Cada vez más crónica, diversa y femenina: así es la pobreza en tiempos de recuperación

por María José Carmona


“En España nadie se muere de hambre”. Le reprochaban con frecuencia a Joaquín Jiménez. Y él, que preside el Banco de Alimentos de la Costa del Sol, no podía sino darles la razón. Es cierto, en España se come.

El problema, como bien sabe Joaquín, es que a veces se come poco, se come mal o simplemente se come lo mismo cada día. Casi medio millón de familias españolas no pueden costearse una alimentación adecuada y cuando lo consiguen es porque han renunciado a todo lo demás: a pagar la luz, la hipoteca, las pastillas para el asma.

“Atendemos de manera asidua a 45.000 personas, es casi el doble que hace diez años”, cuenta el presidente. Por más que la Comisión Europea dé la crisis económica por zanjada, en este almacén de Málaga se siguen apilando cada mañana palés llenos de botes de garbanzos.

A grandes rasgos, la pobreza se ha reducido. Lo dice el último informe del Banco Mundial: De un 36% de población en pobreza extrema (que ingresa menos de 1,90 dólares al día; 1,67 euros) hemos pasado a un 10%. Hoy suman 736 millones de personas, la cifra más baja desde que se tiene registro. Pero la foto está incompleta.


“Ese porcentaje solo tiene en cuenta lo económico, la renta. Es una medida inexacta”, explica Raúl Flores, investigador social de Caritas Española. Como defiende este experto, para hacernos una imagen más real de las personas que pasan necesidad “habría que incluir otras dimensiones como la calidad del empleo, la participación social y política, la educación, la vivienda o la salud”.


Sobre todo porque el perfil tradicional de la pobreza ha cambiado, cada vez es más diverso. Hoy se puede ser licenciado universitario y pobre (por ejemplo: el 13,8% de los pobres en España tiene un título). Se puede tener un trabajo (a veces dos) y no tener ni para pagar la calefacción.

Nuevos pobres y pobres de siempre

Durante los años fuertes de la crisis, el desempleo y las medidas de austeridad empujaron a miles de familias normalizadas al otro lado del umbral de exclusión. Solo en Europa la clase media se redujo un 2,3%. Por primera vez, la pobreza dejó de asociarse a la marginalidad. Podía pasarle a cualquiera.

Hoy todavía un 23,5% de la población en la UE (118 millones de personas) continúa en riesgo. La cifra mejora lentamente desde 2012, pero el equilibrio es frágil. “Son personas que a lo mejor están integradas, pero tienen dimensiones muy vulnerables. Mientras todo vaya bien, no tendremos problema pero si hubiera una nueva crisis, muchos de ellos bajarían al espacio de la exclusión”, advierte Flores.

En plena época de “recuperación”, mientras los números macro crecen y la OCDE anuncia un crecimiento del 4% del PIB mundial, muchos siguen a medio camino entre la pobreza y la vida precaria. Y ya el trabajo ni siquiera es garantía para abandonar ese lugar.

La desregulación del mercado laboral ha derivado en una legión de contratados a tiempo parcial, empleados por horas sueltas y falsos autónomos. Los llamados “trabajadores pobres”. En 2008, constituían el 8% de la fuerza laboral de la UE, ahora suman el 9,6%. Y tal y como advierte la Organización Internacional del Trabajo (OIT), seguirán aumentando.


“El trabajo se ha convertido en un factor más de exclusión, algo que en el pasado no ocurría. Cada vez se echan más horas por menos dinero y eso está ocasionando otros deterioros dentro del hogar, por ejemplo en la atención a los menores”, alerta Begoña Pérez, profesora de Trabajo Social en la Universidad de Navarra.


Aun así, las clases medias no se han llevado la peor parte. No son los nuevos pobres, sino los pobres de siempre quienes de verdad han empeorado sus condiciones de vida con la crisis. Sobre todo en países como Grecia, Irlanda y España, entre otros.

En el caso español, aquellos que viven en situación de pobreza severa (los que ingresan menos de 355 euros al mes) han ido aumentando casi cada año hasta llegar a los 3,2 millones. “Es la pobreza cronificada, se mantiene generación tras generación y es muy difícil de erradicar”, reconoce Juan Reyes, de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza (EAPN).

