Autobiografía

Sí, yo la vi. Lo juro. Era sólo una niña, sola, al pie del precipicio.

Día a día, la sentía junto a mí. La miraba a los ojos y veía cómo, a veces, le pasaban nieblas de otros paisajes. Alguien, un trece de septiembre, por retenerla, quiso hacer de toda su vida un lazo… un lazo fuerte y duro.

No, no era bueno quererla. No era ella.

La seguí hasta el final, hasta el pie del precipicio. Por el camino, nos hicieron sombra los pinos, las cepas sembraron de oro el camino y el cielo era azul… Yo sólo vi el pueblo de piedra, como un alma perdida que vaga en el silencio, acompañándola.

Llegamos a lo alto de las peñas, a lo alto de los riscos. Olía a resina, a pólvora… por un instante, la boca se nos llenó de tierra, como a los muertos. Ella, me dio a probar su vino añejo, y nos atrapó un amargo sabor de recuerdos.

Se acercó aún más al precipicio. El viento gritaba nombres y tambaleaba su pequeño cuerpo. Entonces, alzó los brazos, como quien va a alzar el vuelo. Miré sus manos pero, ¡no eran manos!, sus huesos eran cepas retorcidas (como las manos de una vieja)… Me pidió que le empujase… ¡quería caer! Lo intenté. No pude. Su frágil cuerpo se tambaleaba y sus pies seguían amarrados al suelo. ¿Por qué? Estaba echando raíces en esa tierra.

La dejé allí, sí, sola, pero no abandonada, porque las nieblas de otros paisajes que vi tantas veces por sus ojos, eran esas mismas nieblas.

Creo que aún sigue allí, aquel es su sitio, su lugar… Nunca la olvido, ella me enseñó que todas las estrellas nuevas esconden ceniza vieja.

Perdóname, niña triste,

por dejar de contar estrellas,

por robarte la inocencia.

Perdóname, niña triste,

por enterrar tus recuerdos,

por haber matado tus sueños.

Perdóname, niña triste,

por no conservar la esperanza,

por haber vendido tu alma.

Perdóname, niña triste,

por no aceptar tu corazón loco,

por apagar la luz de tus ojos…

Perdóname, niña triste…


María Ángeles Solís.

@mangelessolis1

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