Armas y manteca

Cuando uno reflexiona sobre el triángulo religión-petróleo-armas, encuentra en el fondo del baúl el irredento conflicto, que se remonta a la muerte de Mahoma.

Lo de la venta de armas a Arabia Saudí (AS) sigue dando vueltas. El pasado 24 de octubre, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, compareció ante el pleno del congreso de los diputados para debatir sobre el tema. Igualmente, en la noche de ayer, sábado 27 de octubre, la ministra de defensa, Margarita Robles, fue entrevistada en una cadena de televisión para incidir sobre el mismo asunto. A pesar de ello, o quizás por ello, siguen existiendo matices importantes que no acaban de aclararse o conocerse. Porque el problema con Arabia Saudí no reside, como algunos pretenden, ni en el vil asesinato del periodista Jamal Khashoggi, ni en la llamada “venta” de 400 bombas GBU a aquel país.

Cuando uno reflexiona sobre el triángulo religión-petróleo-armas, encuentra en el fondo del baúl el irredento conflicto, que se remonta a la muerte de Mahoma, entre sunitas (alrededor de 1200 millones) encabezados por AS, y chiitas (alrededor de 150-200 millones) cuyo máximo exponente es Irán. Descrito muy sintéticamente, Irán intenta incrementar su influencia en Oriente Medio (OM), así como batir en cuanto pueda a AS.  Ésta trata de que frenar a Irán y que cambie o de política o de régimen (en tal conflicto de intereses, Irán-AS, el elemento más visible y dramático es la guerra en Yemen).  EE. UU. basa su política exterior y económica en OM en una relación privilegiada con AS, evitando evitar el incremento de la presencia rusa en la zona. Rusia instiga a Turquía a interferir en los intereses de AS (razonamiento simple: lo malo para EE. UU. es bueno para Rusia). Y la Turquía de Erdogan, éste apoyado en los Hermanos Musulmanes, ya ha colocado 3000 soldados en Qatar y pretende desplegar fuerza en Kuwait. Todo un buen fregado.

Descrito muy sintéticamente, Irán intenta incrementar su influencia en Oriente Medio (OM), así como batir en cuanto pueda a AS
Sobre la venta de armas que tanto revuelo provoca aquí, conviene saber que los cinco principales vendedores de armas a nivel mundial son: EE. UU., Rusia, Reino Unido, Francia y China. Esos son los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU (CSNU) ―fuente de derecho internacional―que, en conjunto, facturan algo más del 70% de tal comercio. La venta de armas, en consecuencia, es una actividad más del comercio mundial, como la de los gusanos de seda.

Otra cosa distinta sería que aquella actividad se realizara en flagrante violación del Tratado de Comercio de Armas (TCA), aprobado por la Asamblea General de la ONU en 2013, y en vigor en España desde diciembre de 2014. Un instrumento basado en principios humanitarios ―terreno difuso y resbaladizo―,que obliga a la previa evaluación de tales ventas caso por caso. Para tal valoración, en el caso español, está la Junta Interministerial para el Comercio y Control de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso (JIMDDU) en la que participan, entre otros, representantes de comercio, asuntos exteriores, defensa, hacienda, interior y el CNI.

En consecuencia, parece legítimo y coherente desarrollar la producción y el comercio legal de armas de acuerdo con los tratados internacionales y las leyes en vigor, con el correspondiente control de tan sensible actividad. Ir más allá de esto, en perjuicio de los propios intereses no tiene mayor sentido, porque una de las funciones esenciales del Estado es la seguridad de su población y la defensa de los intereses nacionales. Es razonable, y así lo ha estimado el Gobierno, la transferencia (ya realizada) de las bombas norteamericanas desde los depósitos españoles a Arabia Saudí, protegiendo así la actividad económica general que incluye, entre otras, la construcción de 5 fragatas para ese país en los astilleros de Navantia en Cádiz. Eso se llama pragmatismo. Vaya, hasta el alcalde de Cádiz, Kichi, de incomparable alcurnia podemita, en un insólito ataque de pragmatismo, priorizó proteger el pan de las familias que dependen en la zona de la construcción naval, tras reconocer que “antes era un ingenuo”.

Aún comprometido firmemente con la defensa de los derechos humanos, no me resisto a la tentación de bucear en la alegre pretensión de algunos de dar un portazo a las relaciones comerciales, con países en los que, supuestamente, se violan derechos humanos. Porque, por ejemplo, en España, país de producción cero de petróleo, el 75% de las importaciones de crudo procedieron en 2017 (por orden decreciente) de: Méjico, Nigeria, Arabia Saudí, Libia; Kazajistán, Irán, Brasil, Irak, Noruega y Angola. Hay otros proveedores menores como Rusia y Venezuela. Si repasamos la lista, y quitamos Noruega, me temo que todos los demás están señalados, por unos u otros, de violar derechos humanos. Y pregunto ¿Habría también que romper las relaciones comerciales y la importación de petróleo de tales países y volver al candil de aceite? Eso, como diría el castizo, no se le ocurriría ni al que asó la manteca.  Claro que, aquí, asadores de manteca hay tela…

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