Lo que sí tienen en común tanto la nueva como la vieja pobreza es que ambas tienen cada vez más rostro femenino. Una mujer que sustente una vivienda tiene un 25% más de posibilidades de caer en la exclusión que un hombre.

La pobreza y la culpa

Para Susana Martín, una ayudante de cocina de Málaga, ser pobre significa vivir al día, tener hoy diez euros y mañana no saber si habrá para el desayuno. “Una se conforma con lo que sea, pero cuando no tiene ni para un cartón de leche es muy fuerte”. Ella lo sabe porque lo padeció durante años.

Ahora, gracias a la ONG Prodiversa, tiene un empleo con el que mantiene a su marido –parado de la construcción– y a sus tres hijos. Con muchas limitaciones, Susana llega a fin de mes, pero confiesa que aún siente miedo.

“Aunque la situación mejore, hay ciertos estados psicológicos que no cambian”. explica Ángela París, psicóloga de Prodiversa. “La pobreza genera un estrés agudo constante y eso deriva en problemas de salud física y mental, ansiedad y falta de confianza en tus propias capacidades”.


El miedo de Susana es más común de lo que imaginamos, como también lo es la frustración, la sensación de inutilidad o, incluso, el sentimiento de culpa. Sobre todo ahora, en medio de la euforia por la recuperación, es la propia sociedad la que sigue culpando a los pobres de no salir adelante.


Lo demostró un estudio realizado en Reino Unido en 2015: “las percepciones que seguimos teniendo de los pobres son extremadamente negativas. Se basan en el estereotipo de que la pobreza es resultado de sus propios errores personales”. Y al hacerles responsables en exclusiva, olvidamos las causas estructurales de su situación, como la desigualdad. Se nos escapa que, al mismo tiempo que la pobreza severa se cronifica, el patrimonio mundial de las grandes fortunas acaba de superar los 70 billones de dólares.

“Más que la pobreza, el verdadero problema es la súper riqueza”, insiste el economista Luis Molina. “El 1% de la población mundial concentra el 50% de la riqueza. Eso quiere decir que están capturando un porcentaje importante de la renta de los demás. Evitar que haya pobres sin tener en cuenta cómo están los de arriba no tiene sentido”.

Objetivo 2030

Parecía un objetivo viable cuando los líderes mundiales lo acordaron en 2015: reducir al menos a la mitad la proporción de hombres, mujeres y niños que viven en la pobreza y erradicar la pobreza extrema antes de 2030. Pero, a falta de trece años, hasta el Banco Mundial se atreve a pronosticar que a este ritmo no llegamos.

“Es difícil, no hay un compromiso claro. Hacen falta políticas concretas, para que no quede en un brindis al sol”, asegura Daniel García, portavoz de la ONG Movimiento Cuarto Mundo. Hay propuestas que llevan años sobre la mesa: como facilitar el acceso a la vivienda o perseguir el empleo precario. Según la OIT, “no será posible reducir la pobreza de manera duradera sin trabajo decente”.


También, como insiste Reyes, de la red EAPN, “necesitamos un sistema tributario justo, luchar contra el fraude fiscal”. Solo así, dice, se logrará equilibrar una recuperación que, de momento, sigue avanzando coja.


En todo caso, quedan trece años para repensar qué entendemos por pobreza, qué significa ser pobre más allá de los 1,90 dólares diarios. En ese sentido, Santiago Álvarez, doctor en Ciencias Económicas y director de FUHEM Ecosocial, plantea dejar por un momento de hablar de pobreza y hacerlo de “calidad de vida”. Un concepto que va más allá del nivel de ingreso y la riqueza monetaria, que mide el derecho a vivir con dignidad y no solo la mera supervivencia. “Esta construcción subjetiva de crisis permanente hace que no tengamos la aspiración a vivir bien, que nos adaptemos a lo que nos viene dado. Pero, ¿qué entiende hoy la gente por una vida digna?, ¿cuántas veces nos lo hemos preguntado?”.

 


María José Carmona

Periodista independiente especializada en temas sociales y de derechos humanos. Actualmente colabora con los medios digitales Planeta Futuro (El País), eldiario.es, El Confidencial y Público, entre otros.

Twitter : @MJCarmonaLopez

 

Artículo publicado por gentileza de Equal Times.

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