Carta abierta a Suli: no seas ni de derechas ni de izquierdas ni equidistante

por Eduardo Flores

 

Mi muy querido amigo:

Lamento no haber podido aliviar tus dudas, haber sido del todo incapaz de aligerarte el peso de la incertidumbre.

He necesitado lo largo de un fin de semana y otra semana completa para pensarlo. Me cuesta hacer la digestión a veces. Finalmente creo poder responder de algún modo: no seas ni de derechas ni de izquierdas. Tampoco  eso que llaman equidistante.  

Ya sé, ya sé. No es gran cosa. No ayuda. Así dicho te quedas igual, en el limbo que habitan quienes son lo suficientemente íntegros como para permitirse un alto grado de ignorancia. Eso sí, no estás solo. Créeme, dormimos en habitaciones contiguas. Y los signos de interrogación son bellas formas a poco que uno se detenga a observarlas.

Bien sabes, sin embargo, que además de muchas otras cosas –unas mejores que otras-, también soy un buscador incansable. La pregunta es un fenómeno que me estimula. Es por ello que prefiero la búsqueda a encontrar. Y es por ello también que, en vez de darte una respuesta que probablemente no existe, te invito a amplificar un campo de batalla siempre reducido por quienes tienen en él su negociado.

¿Te has fijado de qué puta manera la irrupción de un virus, el famoso SARS-CoV-2, nos ha puesto el mundo del revés? ¿No te parece un fenómeno realmente increíble? ¿No es, desde la asepsia de un mero observador, fascinante cuanto ha ocurrido desde entonces?

Que un pedazo de ARN envuelto por la capa de una proteína nos haya montado este circo no se explica con facilidad. Lo que sí podemos hacer es una reducción, digamos, matemática. También alguna que otra trampilla, de modo que nos quede una ecuación elegante.

Si no lo sabes es porque ya lo das tan por hecho que se te ha vuelto invisible. El mundo, amigo mío, se mueve en función de las reglas que marca el libre mercado globalizado. Esto es, las grandes compañías se mueven por todo el orbe con la suficiente facilidad con un único fin, hacer de su capital más capital. ¿No te parece cojonudo? Lo es. Salvo por algunos matices. La forma lo es todo.

Estas grandes compañías no son más que ficción. No existen. Tienen sin embargo un nombre, o varios, o muchos. Y por debajo, un buen puñado de personas, que sí existen, que no son por lo general ni malas ni buenas, que sólo están. Esas personas dotan de entidad a estas corporaciones. En algún momento de nuestra historia se decidió que estas grandes empresas fueran como personas pero sin serlo. Aquella jugada facilitaba que se considerasen sus decisiones con independencia de las responsabilidades que podrían acarrear las consecuencias. Y aunque existe una miríada de organismos encargados de controlar esas decisiones, la parte de la gran empresa que es pura ficción, las burla, porque en definitiva no son personas.

Todo este rollazo es para que entiendas que cuando te compras unas bonitas zapatillas Nike a un precio irracionalmente razonable es debido a un proceso que es de todo menos bonito. Tal vez han sido diseñadas en unas oficinas de los USA. Allí mismo, o cerca, se produce un modelo. Este modelo es trasladado a una fábrica de, por ejemplo, Vietnam, donde tus chulas zapatillas Nike se producen en masa. Después se distribuyen por todas partes. Normalmente por vía marítima. El caso es que al principio de este cuentecillo tú ni siquiera tenías puñetera idea de que esas bonitas zapatillas Nike existían. No las necesitabas. Eres un tipo con suerte, tenías un modelo anterior. Con este último, y al tiempo que la producción ya marchaba a carajo sacado, una campaña de publicidad realmente monstruosa te ponía al tanto de su inminente existencia. Es entonces cuando nace el deseo en forma de una necesidad que antes no tenías.

Desde luego unas zapatillas Nike no provocan la propagación de un virus.

De igual modo que las zapatillas de marras ocurre con la alimentación. Y de igual modo con cualquiera otra cosa de las que adquirimos con frecuencia. Se trata de ver básicamente cómo funciona aquello del libre mercado globalizado.

¿Te estoy aburriendo? No me extraña. Pero te recuerdo que esto lo empezaste tú con una pregunta muy concreta. Espero que sigas leyendo con atención.

No existen las derechas ni las izquierdas. He ahí la realidad. Vienen a referirse a políticas obsoletas. No es cierto que todavía se mantenga un debate entre las ideologías sentimentalistas del comunismo o el capitalismo. Eso está más que superado. El juego maniqueo de sombras que dividía el mundo no fue sino un ejercicio de distracción. Quien no esté dispuesto a aceptar que nunca se trató de las personas, que la lucha tenía como único objetivo el poder, y con éste, la avaricia humana, es muy probable que ande por ahí más bien confundido. (No seas ni de derechas ni de izquierdas ni equidistante.)

Se trataba de vender zapatillas Nike al mundo entero sin que el mundo tuviese puta necesidad de unas nuevas zapatillas Nike. Y eso no fue lo peor. El problema real se originó en el momento que se quiso hacer exactamente lo mismo con aquello que sí es realmente necesario y se consiguió.

