De la identidad y las identidades

por José Luis Pedreira Massa

 

Martes, 13 de abril de 2021. Durante las últimas semanas está aconteciendo un debate ácido con tintes de amargura entre algún grupo de feministas y colectivos LGTBI, el tema gira en torno a algunas aseveraciones que se realizan, presuntamente, en la futura ley trans.

El diccionario de la RAE define identidad con las siguientes voces:

    1. Conjunto de rasgos propios de un individuo o de una colectividad que los caracterizan frente a los demás.
    2. Conciencia que una persona o colectividad tiene de ella misma y distinta de las demás
    3. Hecho de ser alguien o algo el mismo que se supone o se busca.

En el campo del funcionamiento mental, la identidad personal está constituida por el conjunto de características propias de una persona que le permite reconocerse como un individuo diferente a los demás.

La identidad personal también se refiere al concepto que cada individuo tiene de sí mismo; se construye en función de lo que cada persona percibe, sabe y tiene conciencia de que es, y le distingue del resto.

El desarrollo de la identidad personal se inicia en la infancia, desde el momento en que el individuo es consciente de su propia existencia; continúa durante la adolescencia y se consolida en la adultez, cuando el individuo es consciente de su lugar dentro de la sociedad.

Se sabe que la identidad personal conforma el carácter, modula el temperamento, las actitudes y los intereses de la persona; moldea su conducta externa y va definiendo ciertos aspectos de su vida consecuentes con su participación en la vida social y a su afinidad con determinados grupos sociales. Por lo tanto, la identidad personal es uno de los factores que configura la personalidad del individuo.

El concepto de identidad personal, desde distintos puntos de vista, tiene una serie de características estables, como son:

    • Constancia. La identidad es un conjunto de rasgos constantes, pueden apreciarse de la misma manera a lo largo del tiempo, si bien es posible que acontezcan algún tipo de cambios a largo plazo.
    • Coherencia. En la identidad personal se puede predecir algunos de sus rasgos, algunas de sus reacciones ante determinadas condiciones o estímulos.
    • Adaptabilidad. Se refiere a los cambios que acontecen a lo largo del tiempo, según la influencia de las experiencias vitales que van suprimiendo ciertas conductas e implantando otras.
    • Carácter socio-cultural. Esto quiere decir que la identidad se da en contraposición a los demás, ya que está definida en base a las semejanzas o diferencias respecto de quienes comparten con nosotros una comunidad y una cultura.

Por lo tanto, la identidad es considerada como un fenómeno subjetivo, de elaboración personal, que se construye simbólicamente en interacción con los otros. La identidad personal también va ligada a un sentido de pertenencia a distintos grupos socio- culturales con los que el sujeto considera que comparte características en común. Es decir, el componente subjetivo depende de los contenidos imaginarios y simbólicos del propio sujeto, lo que interactúa de forma dialéctica con la identidad social que se elabora a partir del reconocimiento de valores, creencias y rasgos característicos del grupo o los grupos de pertenencia.

Tajfel (1981) ha definido a la identidad social como aquella parte del autoconcepto de un individuo que deriva del conocimiento de su pertenencia a un grupo social junto con el significado de valoración y emocional asociados a dicha pertenencia. También se asocia con la de movimiento social, en ella un grupo social promueve el derecho a la diferencia cultural con respecto a los demás grupos y al reconocimiento de tal derecho por las autoridades y los otros grupos externos.

Carolina de la Torre define la identidad personal y colectiva: “Cuando se habla de la identidad de un sujeto individual o colectivo hacemos referencia a procesos que nos permiten asumir que ese sujeto, en determinado momento y contexto, es y tiene conciencia de ser él mismo, y que esa conciencia de sí se expresa (con mayor o menor elaboración) en su capacidad para diferenciarse de otros, identificarse con determinadas categorías, desarrollar sentimientos de pertenencia, mirarse reflexivamente y establecer narrativamente su continuidad a través de transformaciones y cambios. […]…la identidad es la conciencia de mismidad, lo mismo se trate de una persona que de un grupo. En la identidad el énfasis está en la diferencia con los demás; si se trata de una identidad colectiva, aunque es igualmente necesaria la diferencia con “otros” significativos, el énfasis está en la similitud entre los que comparten el mismo espacio sociopsicológico de pertenencia”.  De La Torre hace referencia a la necesidad de las personas por construir una identidad individual y colectiva, sobre todo por la sensación de seguridad y estabilidad que proporcionan. Resulta gratificante el sentido de pertenencia a diversos grupos humanos, “que se ven a sí mismos con cierta continuidad y armonía, dadas por cualidades, representaciones y significados construidos en conjunto y compartidos”.

Pertenecer al “equipo humano” debería ser tenido como punto de partida (o de llegada) de toda construcción identitaria o autoconcepto de identidad. A partir de allí, cada uno puede identificarse con el resto de los grupos sociales y culturas de este mundo y se evitarían muchos prejuicios y discriminaciones.

