‘Diabéticos del alma’, por Eduardo Flores

por Eduardo Flores

 

Somos legión. Una muy silenciosa. Silenciada más bien, tal y como hace la muerte con los cuerpos. Nos cruzamos unos con otros por la calle. Nos reconocemos, por la mirada o por un casi imperceptible momento de duda al entrar en un establecimiento. Nunca nos vemos en las farmacias. Porque, cuando nos toca visita, le rebuscamos al día un ángulo muerto. El vacío. Somos la carne intacta que abriga la rotura más profunda. Que nadie sepa de esa vulnerabilidad. Que estás enfermo.

Hay días en los que uno preferiría estar completamente loco. No importaría entonces el peso. Quiero creer que vivir en la totalidad del enajenamiento eludiría la carga que es saberse. Cuando no es así y la química del cerebro, en su mezcla más siniestra, todavía nos mantiene aparentemente vivos, el dolor puede llegar tan de súbito e inesperado que una calle con gente se convierte en el imperio del horror. Y eso si es que nos abandona en algún momento. Hablo de personas que no pueden vivir. Sí respirar, caminar o inventarse, llegado el compromiso, una sonrisa. Pero no vivir.

Las personas de las que hablo están siempre más solas que la puta luna. Porque así obliga el bicho que devora sus sesos. Es una soledad muy de pellejo para adentro. Al bicho le importa bien poco la compañía. Muerde el cable que te habla del placer de lo cálido. Te impele a un alivio sucedáneo y efímero. Uno que no lo pueda borrar de su hábitat entre axones y dendritas. Es por ello que prefiere la noche, el resto desocupado de la cama, el ruido blanco de una habitación a oscuras: mundo en el que ni dormido ni despierto se pasean pesadillas sin personajes ni argumentos, sólo terror. Y eso justo después de que, tras sobrevivir a un día más y refugiado por fin, hayas enjuagado tristezas, anhelos y realidad en alcohol. Nadie se opera a corazón abierto, a diario, sin anestesia.

En el día a día los ojos de los demás no ven. Así como te mueves ante ellos, como controlas la respiración. No saben que siempre estás buscando un semáforo. Uno en el que la luz ámbar puede encenderse de repente, con todas sus alarmas. No puede llegar a rojo, te repites. Porque el rojo comprende desde el hundimiento hasta una euforia descontrolada que te va a pulverizar la existencia. En mitad de la más absoluta anhedonia. Nadie va a comprender por qué te es tan difícil asistir a una quedada con compañeros de trabajo o amigos o familia, convivir con alguien, pasar más tiempo de la cuenta fuera del refugio, hacer planes en general. Poner una lavadora puede llegar a ser deporte de riesgo, y eso cuando al fin rascas del lomo del sofá una rodaja de algo parecido a la voluntad.

Estamos hablando de gente enferma. Diabéticos del alma a los que por alguna razón la sanidad pública esquiva y con los que la industria farmacéutica hace negocio. Criaturas a las que su enfermedad no va a matar, aunque esté en su naturaleza inocular un deseo permanente de muerte. Por lo insufrible. Una enfermedad que te impide acudir a un médico. Y que cuando por fin doblega su resistencia, acabas frente a una bata blanca sin rostro que redacta una marca de soma en una receta. Hasta dentro de seis meses y adiós muy buenas.

Buscarás entonces ayuda por la vía privada. Allí será la suerte, previo pago, quien ponga rostro a la bata blanca y quizá, un ligero destello esperanzador que se parezca a un principio de cura. Una solución definitiva tras la que vivir duela lo justo, y no tanto como para hacerlo muerto. No sólo respirar, caminar e inventarnos sonrisas que no lo son.

Lo que viene siendo vivir, Carmelo. Sólo eso.


Eduardo Flores, colaborador habitual de La Mar de Onuba, nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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