Beatrice Fihn: “Mientras tengamos armas nucleares, la guerra nuclear siempre será una opción”

Beatrice Fihn, directora ejecutiva de la ICAN (Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares), durante una visita de trabajo a Bruselas el 6 de septiembre de 2019. (Equal Times/Marta Checa)
por Marta Checa /  Redacción de Equal Times

“Las naciones deben desarmarse o desaparecer”. Estas contundentes palabras están inscritas en la entrada de la Conferencia de Desarme con sede en Ginebra (Suiza), el único organismo del mundo permanente y multilateral que está negociando un tratado de desarme. Actualmente existen cinco Estados con armas nucleares vinculados al emblemático Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares (China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos), además de tres países que poseen armamento nuclear pero que están fuera del tratado (India, Paquistán y Corea del Norte), así como Israel, del que también se cree que es una potencia nuclear. Aquellas palabras, “desarmarse o desaparecer”, nunca han sido tan relevantes como lo son a día de hoy. Y es que, el riesgo que suponen las armas nucleares hoy en día es mayor de lo que fue en el último período de la Guerra Fría.

Tras años de trabajo por parte de la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), una coalición de ONG con presencia en más de 100 países, se ha conseguido aprobar el primer tratado jurídicamente vinculante del mundo para prohibir las armas nucleares: el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares. Este se aprobó tras la votación de 122 países en julio de 2017, el año en el que la ICAN ganó el Premio Nobel de la Paz por sus “trascendentales esfuerzos para lograr una prohibición de las armas nucleares basada en un tratado”. Hasta la fecha 70 Estados lo han firmado y 26 lo han ratificado, pero todavía faltan 24 ratificaciones adicionales para lograr la cifra necesaria para que pueda entrar en vigor.

Semanas previas a una ceremonia de alto nivel para lograr más firmas y ratificaciones, que tendrá lugar en la sede neoyorquina de las Naciones Unidas el 26 de septiembre, Equal Times habló con Beatrice Finh sobre el redoble de esfuerzos de la coalición para lograr que se prohíban las armas nucleares, y sobre la catástrofe que nos espera si no se logra tal desarme.

En 2017 se aprobó el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares. Ese mismo año, los dos países que poseen el 90% de las 14.000 ojivas nucleares del mundo (Estados Unidos y Rusia) se retiraron del Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio (INF) de 1987, una decisión que probablemente acelere el desarrollo de nuevos misiles. Asimismo, en 2021 deberá renovarse el nuevo tratado START de reducción de armas, aunque no hay garantías de que se logre. ¿Qué hay detrás estos altibajos?

Como ocurre con muchos otros temas –como la democracia, el racismo y la igualdad de género– parece que existe una división entre dos mundos paralelos. Aunque la mayoría de los Estados apoyan [el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares] y están adoptando medidas para acabar con ellas, también están los Estados que poseen armas nucleares y están rompiendo esos antiguos tratados y amenazando con utilizar dichas armas.

El problema es que algunos de esos Estados nunca se tomaron en serio lo de deshacerse de sus armas. Además, antes de que saliera elegido Trump, la gente pensaba: “no tenemos que preocuparnos, nadie va a utilizar armas nucleares”. Pero mientras tengamos armas nucleares, la guerra nuclear siempre será una opción. Tenemos que deshacernos de ellas.

No obstante, siempre debemos recordar que hemos visto grandes avances en los momentos de mayor tensión. El Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares [firmado en 1968] se negoció justo después de la Crisis de los Misiles en Cuba [de 1962]. Y el Tratado INF se negoció justo después de la enorme tensión entre [el presidente estadounidense Ronald] Reagan y la Unión Soviética en la década de 1980. Por tanto, en los momentos de crisis también surgen oportunidades.

El último informe del Instituto Internacional de Estocolmo de Investigación para la Paz reveló que todos los Estados que poseen armas nucleares siguen modernizando sus arsenales, mientras que al mismo tiempo en 2018 se observó una reducción general del número de ojivas nucleares. ¿Cuál es su análisis al respecto?