Marcela Lagarde define a la identidad personal enfatizando el carácter activo del sujeto en su elaboración, que toma lo que considera necesario y deja a un lado lo que no precisa, del siguiente modo: “ la identidad tiene varias dimensiones: la identidad asignada, la identidad aprendida, la identidad internalizada que constituye la autoidentidad. La identidad siempre está en proceso constructivo, no es estática ni coherente, no se corresponde mecánicamente con los estereotipos. Cada persona reacciona de manera creativa al resolver su vida, y al resolverse, elabora los contenidos asignados a partir de su experiencia, sus anhelos y sus deseos sobre sí misma. Por ello, la identidad se define por semejanza o diferencia en cuanto a los referentes simbólicos y ejemplares, cada quien crea su propia versión identitaria.

Los cambios de identidad son una constante a lo largo de la vida, nos recuerda a Heráclito y su teoría del devenir. Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río. Asimismo, menciona las crisis personales como promotoras de esos cambios en la identidad que experimentamos a lo largo de nuestra vida. Tales crisis pueden ser impuestas por el entorno y, por ello, se las denomina crisis externas o puede provocarlas el propio sujeto, con su crecimiento, a veces ligado a las edades críticas o ciclos vitales, estas últimas crisis reciben la denominación de internas.

La Identidad de género y la perspectiva de género pretende que la sociedad sea consciente de que los roles que se asignan al hombre y a la mujer, a raíz de su diferencia sexual, y que son considerados “naturales”, sean asumidos, en realidad, como meras conceptualizaciones socioculturales con raíces profundas en la sociedad contemporánea. Los roles de género son construcciones culturales de los roles sociales que una determinada sociedad le atribuye a los hombres y mujeres de forma diferenciada, en un cierto momento histórico.

En palabras de Marta Lamas: “Si bien las diferencias sexuales son la base sobre la cual se asienta una determinada distribución de papeles sociales, esta asignación no se desprende “naturalmente” de la biología, sino que es un hecho social”. La cultura de un grupo social condiciona los comportamientos subjetivos de las personas que lo integran. La modificación de ciertas pautas de conducta que coinciden con roles socio-culturales adjudicados en forma de mandatos, por el propio grupo de pertenencia, puede generar que la persona o personas responsables de dicho cambio sean estigmatizadas o discriminadas por dicho grupo.

El riesgo de cumplir con las expectativas de los demás es que las mismas se encuentren en franca contradicción con los propios deseos o metas de desarrollo del individuo.

González de Rivera nos señala: “el desarrollo psicológico sigue un esquema general que se completa en etapas críticas sucesivas”. El conjunto tiene que formar siempre un todo armónico e integrado y un fallo en alguna de las etapas inevitablemente repercute en todas las demás. La decisión crítica de quién se es y de qué se quiere hacer con la vida personal es la más difícil de tomar y, según la cultura de pertenencia, esta decisión se posterga, por lo menos, hasta los dieciocho años aunque generalmente se tarda más.

Sin comprender todo lo anterior sería muy difícil abordar la situación actual del tema motivo de este trabajo. La sexualidad es una parte integrante fundamental de la identidad humana. Siendo así es lógico que se busque una posición, un posicionamiento personal y social frente al hecho sexualidad. Primero aconteció con la orientación sexual, pasando de ser considerada como perversión, delito, enfermedad, hasta que finalmente se comprendió que era una forma diferenciada y clara de vivir los afectos, el amor y la sexualidad, pero dentro de la normalidad. Similar está aconteciendo con la identidad sexual que transitó por lo innombrable, el delito, la enfermedad, hasta que hace un año la OMS decide que no es un trastorno y lo sitúa como un acontecimiento vital, sin más. Es evidente que aún queda mucho trayecto por recorrer, sobre todo en el campo de los derechos humanos. Ese es el primer paso, reconocer que los derechos “trans” u “homo” no son derechos sectoriales, sino que son derechos humanos, así de claro.

Tras abordar la identidad, hemos de abordar el hecho sexual. Los determinantes sexuales vienen definidos por lo somático del hecho genético y hormonal, lo social de la asignación de roles, lo educativo en base a los contenidos pedagógicos que trasmiten y, sobre todo, el proceso de desarrollo subjetivo de la persona que primero se identifica y luego construye su sexualidad, no solo en la práctica sexual, sino en la orientación y la identidad sexual del “yo soy”. La complejidad de esta interacción de factores hace que la sexualidad sea un área compleja del ser humano que precisa un abordaje de comprensión multidisciplinar y que sea transversal a lo largo de la vida. Esta educación sexual integral y con contenidos afectivo-sexuales, incluye también la aceptación y respeto a la sexualidad propia y la del otro, lo que integra un valor ético de primera magnitud.

El determinante biológico es necesario, pero no es suficiente para explicar el sentimiento profundo de la identidad individual personal. Sabemos por la biología que existen personas que son genéticamente masculinos, con fórmula genética 46-XY, pero que su fenotipo natural externo es femenino, porque los receptores celulares no reconocen a los andrógenos, es como si tuviera “bloqueadores naturales” y fueran funcionantes, es el denominado Síndrome de Morris. También acontece similar con genotipos femeninos 46-XX y que anatómicamente no han desarrollado en la etapa fetal ni el útero, ni la vagina, es el denominado Síndrome de Mayer, Rokitansky, Küster, Hauser. Por no desarrollar los hermafroditismos o pseudohermafroditismos masculinos o femeninos que dan sentido a la “I” de los colectivos LGBTI, la sigla de la intersexualidad, un campo en el olvido más absoluto, que ha dado lugar a interpretaciones e intervenciones médicas curiosas y disparatadas, en algunos casos.

