EEUU adopta medidas propias de Venezuela en su guerra contra el coronavirus

por Paco Villanueva

 

 

Cerca de medio millón de estadounidenses infectados con casi 20.000 muertos agolpados en morgues han servido para que el país otrora más poderoso del mundo entre en modo pánico y deje los principios esenciales económicos del Partido Republicano a un lado. El dato crucial de la crisis del coronavirus en EE.UU. es el siguiente: 46.6% del total de los infectados son del Estado de Nueva York, y más de 60% de los nuevos casos se originan en 6 condados del área metropolitana neoyorquina. Si se le suma a Nueva York, California, Illinois (esencialmente Chicago), y el Estado de Washington, entre los 4 tienen más de 90% del total de los casos desatados en EE.UU. por la pandemia del coronavirus. El resto del territorio norteamericano, incluyendo dos de los cuatro principales estados (Texas y Florida), solo hay 10% del total.

Esto abre la posibilidad de que en los próximos dos meses, comience el proceso de normalización de la economía norteamericana, la segunda del mundo, 22 billones/25% del PIB global, y se realice a través de estados y condados específicos, en primer lugar en Texas (el segundo estado norteamericano después de California), y luego se recuperen los estados industrializados del Medio Oeste; Pennsylvania, Ohio, Michigan, y Wisconsin, que fueron los protagonistas de la segunda revolución industrial de EE.UU. y del mundo, fundada en la industria automotriz y la energía eléctrica.
A esto hay que sumarle el pleno impacto del paquete fiscal de 2.2 billones de dólares votado por el Congreso en forma unánime el 27 de marzo. El sistema político norteamericano, con su ecuación esencial de “contrapesos “y “equilibrios” (checks and balances), fue creado para salvaguardar las libertades individuales y evitar toda concentración de poder, no para gobernar una superpotencia mundial en el siglo XXI. Por eso tiende a la parálisis, salvo en situaciones de crisis existencial, como la actual.
En ese momento, la opinión pública es soberana. De ahí que en una semana y por unanimidad, el paquete fiscal más grande de la historia fue aprobado por el Congreso y sancionado por Donald Trump, un paquete intervencionista y populista; toda la producción de las grandes empresas debe destinarse a la guerra contra el virus y toda actividad deberá ir orientada a ganar la guerra.
La votación en el Senado fue 96 a 0, y en la Cámara de Representantes no se produjo ningún voto en contra. La única vez en la historia de EE.UU. en que ocurrió algo semejante fue en la sesión del Congreso norteamericano que se realizó el 8 de diciembre de 1941 para votar la declaración de guerra contra el Imperio de Japón, tras “el día de infamia”, en las palabras del presidente Roosevelt, que fue el hundimiento de la flota del Pacífico estadounidense por la aviación naval japonesa en Pearl Harbor, que ocasionó más de 3.000 muertos entre las fuerzas norteamericanas.
Ese programa se caracteriza por los siguientes rasgos: asciende a 2.2 billones de dólares, y de ellos 300.000 millones se dirigen de inmediato a los ingresos de los individuos con ingresos inferiores a 75.000 anuales (1.200 cada uno y 2.400 por pareja), para sustentar el consumo y fortalecer la demanda, al más puro estilo keynesiano y socialista. El Departamento del Tesoro tendrá que imprimir aproximadamente 1 billón de dólares para esta medida. Philippe Waechter, experto económico de Natixis IM, afirma que «el riesgo reside en la pérdida de confianza en el dinero frente a la política económica excesiva y la emisión considerable de deuda mientras la economía continúa deteriorándose por falta de inversión». Por ello, considera que «lo más probable es una hiperinflación» debido a que «la política económica no permite ajustes macroeconómicos y la financiación monetaria continúa a un ritmo insostenible». Está claro que EEUU no es Venezuela, pero también que imprimir dinero no soluciona las cosas mágicamente. El peligro de la financiación monetaria no radica en la técnica en sí, sino en su naturaleza adictiva. Una vez que se ha encendido la imprenta del dinero, existe el peligro de que la disciplina presupuestaria desaparezca de una vez por todas. Está diseñado para ayudar a los ciudadanos y a la economía a recuperarse de la pandemia, pero al mismo tiempo entraña un grave riesgo: la inflación galopante. Pero los EEUU entregarán directamente a cada estadounidense de ingresos bajos y medios un cheque de 1.200 dólares por adulto y de 500 dólares por cada niño a partir del 6 de abril. Para los desempleados, se realizará una extensión del seguro de desempleo a cuatro meses, que será reforzado en 600 dólares por semana.
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A las empresas se destinan 500.000 millones de dólares, en tanto que las pequeñas y medianas compañías recibirán en las próximas 2 semanas 367.000 millones, que no deberán devolver en la medida en que los orienten a pagar salarios y a defender el empleo.
Este tipo de PYMES, de menos de 500 operarios, cubren más de 60% del empleo estadounidense, y están desplegadas en la totalidad del territorio norteamericano.
EE.UU. hace sólo 5 semanas tenía una tasa de desocupación de 3.5%, la menor en 60 años; y en los últimos 15 días el desempleo ha aumentado en más de 3.5 millones por semana. El impacto económico del paquete fiscal hay que considerarlo equivalente a 4 billones, en la medida en que defiende el empleo, asegura el pago de los salarios y salvaguarda la supervivencia de las grandes compañías de turismo y de transporte hoy al borde de la quiebra.
Hay que agregar a esto la fenomenal inyección de liquidez dispuesta por la Reserva Federal en las últimas 3 semanas por una cifra que puede estimarse en 4 billones de dólares. El total del impulso monetario y fiscal lanzado para enfrentar los efectos económicos del coronavirus equivale, en términos de impacto efectivo, a 8 billones, más de 40% del PIB estadounidense. Esto es un nuevo punto de partida para la superpotencia del siglo XXI y el capitalismo global, con el comunismo chino pisándole los talones. Es algo de una naturaleza distinta, un auténtico salto cualitativo, en la historia norteamericana y del sistema mundial. Todo al mayor estilo comunista de una forma de actuar solo vista en la guerra mundial.
La paradoja del coronavirus es que para combatirlo hay que provocar prácticamente en forma deliberada una depresión económica de una magnitud y extensión solo comparable a la década de los años 30. Es el mayor “daño colateral” de la historia.
Si la recesión es inevitable, lo decisivo es salvaguardar el empleo y las empresas, sumergidas en el pleno proceso de transformación de la Cuarta Revolución Industrial, a fin de lanzarlas con su vigor intacto a la fase de recuperación que se desplegaría en el segundo semestre del año.
La regla establecida por Roosevelt en la década de los 30 fue la siguiente: “en una situación de crisis, lo único que hay que temer es al miedo mismo”. El líder que condujo a EE.UU. a la victoria en la Segunda Guerra Mundial señaló inequívocamente que en las crisis de carácter existencial no hay ningún premio para los tímidos o reticentes. La auténtica prudencia en estas situaciones es un radicalismo innovador.
Este es un año absolutamente crucial en la historia de EE.UU y del mundo. La caída del comunismo hace 30 años y la posterior expansión de la China comunista por todo el planeta, y la situación de guerra al virus en el mundo y el brutal ataque de este en los EEUU hacen peligrar las bases del sistema capitalista. Tal cual, reparto de dinero, expansión de rentas mínimas, políticas keynesianas, intervencionismo, desaparición de todo tipo de consumo superfluo….no se es muy impactante y quizá el revulsivo para una sociedad mejor y un planeta más sostenible.

Francisco Villanueva Navas, analista financiero de La Mar de Onuba,  es  periodista  y economista.

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