Demoscracias

Imagen: Nicolás Soto (Flickr)
por Eduardo Flores

 

Para ser rey, para serlo como institución en una democracia, se ha de ser extremadamente ejemplar. Perfecto en lo ético y, no digamos, en el ejercicio de sus funciones como máxima expresión de la jefatura del Estado. Pues bien, resulta que lo perfecto no existe. Que no cabe, de igual modo, inviolabilidad alguna de la figura monarca como clavo ardiendo en una democracia que, no nos quepa la menor duda, podría y debería ser mejor por un millón y una de razones.

Tuvieron a bien traerme al mundo como unos nueve meses después de que el tricornado Tejero entrase en el parlamento a tiros y con la fijación de mantener quietos y sentados a todos los allí presentes; bien acojonados a quienes en sus casas y calles se aparecían fantasmas y monstruos y el monstruo verraco de un pasado que no lo era tanto. Aquellos tres minutos de terror y diecisiete horas de puritita mamarrachez.

El aprendizaje que ha perdurado en el tiempo desde entonces se antoja más bien pobre, reduccionista. Y resulta bien curioso que, habiéndose dado aquello, como digo, justo nueve meses antes de abrir servidor estos ojitos que Dios le ha dado, no tengan mis hijos la menor idea de lo que sucedió y del contexto españolito en el que se representaba semejante disparate. Mis hijos, como los de los improbables lectores de estas líneas, son la España que viene. Ahí es nada.

No es improbable que, no sin cierto presentismo –flagelos a mí-, cualquier lectura que haga de los hechos y su posterior digestión luzca en mis entendederas como forma de gigante interrogación nada conspiranoica. Tampoco, en aquel día, el hoy emérito fue perfecto. Más bien, buen estratega: nunca un rey salió bien parado en la Historia tras un golpe de estado. De ahí la dilación. Y de ahí la oportunidad. También de ahí lo que durante demasiado tiempo dimos en llamar juancarlismo. Porque es muy sencillo de entender, la perfección no existe. Razón por la que un rey no puede serlo si no es en un manicomio y sometido a su debido tratamiento. El Jefe de Estado debería ser otra cosa. Y ya vamos tarde.

Arden las calles, sin embargo. En realidad no sabemos por qué. Las imágenes que nos ofrecen los medios son más ruido que señal. Tampoco hemos querido aprender que cuando metemos fuego a la calle es porque ya ardían nuestros hogares en la más hermética intimidad. Es inaceptable justificar el fuego, como análisis político-social, con la defensa por la libertad de expresión. Algo que ha comprado como propio esta izquierdita nuestra tan dada a lo tuit y la torpeza, siendo en realidad el hilo narrativo –cuando no el sueño húmedo-, de la radicalización de una derecha ya completamente desbocada. ¿No deberíamos saber ya que bajo los adoquines nunca se halló fina y blanca arena de playa? ¿A qué arrojarlos? Los contenedores de hoy son las iglesias que quemábamos los rojos. Ya nos podemos sentar a esperar. Ríen las hienas.

Que nuestra democracia hace aguas se puede observar en tanto que no se respeta una Constitución que, aunque obsoleta, no es mal articulado. Tampoco es una buena democracia aquella que alberga partidos diferenciados por lo constitucionalista y lo no constitucionalista. Es una democracia malherida por lo ultra. Pero sobre todo lo es porque en lo que debía ser una evolución social en igualdades de toda índole, vean y miren, resulta insultante mentira edulcorada en algunos puntos con precisión de neurocirujano.

La realidad que vemos es la realidad, nos dice el posmodernismo. Y un carajo como la manga de un abrigo, digo yo. La realidad es, por decir, que el camarero que me sirve el café tiene un contrato por veinte horas y trabaja mil mientras en su casa esperan bocas abiertas y los malabares que nada tienen que ver con la ingeniería fiscal con que se maneja la cadena de restaurantes que contrata a este camarero. Al amparo de. Y el conformismo de. Y con las cuentas suizas del emérito, qué. Un camarero para representarnos a todos y a todas; un todas, por cierto, nada gratuito.

Creo recordar que fue Churchill quien dijo aquello de que la democracia era el menos malo de los sistemas de gobierno posibles. Podemos comprarlo. Porque la perfección no existe. Lo malo de lo peor viene cuando la democracia pasa por lo negligente y la corrupción en el pan nuestro de cada día. ¿Será quizá por eso que vuelan los adoquines en nuestras calles ardientes, ya sea de forma inconsciente y por lo tanto, en puridad, instintiva? Eran, como son, las pesadillas de Francisco de Goya y Lucientes.

Cuando observo el terror que son los vídeos de los combates urbanos entre manifestantes y policía me cuesta no imaginar que, unos y otros, son perros echados al coso contra otros perros. Muy al contrario que el camarero de las veinte horas por contrato, al tiempo que, en un universo muy muy lejano, un emérito se vale de la ingeniería fiscal para el regreso a una casa que es la España donde su heredero mantiene el trono que es el bussines familiar (lo de “El Preparado” viene por otras cuestiones bien distintas a la imagen que nos vendieron).

Mientras tanto nosotros, pueblo, quemamos las calles. Por no llorar. O, probablemente, por estar hartos de estar hartos de tanto hacerlo; que llevamos un añito en el que la lágrima es la máxima expresión frente a una coyuntura demoledora.


Eduardo Flores, colaborador habitual de La Mar de Onuba, nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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