Construyendo un hogar para los niños migrantes

María y Manuel son padres de acogida, una solución temporal para niños en situación de desamparo, bien porque estos han sido separados de sus familias o porque (como Fátima, en la imagen) están solos en un país distinto al suyo. [María Carmona]
por María Carmona

Fátima juega distraída en un rincón de la mesa. Intenta completar el puzle de un elefante azul. Mientras, María y Manuel la observan de reojo. “Parece que no nos escucha”, advierte Manuel, “pero ahora mismo se está enterando de todo”.

La niña tiene tres años, nació en Guinea y llegó Málaga (España) la noche del 23 de junio de 2019 después de cruzar el Mediterráneo junto a un montón de extraños y una mujer que decía ser su tía. En aquel momento, las autoridades no lograron confirmar el parentesco, por eso derivaron a la pequeña al servicio de protección de menores. Así fue como Fátima conoció a María y a Manuel.

“Me acuerdo perfectamente. Llevaba unas trenzas pequeñitas y esa sonrisa que siempre tiene. Le pregunté si quería venirse conmigo y me hizo así”, cuenta emocionada María al tiempo que gesticula alzando los brazos. Fátima no la mira, continúa absorta en sus juegos, aunque seguro se está enterando de todo. A día de hoy habla perfectamente español.

María y Manuel son padres de acogida, una solución temporal para niños en situación de desamparo, bien porque han sido separados de sus familias o porque (como Fátima) están solos en un país distinto al suyo.

Según datos de Unicef, algo más de 8.200 niños entraron a Europa entre enero y junio de 2019 a través de las fronteras de Grecia, Italia, Bulgaria o España. De ellos, el 34% (es decir, casi 2.800 niños), viajaban solos o sin sus progenitores.

Mientras las autoridades localizan a sus padres o familiares más cercanos, estos menores no acompañados quedan bajo la tutela de los Estados, quienes deben garantizar todos sus derechos: alojamiento, manutención, educación, sanidad, cuidados.

La opción de acogerlos en familias voluntarias existe desde hace tiempo, sobre todo para los más pequeños, aunque todavía sigue sin ser algo generalizado. Hoy la mayoría de estos menores (más del 90% en algunos países) ingresa en centros de acogida. “Para el sistema de protección es mucho más cómodo tener centros preparados que buscar familias, darles apoyo y acompañarlas. Sin duda es la opción más fácil, pero no la más beneficiosa para los niños”, explica Jesús Palacios, catedrático de Psicología Evolutiva y especialista en acogimiento familiar.

“Una de las cosas que ocurren cuando un niño entra en una institución es que queda invisibilizado. Aunque efectivamente esté protegido y tenga sus necesidades cubiertas, los niños tienen una necesidad de vinculación. Necesitan que alguien esté preocupado, atento, disponible y cariñoso. Eso en los centros de cuidado colectivos no es posible”, insiste Palacios. Eso solo se consigue en algo mucho más parecido a un hogar.

Acoger sin esperar nada

María y Manuel son una familia de lo más normal. Clase media. Viven en un piso corriente con dos habitaciones y un sueldo de camarero. Les gusta aclararlo porque así es más fácil despejar cualquier prejuicio.

“Todo el mundo piensa que las familias que hacen acogimiento tienen un chalet y un sueldazo, pero nosotros somos mileuristas”, apunta María. Aparte de eso, el matrimonio también tiene un hijo de 7 años y una hija de 14.

Con todo, hace dos años decidieron convertirse en familia de acogida. Optaron por la modalidad de ‘emergencia’, es decir, acogimientos urgentes que duran un máximo de seis meses (además de éste, existe el acogimiento temporal que dura dos años, y el permanente). Desde entonces han pasado por su casa cuatro niños. Fátima es la quinta.

“Para hacer esto hay que tener mucha paciencia y muchas ganas. Al principio da miedo porque no sabes lo que te vas a encontrar, no sabes si vas a ser capaz, pero yo estoy muy contenta”, cuenta María, “ahora Fátima se ha adaptado muy bien a nosotros, ha engordado casi cuatro kilos y no se separa de mí ni un momento. Dice que tiene dos mamás”.

No existe un perfil concreto para ser familia acogedora. Puede ser una pareja con hijos o sin hijos, puede ser una persona soltera, puede ser una persona con trabajo o jubilada. Lo único que se le exige es que sea consciente del compromiso que está a punto de asumir.

“El acogimiento necesita un sentimiento verdaderamente solidario”, cuenta Ángeles Ramos, coordinadora de Hogar Abierto, una asociación dedicada al acogimiento desde 1997.

A la hora de seleccionar a los padres acogedores, en esta asociación estudian la dinámica familiar, el modelo educativo, pero sobre todo su motivación. “No se puede venir con la motivación de adoptar”, insiste Ramos, porque acoger implica el convencimiento de que siempre será algo temporal. Por mucho que Fátima les llame papá y mamá, Manuel y María saben que en cualquier momento (si se considera que es lo mejor para la niña) podría volver con su propia familia. Ya lo han vivido varias veces.

“La despedida es lo peor”, reconoce Manuel, “peor que levantarse por las noches, peor que las rabietas. Cuanto más tiempo, más apego. La acogida tiene cosas malas y buenas, pero siempre gana lo bueno”.

