Cerrados días del tiempo

Es muy difícil describir el sufrimiento por la muerte que te afecta a ti directamente cuando hay tanta muerte alrededor y que afecta a tantos; cómo puedes expresar el dolor de una única vida extinguida entre tantas vidas perdidas. Da la impresión de que al ser esta una tragedia universal, al tratarse de la muerte de tantos, la muerte de uno solo no es más que algo imperceptible, sin verdadera relevancia más allá de un comprensible, algunos pensarán que hasta egoísta, dolor personal. Pero te pasa a ti, a la forma en la que tú aprecias la dimensión real del drama y todo se complica: un amigo me decía que la muerte, que pasó de largo en los primeros meses de este disparate, se ha detenido ahora en su entorno y vive sobrecogido. No somos capaces de valorarlo todo hasta que no somos capaces de entender lo que significa cada parte, hasta que no sentimos el frío aguijón de la muerte muy cerca de nosotros: entonces la fatalidad tiene nombre y apellidos, recuerdos, memoria.

Hace unas semanas un buen amigo perdió a su padre, no por el covid, pero eso qué más da: no hay credenciales en la muerte, las borran las lágrimas. Y ahora, una buena amiga ha perdido a su madre víctima de la pandemia. He asistido al impacto emocional, a cada golpe, a cada suspiro, a cada intento desesperanzado de tener esperanza y he sentido sus latidos, los de las dos, a través de la narración cotidiana de la enfermedad durante más de un mes. Podría escribir todo un relato sobre ambas: reconocí en su angustia la certeza del final que siempre, siempre, por más que esté anunciado, es inesperado.

El covid ha puesto fin al viaje que hicieron juntas por la vida y ya nada será igual. Pasa cada día en cientos de hogares, pero pasa en el tuyo y todo se desmorona: las palabras no dichas, el vacío que se respira, la ausencia de alguien que ya vivía ausente, ya es igual: recuerdos buenos o malos, qué más da si la tristeza lo inunda todo. Cada una de nuestras casas es una casa de luto que no necesita ni proclamas ni minutos de silencio ni homenajes: la misma casa de Bernarda Alba cerrada a cal y canto. Cómo explicar a quienes ya han asimilado trescientos, cuatrocientos, quinientos muertos diarios la pena que sientes por una sola muerte. El luto y el pésame ya no son nada. Antes, quizá gestos y palabras para expresar algo; ahora, nada expresa nada.

Es posible que exista el dolor universal, y que este sea una forma de expresar lo que unos llaman compasión y otros solidaridad; no se puede vivir sin compasión y no se debería vivir sin solidaridad. El covid, la pandemia, no sé ya cómo llamarlo, nos enfrenta al drama de grandes palabras, pero también nos ataca en el rincón de nuestra intimidad, de las palabras familiares, de los sentimientos pequeños que son el empuje que nos lleva a seguir sin terminar de entender muy bien todo esto. Si como decía el Aute poeta es absurdo estar vivo, más absurdo aún es morir estando vivo. Si al menos muriéramos una vez muertos… Pensar, divagar, para qué.

La pena, la tristeza, al final, son siempre cosa de cada uno. Y solo cada uno es capaz de sobreponerse a ellas con sus propios argumentos, con sus sentimientos más íntimos. Detrás de cada repentina ausencia, como escribió Neruda, “sentimos cerrarse los días del tiempo”. Pero al final hay que vivir, de eso se trata. De sobreponerse al dolor intangible, inabarcable y universal y de sobrevivir a la tristeza propia y personal. La liturgia de la muerte te lleva sin que te des cuenta, la de la vida hay que pelearla a cada instante. Ponerse en pie, andar una y otra vez…

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