tomen de lo ajeno difícilmente los sientan en un banquillo delante de un juez para recibir una condena. Nuestra sociedad se compone de dos bancos en donde separados por muros se sientan  unos y otros. Los pobres en el banco de piedra. Los poderosos en su banco de mármol y oro.


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