Se buscan familias

“El acogimiento es una medida adecuada y a menudo preferible y rentable” para alojar a los niños migrantes, dice la Guía para menores no acompañados de la Oficina de Asilo Europea. Los centros de menores no siempre tienen el personal ni los recursos suficientes para garantizar la atención individual que estos niños necesitan. Por eso algunos se fugan, acaban viviendo en la calle, directamente desaparecen.

Desde 2017 la Unión Europea trata de potenciar la crianza en familia a través del proyecto FOR_UM. Un punto de encuentro donde asociaciones y expertos de nueve países (Austria, Bélgica, Italia, Reino Unido, República Checa, España, Hungría y Eslovenia) intercambian conocimientos para implantar esta opción en regiones donde es menos conocida. El principio fundamental es garantizar el interés superior del niño y asegurar que crezca en un entorno seguro.

“Hay que estudiar caso por caso y ver qué es lo mejor para cada niño. Hay algunos que pueden ver el acogimiento como una traición a sus padres biológicos. Hay que explicarles que no se trata de sustituir a su familia”, cuenta Teresa De Gasperis, coordinadora de FORUM en la organización no gubernamental ACCEM.

También es imprescindible formar a las familias acogedoras, darles apoyo económico y emocional y mantener con ellas un contacto permanente durante toda la crianza. “Hemos visto la experiencia en otros países y se puede hacer. El reto es conseguir una bolsa suficiente de familias de acogida”.

Ahora mismo Holanda es el modelo de referencia. Es el único país europeo donde hay más familias voluntarias que niños. Su programa de acogida, llamado Nidos, tiene otra particularidad y es que se intenta dar prioridad a los acogimientos en familias del mismo origen cultural o religioso. De esta manera, dicen, “los niños permanecen conectados a sus raíces”.

Esta modalidad también ha comenzado a explorarse en España. “A veces es verdad que la acogida puede ser más complicada en una familia que no participa de la misma cultura, por ejemplo durante el Ramadán”, señala el sociólogo Carlos Vilches. Por encargo del gobierno de Navarra, él entrevistó en 2019 a 125 familias de origen magrebí para ver su predisposición a la acogida. De momento solo un 4% ha mostrado interés. “El problema es que en muchos casos son familias que viven en situación de hacinamiento, con viviendas compartidas. Necesitan que el apoyo económico sea mayor”.

De los 300 menores extranjeros que tiene el gobierno de Navarra bajo su tutela, hay dos en acogimiento familiar y otras cinco familias están en proceso de evaluación. “Sabemos que esto va a llevar tiempo, pero el objetivo es potenciar el acogimiento familiar sobre el residencial. Primero con la comunidad magrebí y luego con el resto de familias”, explica Mikel Gurbindo, subdirector de Familia y Menores.

Luego quedará otro reto (más grande si cabe): conseguir familias para acoger a los niños más mayores, a los adolescentes, que por otro lado son la mayoría.

¿Y los adolescentes?

De los 20.000 menores no acompañados que pidieron asilo en Europa en 2018, tres cuartas partes tenían entre 16 y 17 años.

“La experiencia de acoger a un adolescente, sea del origen que sea, es complicada. Hay que tener mucha vocación. Los adolescentes te retan continuamente, necesitan mucha atención, que te impliques en sus problemas, necesitan tiempo”, comenta Elisa García. Ella es profesora de Derecho Penal, especialista en migraciones. También ha acogido en su casa a varios adolescentes extranjeros.

“El ser humano necesita vivir en un núcleo de gente que le quiera, le apoye y al mismo tiempo le ponga unas normas. Mi experiencia ha sido tan dura como criar a mis propias hijas, pero estoy contenta de haberlo hecho. Ha sido un privilegio para mí”, asegura convencida.

No obstante, para Jesús Palacios, no todas las familias están preparadas para afrontar un reto de estas características. “Hay que decir con claridad que con adolescentes es más difícil, no basta con la buena voluntad. Sus necesidades de alimentación, higiene, atenciones, sus mochilas emocionales son distintas. La mayor parte de las familias no son idóneas”. Él propone para estos casos familias más especializadas, padres que sean pedagogos, psicólogos, trabajadores sociales, que estén acostumbrados a tratar con la complejidad.

Otra opción, si resulta difícil encontrar padres, es buscar tíos. Es la base del proyecto Izeba en Guipúzcoa. Aquí los jóvenes migrantes cuentan con el apoyo de personas voluntarias (los tíos y tías) que les acompañan varias tardes a la semana para pasar el tiempo libre, dar un paseo, ir al cine, hacer deporte.

“La idea es ofrecer referentes cercanos, proporcionar relaciones afectivas a estos niños y adolescentes”, subraya Kristina Soares, responsable del proyecto. Y aunque solo se trate de unas horas, los efectos son inmediatos. “Favorece su integración, les ayuda a conocer a la gente del barrio, les ayuda en la búsqueda de formación y empleo”. Al final solo se trata de eso: Ayudarles a formar parte de la sociedad, insistir en que son seres vulnerables, recordar que, tengan los años que tengan, siguen siendo niños antes que migrantes.


María José Carmona. Periodista independiente especializada en temas sociales y de derechos humanos. Actualmente colabora con los medios digitales Planeta Futuro (El País), eldiario.es, El Confidencial y Público, entre otros.

Twitter : @MJCarmonaLopez

Artículo publicado por cortesía de

Huelva en La Mar de Onuba

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