Arde Madrid, ¿Marca España?

Vista la serie, concluida y degustada. Gracias a todos, desde los autores intelectuales, hasta el último intérprete. Fotografía, vestuario, todo.

Vista la serie, concluida y degustada. Gracias a todos, desde los autores intelectuales, hasta el último intérprete. Fotografía, vestuario, todo. Y ahora, mi versión.

Me tocaba la fibra íntima. Un blanco y negro donde bucean mis primeros recuerdos. No en vano vi la luz del día en el 65, y mis primeros recuerdos son del ¡Hola!al que mi madre era fiel. Enamorado para siempre de los ojos de Liz Taylor y de Ava Gardner. Y más, mucho más, que podría decir, pero no toca. Toca Arde Madrid.

Ardía Madrid, entonces, y ardía también mi Sevilla natal. Ava Gardner se erigía diosa de un tipo de libertad – si queremos entenderla así –, seguida de su corte peculiar, al modo en que lo hizo María Antonieta, dos siglos antes en el París esplendoroso de los borbones. Fiestas, lujos, extravagancias. Y sexo, mucho sexo. Todo un pueblo en las verjas de Versalles.

Ardió París, algo después, y la reina de la sensualidad y el desenfreno fue guillotinada. Poco después, las nuevas clases dirigentes copiarían – en lo que pudieron – su amor por el placer, y París se convirtió en la ciudad de la luz. Restaurantes, moda y lujo, al servicio de la burguesía que fue despellejada por Balzac. La capital del refinamiento que “se abrió de piernas como una meretriz”, al decir de los generales nazis.

Pero en los sesenta del siglo pasado, Ava Gardner encontraba en nuestro país un espacio para explayarse a sus anchas – ¡y cómo! -. Una María Antonieta peculiar para un pueblo pobre y analfabeto, que nos mostraría la existencia de otras religiones y otros altares. Y a ese nuevo culto clandestino se sumarían, entusiastas, artistas y aristócratas de pelajes diversos y caudales más o menos exiguos. Los que, más tarde, se acomodarían gustosos al felipismo y encajarían en la denominación de “beautiful”. Más o menos.

Aquellas fueron bacanales privadas, pero con pública repercusión. En la España que abandonaba el hambre era notoria la presencia de la diosa de la belleza y la sensualidad, la que nos encandilaba ahí, en la pantalla, convenientemente doblada, que venía a darle una colleja a la Sección Femenina y abría las playas a las suecas y las alemanas. De ahí, al porro y al top-less, casi nada. Solo la muerte del dictador.

Aquellas fueron bacanales privadas, pero con pública repercusión.

Se fue en 1968 la diosa solitaria con su botella a envejecer y morir a otra parte. Nos dejó un panteón particular de dioses menores, también de corta vida y no menos alocada. No los menciono, no vienen al caso. Pero al igual que le pasara a la guillotinada, los adeptos de Ava Gardner no tardaron en copiar comportamientos, llegada primero la democracia y luego el low-cost.

Hoy, las nietas de Ana Mari– la mejor Inma Cuesta que he visto hasta ahora – imitan a Ava y a María Antonieta, tal vez sin haber visto una película de la primera, y sin saber apenas del destino cruel de la segunda. “Sombra aquí, sombra allá…”, como cantaba la Torroja, dueñas de la noche de Valencia, Alicante, Málaga o Granada, ayuntándose o aliviando sus necesidades donde se tercie, durmiendo sus curdas monumentales en portales o en las salas de espera de nuestras urgencias. Les acompañan, entusiastas, los nietos de Manolo, parte contratante de la primera parte.

¿Censura moralizante? Nada de eso: simple descripción de las madrugadas de nuestros fines de semana.

Que si sería importante el fenómeno, que trascendió de nuestras fronteras. París quedó de capital del lujo y el refinamiento, y nosotros lo seríamos de la juerga desenfrenada. Aviones y más aviones nos traerían a manadas de jóvenes y no tan jóvenes a imitar a Ava Gardner por toda la piel de toro, especialmente en el largo verano español. Nos llenarían las aceras de vomitonas y de orinas. A profesar una religión que nace en Chicote y los tablaos de Madrid, sigue en Magaluf, y veremos dónde acaba.

Arde Madrid excede, pues, del simple entretenimiento. Va más allá, por tanto, de nuestra historia o de la historia de una actriz imprescindible de la época dorada de Hollywood. Es un documento imprescindible para comprender qué somos y cuáles son hoy nuestras señas de identidad, uno de los elementos más peculiares – por llamarlo de algún modo – de eso que hemos venido a llamar Marca España. Lo que se le viene a la cabeza a cualquiera al mencionarle el nombre del país. Y no se me enfaden los indepes, que ahí cabe, por la misma, la Barceloneta y los Sanfermines.

“Españolito torerooo, españolito guapoo” – léase con acento norteamericano y una botella de Bourbon encima -.

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