Lo dicho con anterioridad articula que en la identidad sexual el determinante biológico, por sí mismo, no es suficiente para establecer la identidad masculina o femenina. Aquí situamos que, por mor de lo dicho, definir al hecho sexual con lo binario de masculino y femenino, en ocasiones, puede ser insuficiente, apareciendo entonces el sexo fluido o no binario, una alternativa minoritaria, pero no por ello inexistente. Aquí no voy a hacer referencia a lo fluido o identidad no binaria, me referiré a lo binario, puesto que es donde se ha localizado el conflicto.

La identidad sexual, como valor subjetivo y constitutivo de la identidad individual y personal, configura un sentido de pertenencia e identitario de gran potencia, ambas dimensiones configuran el concepto de identidad personal que incluye, como no podría ser de otra forma, la identidad sexual, con su componente de reconocimiento personal y subjetivo, al que se unirá el rol social. Con estos dos componentes, subjetividad y social, se construye definitivamente la identidad sexual frente al sujeto y frente a los otros sociales.

Si alguien se identifica, se siente y vive con una identidad femenina, de mujer y como tal se presenta, ese sujeto es una mujer en toda su dimensión independientemente de lo que se exprese en el registro o en el DNI. Si desea que su nombre es X, ese es su nombre que le denomina ante la sociedad en el seno del género que ella desea. El sexo será el predeterminado, pero su rol social y su pertenencia grupal pasa a ser aquel con el que se identifica y que incluye en su identidad personal. Pasa a trasmitir el “yo soy” con potencia y determinación, definiendo so género, su identidad personal de cara al hecho sexual.

Podrá existir algún colectivo que señale que los determinantes externos de tipo anatómico no se corresponden con los del género establecido y convencional. Ese es otro componente de la identidad y que, de forma paulatina e individual, cada persona “trans” decide los pasos que hará en ese tránsito personal hacia la identidad sexual sentida.

He estudiado 101 casos de transexualidad en la infancia y la adolescencia, puedo afirmar que las chicas “trans” eran mujeres en su total dimensión y contenido. Incluida la forma y manera de ubicarse en el sentimiento social de pelear por la determinación y el papel de las mujeres en la sociedad, con planteamientos feministas. No hemos de recordar, una vez más, el papel que han tenido las mujeres transexuales en las luchas feministas del siglo XX, incluido España, o en las celebraciones del orgullo.

Hay que aceptar que quien se identifica y se siente como mujer, se viste como mujer, cambia su identidad registral a mujer, cambia su nombre a un nombre de mujer, se identifica con las luchas de las mujeres como parte integrante de ellas, al menos le hemos de reconocer su rol femenino. Si tiene este determinante social y este sentido de pertenencia al colectivo social femenino, ha pasado sinsabores mil y sufrimientos personales y sociales para ser quien es, entonces hemos de admitirle que es una mujer en su fuero interno.

Una persona que ha realizado tantos tránsitos y de forma harto dificultosa es porque posee una fuerte identidad en esa dirección y que su sentimiento va más allá de sus propios determinantes biológicos y socio-educativos iniciales. Se debe ser muy valiente para romper tantas ataduras, tantas cadenas para poder mostrarse tal cual se siente.

He de confesar que soy de los que pienso que no tengo amigas o amigos “trans”, yo tengo amigas y amigos con la consideración y el respeto que se merecen en el seno de la relación interpersonal que tengo con mis amistades en general.

No comprendo el empeño que tienen ciertos sectores del feminismo en no reconocer a las mujeres “trans” como tales mujeres. Vamos a suponer que tienen razones poderosas, pero ¿por qué expresarlo de forma abrupta y con tintes de transfobia? ¿qué necesidad hay para hacerlo así?

El concepto y los componentes de identidad son muy claros, por ello lo he expresado con bastante detenimiento al inicio del presente artículo. Sin estos fundamentos no se puede comprender todo lo demás. Ser claros con ese doble componente: lo subjetivo y la pertenencia a un grupo, así se constituye la identidad, a lo largo del proceso de desarrollo, incluyendo las crisis que acontecen, viéndolas también con un doble contenido de recomponer el presente y de proyectarse hacia el futuro. A partir de ahí se puede iniciar un diálogo.

Queda otro tema: los contenidos concretos de la denominada ley “trans”, quizá eso será para ser contado en otra ocasión, como decía Michael Emde en la Historia interminable.

El Dr. José Luis Pedreira Massa, Don Galimatías en La Mar de Onuba, es Vocal del Consejo Asesor de Sanidad y Servicios Sociales del Ministerio de Sanidad, Consumo y Bienestar Social. Psiquiatra y psicoterapeuta de infancia y adolescencia. Prof. de Psicopatología, Grado de Criminología (UNED).

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