Nos estamos dando cuenta de que si no prohibimos las armas nucleares no podemos confiar en que los gobiernos lo hagan. Pensamos que las armas nucleares “son muy potentes y nos mantienen a salvo”, pero también que “deberíamos deshacernos de algunas”. En algún momento tendremos que preguntarnos el por qué. Si nos mantienen a salvo y seguros, entonces ¿por qué nos estamos deshaciendo de ellas? El mundo tiene que elegir: o son buenas para la seguridad o son malas. No pueden ser las dos cosas al mismo tiempo.

¿Ve algún movimiento real por parte de las nueve naciones del mundo que poseen armas nucleares para prohibirlas?

En lo que respecta a la política, no. Pero en términos del público, sí. A la mayoría de la gente no le gusta este tipo de armas. En Reino Unido, por ejemplo, están ubicadas en Escocia y el pueblo escocés no las quiere en su territorio. Además, ahora con el Brexit, si Escocia se independizara, Reino Unido ya no tendrá dónde meter sus submarinos.

Sin embargo, no solo se trata de los nueve países con armas nucleares; también hay cinco Estados de la OTAN que albergan armas nucleares en sus territorios: Bélgica, Alemania, Italia, los Países Bajos y Turquía.

El cambio empieza con los países de en medio. Los países que forman parte de las alianzas que cuentan con armas nucleares pero que no se sienten cómodos defendiendo este tipo de armas. Por ejemplo, Bélgica, Alemania, Noruega… Estos son países que se consideran defensores de los derechos humanos y del derecho humanitario. Y sin embargo participan en planes militares que tienen como objetivo el asesinato de civiles en masa.

Ahí es donde realmente vemos un cambio en la percepción. La estigmatización está funcionando y hace que sea más difícil para esos gobiernos justificar ese tipo de políticas. También estoy convencida de que algún día habrá una apertura (de los Estados aliados de los que tienen armas nucleares y de los Estados que las poseen). No sé cuándo ni cómo, pero llegará un momento en el que habrá una posibilidad de cambio y tenemos que estar preparados. Tenemos que tener los tratados para poder contar con las opciones legales. Tenemos que tener una sociedad civil movilizada, tenemos que tener a las ciudades y a los sindicatos, a toda la gente de nuestro lado para que cuando veamos la oportunidad de conseguir que un gobierno cambie de idea, vayamos a por todas.

La emergencia climática está más presente que nunca en la conciencia pública. ¿Cómo es que el tema de las armas nucleares no parece formar parte del debate medioambiental?

El cambio climático y las armas nucleares son las dos únicas cosas que podrían acabar con la humanidad. En ambos casos no vamos a ver el impacto hasta que sea demasiado tarde y no podremos arreglarlo después de que haya ocurrido. Eso es lo que hace tan difícil que la gente se mueva. Estos últimos años el movimiento contra el cambio climático ha crecido mucho, pero creo que es porque la gente ya ha empezado a darse cuenta de que el clima está cambiando; ven los huracanes, los incendios en verano, las olas de calor y todos esos cambios en el clima. Y de repente todo parece más real.

Lo que ocurre con las armas nucleares es que a la gente le resulta difícil visualizar su impacto. Pero, al igual que sucede con el cambio climático, las armas nucleares no respetan fronteras. Se trata por tanto de asuntos internacionales que requieren de soluciones multilaterales en las que se implique todo el mundo.

¿Por qué el público en general no está tan asustado por la amenaza de una guerra nuclear como lo estaba a finales de la Guerra Fría, aunque ahora el riesgo es aún mayor?

Después de la Guerra Fría hubo un cambio intencional para que la amenaza nuclear se percibiera como un riesgo lo más técnico posible. Y creo que eso ha hecho que la gente sienta que no puede cambiar las cosas. Desempodera a la gente. No tiene sentido implicarse en algo que no puedes cambiar, así que mejor ignóralo.

Pero en algunos lugares, como en Asia por ejemplo, no ignoran la amenaza nuclear. En Corea del Sur, en Japón… son muy conscientes de la amenaza. Y en lo referente al Tratado INF, muchos europeos están empezando a entender que esos misiles no solo van a usarse en Estados Unidos o Rusia; su objetivo es usarlos en ciudades de Europa.

Por supuesto que hay muchas cosas por las que debemos protestar y por las que debemos luchar hoy en día: los derechos de los refugiados, la democracia, los derechos de los trabajadores, la campaña #YoTambién, el cambio climático… Resulta fácil dispersarnos e intentar luchar contra todo al mismo tiempo. Pero debemos trabajar juntos e intentar mantenernos solidarios para vincular estos temas, en lugar de enfrentarlos entre sí.