Se podría decir que la humanidad se vio obligada a enfrentar dos retos bien importantes entre los siglos XIX y XXI. Establecer unos derechos humanos básicos y la paz mundial.

En la actualidad aceptamos los derechos humanos como cosa hecha, por justa y comprensible. Con la paz mundial podríamos decir más o menos lo mismo. Pero tanto una cosa como la otra sólo son realidades en algo menos que un tercio del planeta, la burbujita del primer mundo occidental y “civilizado”. Y nada más. Y no del todo (véase –esto es muy importante- el tercer mundo que encierra los USA o, sin ir más lejos, el que esconde la economía hortofrutícola de la provincia de Huelva).

Con todo y con eso, se ganó terreno. Pero no podemos olvidar que para la victoria parcial en ambos retos tuvimos que sacrificar nuestra buena libra de carne, hacer además que no veíamos, que no sabíamos que nos la cortaban. Descolonialismo lo llamaron, pero como el demonio, también tiene otros muchos.

El libre mercado globalizado, en puridad, no rinde cuantas ante nadie. Explota sin miramientos los recursos de un planeta que habitamos y compartimos sin que nos pertenezca. Al igual que no valen lo mismo tu vida -la del que calza el último modelo de zapatillas Nike-, que la del que las fabrica -un crío vietnamita de diez años con más hambre que esperanza de vida-, tampoco tiene el mismo valor el asfalto que pisas cada día y el bosque selvático de Tailandia que hace respirable el aire que necesitas para vivir. Libra de carne también.

El mismo bosque, por cierto, que mantiene estable los complejos ecosistemas desarrollados durante cientos de años –si no milenios- por la vida y que no se deben tocar, entre otras cosas, porque pertenecen a un dios desconocido. Uno capaz de, si se le molesta, liberar un virus incontrolable que le haga el amor sin consentimiento al desenfreno de un libre mercado globalizado.

Ya no nos puede quedar ninguna duda con respecto de las reglas en función de las cuales se mueve el mundo. Ahora toca ver qué las enmascara, dado que hay quienes las enfrentan con argumentos tan sólidos que las llevan a reaccionar. Hablamos de la paradoja de los nacionalismos y sus banderas y sus America First y yatúsabe; de las ideologías neoliberales que confunden sentimentalmente a un pueblo aborregado; hablamos también de la paradoja de la socialdemocracia que confunde, con falsos futuros irrealizables, sentimentalmente a un pueblo aborregado. En definitiva, hablamos de política. De nuevo erramos el tiro, tanto por un lado como por el otro.

En España, por desgracia, es muy fácil desenmascarar. Llevamos por la popa, inasequible al desaliento, una tradición nacional catolicona que nos debería definir como sociedad. Es el mensaje que reza en la bandera que enarbolan quienes, en realidad, sólo se preocupan por cuanto la política puede facilitar más o no tanto, sus intereses. En la cúpula de esta ideología patria, que no es exclusiva de un partido, no se cree en nada que no sea el poder consustancial a la política de alto nivel.

Cuando te dicen ¡Viva España! Y esperan que les repliques, lo que esperan realmente no es otra cosa que tu deseo te lleve a aplaudir una España que no te pertenece, la suya, la de ellos, la que enmascara. Y en esa propiedad no está Dios ni la cultura de un país ni un concepto de patria. Esa propiedad que ambicionan es el poder de dar alas a crédito al capital del neoliberalismo. Ignorando irresponsablemente que esas alas, como todas, arden al acercarse al sol. Y cada vez están más cerca. Hoy el sol es un virus, por ejemplo. La mascarada que hoy se enfrenta a la cultura de mascarilla se llama nacionalismo. E importa –les importa- bien poco la bandera que entienden te ha de cubrir el féretro que contiene el cadáver de tu individualidad, el ser pensante que en ti habita, y en el que los derechos humanos, la paz mundial y la conservación de los recursos naturales son justos por pura lógica.

A los retos más arriba descritos hoy enfrentamos otro, si cabe y como mínimo, igual o más urgente que los anteriores.

El SARS-CoV-2 parece ser un síntoma, uno más, del daño que nuestro estilo de vida (el de las zapatillas Nike) le está haciendo al planeta que necesitamos para vivir. El único planeta que tenemos. En esta ocasión, y con arte de bruja, la naturaleza, como si obedeciese a una voluntad que no tiene, ha alcanzado la línea de flotación de cuanto creíamos sólido y estable de la burbujita occidental que nos mantenía ciegos y sordos, mudos por tanto. Ha puesto límites a la ficción que nos maneja estrechando el sendero por el que se ha de conducir la humanidad. Uno que, mucho me temo, no vamos a transitar.

No seas de derechas o de izquierdas o equidistante. Sé persona y alimenta tu cerebro con jamón del bueno. Lo demás te vendrá solo. Sabrás separar el grano de la paja y diferenciar lo que es justo por naturaleza de lo que es una cabronada de magnitud planetaria.


Eduardo Flores, colaborador de La Mar de Onuba, nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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