El futuro será de los imbéciles

por Marcial Vázquez


Las redes sociales fomentan y encumbran a los mayores demagogos del momento, perfiles de mediocres semianalfabetos sin ningún sentido del ridículo ni de la vergüenza.

El estudio de la historia de la humanidad suele evocar un gran péndulo que va basculando de un extremo al otro en la lucha continua e inevitable entre las dos fuerzas primarias que mueven nuestro destino: el progreso y el inmovilismo. A partir de este esquema bastante simplificado pueden discutirse otros subesquemas motores como la cultura frente a los prejuicios; la libertad frente a la servidumbre; y la autocrítica frente a la imposición doctrinaria. Habitualmente, desde hace algunas generaciones, estábamos acostumbrados a comprobar como cada época era más avanzada, más libre y más culta que la anterior, hasta el punto de que el tradicional problema de una sociedad en su mayoría analfabeta y carente de información se ha convertido en el problema opuesto: la educación ha alcanzado casi a la mayoría de la sociedad y la “información” nos ahoga en sus múltiples corrientes. Es más, da la sensación de que se ha llegado al umbral civilizador de la sociedad y que ahora empieza una nueva era, la era de la estupidez absoluta y pretenciosa, que explicaría el péndulo de la historia que ha vuelto a situarse en el otro extremo.

Estoy profundamente convencido de que la explosión y la difusión de las redes sociales han contribuido a hacer mucho más débil la democracia y a intoxicar los equilibrios necesarios en las sociedades para su correcto funcionamiento, entendiéndose como correcto el habilitar un espacio de convivencia donde lo común existiera como un objetivo colectivo mínimo necesario.

Para empezar, eso de “lo común”, del “bien general”, ha dejado de existir, porque la principal misión de la izquierda populista de este siglo es fomentar el negocio de las minorías, dividiendo a la sociedad por parcelas y explotando el victimismo de los “menos favorecidos” o colectivos “especialmente vulnerables”. Al no construirse esa esencia social común, aparece a su vez la cultura o la política del malestar, sin la cual los movimientos populistas no tendrían sentido de ser. Junto a esta perversión del espacio colectivo, las redes sociales fomentan y encumbran a los mayores demagogos del momento que, casi siempre, suelen responder a perfiles de mediocres semianalfabetos sin ningún sentido del ridículo ni de la vergüenza. Podríamos preguntarnos por qué entonces consiguen triunfar de este modo, y la respuesta es inevitable: porque son los referentes y el espejo en el que se miran la gran mayoría de los jóvenes.

Veamos, por ejemplo, tres noticias que ilustran la decadencia de nuestra sociedad. Empecemos por la siguiente: 259 muertos en los últimos años intentando hacerse un selfie, donde España es el segundo país en relación fallecidos/población.

¿Qué puede llevar a cientos de personas a jugarse su propia vida a cambio de conseguir una foto en determinados lugares o situaciones extremadamente peligrosas? En una época donde casi nadie daría su vida por su país, por algún ideal noble o incluso por otra persona, estamos dispuestos a jugárnosla por una puñetera foto impactante que consiga miles de “likes” o la portada fugaz en algún periódico digital. Por desgracia, estamos inmersos en una burbuja de la imagen y la hipocresía del postureo donde lo importante no es ser felices o vivir momentos imborrables en nuestra memoria, sino aparentar que uno es feliz y compartir en tiempo real con los demás cualquier paso que damos. Si vamos a un concierto, no disfrutamos del cantante ni las canciones, porque lo único que queremos es grabar videos y echar fotos para subirlas a tuiter y Facebook; también, cuando hacemos la comida o la cena de cada día es inevitable la foto de lo que vamos a comer, por si hay alguna duda de lo veganos o modernistas que somos; cuando viajamos, es necesario abrumar con fotos hasta de un perro lugareño cagando en la calle, para que los demás sepan que somos internacionales y viajeros. Ya no existe la intimidad personal que lleva a la verdadera felicidad en la degustación de las cosas.

Ahora todo es una obligación de conseguir mostrar una vida lo más perfecta posible para sublimación de nuestras redes sociales.

Pasemos, ahora, al segundo ejemplo: Las categorías infantiles del fútbol gallego optan por eliminar los goles de sus resultados. Algo, en sintonía, con otra ocurrencia de ciertos “expertos en educación” donde pedían prescindir de las correcciones en rojo a los alumnos para no dañar su autoestima. Obviamente, la sensación que uno tiene a leer estas idioteces que provienen del buenismo más absurdo es que se está educando a las nuevas generaciones en una cultura donde lo malo del mundo, lo feo del ser humano y la necesidad de aprender en esta vida a base de probar el sabor de la realidad, es algo que podemos eliminar con solo cerrar los ojos, no pensar en ello o imponer peligrosas leyes idealistas. Si alguien cree que estas ocurrencias van a ayudar a formar mejores personas con mayor fortaleza mental y emocional, no tiene más que ver las patologías emocionales y sociales que muestran niños de muy temprana edad, con consecuencias a veces dramáticas que los dejarán marcados para toda su venidera existencia, creando polémicas absurdas que hace 10, 20 o 30 años ni siquiera nos planteábamos los que teníamos esas edades infantiles.

Y, para finalizar, el fruto de esta educación: la polémica con la letra de una canción de Mecano que decía algo así como “mariconez”, y que una adolescente que juega a ser cantante quiso cambiar porque “yo no voy a decir mariconez porque es un insulto muy homófobo”.

Lo mejor que se podría hacer con estos programas de adolescentes es cerrarlos por el bien de ellos y de sus aspiraciones vitales. Pero ya que siguen adelante, es un buen termómetro para medir el grado de perdición que tenemos amenazando a nuestras mentes y colonizando a muchas otras. Si nos atenemos a las reflexiones, formas de pensar y de expresarse que oímos y sufrimos en Operación Triunfo, es necesario asumir que el futuro será de los imbéciles porque el presente está provocando un contagio de la estupidez sin vacuna a la vista.


Politólogo


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