Usted ha hablado sobre abordar el tema del género en nuestra concepción del arte de gobernar y la diplomacia. ¿Qué impacto tendrían más mujeres líderes y jefas de gobierno en el frente favorable del desarme?

No se trata solo de que haya más mujeres, aunque también forma parte de la solución. También tenemos que cuestionar qué consideramos como «rasgos» masculinos o femeninos: el compromiso y la negociación se consideran ‘blandos’, cuando en realidad son la alternativa realista, racional y fuerte. Mantener las armas nucleares es una estrategia emotiva, ingenua y débil. Sabemos que las sociedades que invierten mucho en armas y en el ejército son más inseguras y violentas. También sabemos que las sociedades que invierten en educación y salud son más pacíficas.

Antes ha planteado la cuestión del poder y el privilegio en relación con las armas nucleares. ¿Podría darnos más detalles?

Pongamos como ejemplo a Estados Unidos. No hay ningún país que necesite menos las armas nucleares que Estados Unidos. Se trata, con diferencia, de la mayor potencia militar del mundo. En realidad de lo que se trata es del poder de destruir todo muy rápido y de declarar: “Yo puedo tener este poder, pero tú no”.

Si dicen que todos deberíamos tener armas nucleares –aunque personalmente estoy en total desacuerdo por razones obvias–, eso sería, por lo menos, un planteamiento lógico. Pero si opinas que es muy importante que Estados Unidos tenga ese tipo de armas para protegerse pero que Corea del Norte o Irán no pueden tenerlas, entonces es un planteamiento hipócrita que deriva de la idea de que hay algunos gobiernos mejores que otros. De que algunos gobiernos son más razonables, más comedidos y más responsables que otros con dichas armas. Y si analizamos qué países tienen armas nucleares, en su mayoría se trata de gobiernos occidentales.

Cuando Sudáfrica abandonó su programa nuclear [en 1989], la decisión se debió en parte a que era el final del régimen del apartheid y a que las cosas iban a cambiar. Hay constancia por escrito de que el régimen del apartheid no quería que un gobierno formado por negros tuviera armas nucleares.

Lo mismo ocurre si analizamos el tema de las pruebas nucleares. ¿Dónde han probado sus armas todos esos países? En sus colonias, en las tierras de los pueblos indígenas, no a las afueras de París ni en los suburbios donde viven las élites ricas. Todos los Estados con armas nucleares han probado sus armas en comunidades que no estaban adecuadamente representadas y el legado de todo eso sigue siendo dañino.

Actualmente la ICAN está investigando los fondos que financian las armas nucleares. ¿Cómo se desarrolla este frente?

Estamos intentando que la gente se dé cuenta de cuántos actores están implicados en este tema. No son solo los nueve Estados con armas nucleares. Hay gobiernos, empresas, bancos y fondos de pensiones que invierten en las empresas productoras de armas nucleares. Hemos publicado el informe Don’t bank on the bomb en el que figuran las empresas que producen armas nucleares, sus contratos, los ingresos que obtienen y qué bancos y fondos de inversión siguen prestando nuestro dinero a productores de armas nucleares.

Estamos intentando que la gente reaccione frente a estos hechos. No nos parecería bien que prestaran nuestro dinero a productores de armas químicas o biológicas. Entonces, ¿por qué estamos prestándoselo a empresas que nos condenan a la extinción?

Además estamos intentando que dichos bancos y fondos de pensiones retiren sus inversiones y creen políticas para garantizar que nunca más vuelvan a invertir en armas ilegales. Sorprendentemente, varios han respondido de manera positiva. Cada año actualizamos la lista y podemos ver que el movimiento está creciendo. La gente quiere inversiones éticas. Hoy en día, a la gente cada vez le importa más lo que hacen las empresas.


Marta Checa es editora jefa de Equal Times, sección en español. Periodista multimedia, ha sido corresponsal de la Agencia EFE en Singapur, Hong Kong y Macao. Comenzó su labor periodística en 1998 en Bruselas, colaborando para diferentes medios y productoras y cofundando una revista local. Puedes contactarla por correo electrónico: marta.checa@equaltimes.org
Twitter : @martacheca
Este artículo ha sido traducido del inglés por

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