Afganistán: EEUU se va, muerte y dolor se quedan

por Eduardo Madroñal

 

Biden anuncia la retirada militar de Afganistán. Tras 20 años de guerra, se van 3.500 soldados -había 100.000 en 2011- pero se quedan 160.000 víctimas mortales afganas. Y 26.000 niños afganos han sido asesinados o mutilados. La verdadera noticia no es que Biden anuncie la retirada militar. La noticia no es que Estados Unidos se vaya. Lo doloroso y sangrante es lo que deja detrás el ejército del país más poderoso del planeta. Los Estados Unidos se van, pero la muerte, las víctimas y el dolor del pueblo afgano se quedan.

Más de 1.250.000 militares estadounidenses han pasado por Afganistán en los últimos 20 años en una guerra de sufrida por 40 millones de afganos. A los que hay que añadir los mercenarios llamados “contratistas”. Según datos del propio Pentágono, éste emplea unos siete mercenarios por cada soldado. Actualmente su número ronda los 18.000.

Además -para disminuir el rechazo social en Estados Unidos a más muertes de sus soldados- el Pentágono usa, cada vez con mayor frecuencia en los últimos años, drones. Drones que han causado la muerte a muchos civiles -al disparar contra fiestas de boda, reuniones religiosas, agricultores que trabajan en sus campos, autobuses y coches particulares-, los cínicamente llamados “daños colaterales”.

Los medios occidentales nos informan del número exacto de soldados estadounidenses fallecidos. Pero sólo nos dan una estimación aproximada del número de civiles afganos muertos durante los últimos 20 años de guerra. Porque las muertes afganas en las zonas rurales -donde viven cuatro de cada cinco personas- no se contabilizan en su mayoría.

Entre 2009 y 2018, cerca de 6.500 niños fueron asesinados y otros 15.000 resultaron heridos, haciendo de Afganistán una de las zonas de guerra más letales del mundo en 2018. Una media de nueve niños fue asesinados o mutilados cada día entre enero y septiembre de 2019, según el informe de Unicef ‘Manteniendo la esperanza en Afganistán: proteger a los niños del conflicto más letal del mundo’.

Afganistán es potencialmente uno de los países con mayor riqueza mineral, con reservas que incluyen oro, cobre, litio, uranio, mineral de hierro, cobalto, zinc, piedras semipreciosas y gemas, gas natural y petróleo. 20 años después, es mucho más pobre y menos desarrollado y está entre los países más pobres del mundo.

El país ocupa el puesto 157 en un ranking de 192. Es decir, sus habitantes están entre los que menor esperanza de vida tienen del mundo. La esperanza de vida está en 64,49 años. Y según los cálculos del propio gobierno afgano, entre el 42% y el 55% de la población vive por debajo del umbral de pobreza -definido por tener menos de un dólar al día de ingresos-; y solo el 64% de la población tiene acceso a agua potable y libre de contaminación.

El país tiene la tasa más alta del mundo en mortalidad infantil -104,25 fallecidos por cada 1.000 nacimientos normales- y una de las tasas más altas de analfabetismo -ocupa el puesto 156 de 164- según Index Mundi. Casi el 55% de los niños menores de 12 años sufren de algún retraso madurativo -en su crecimiento físico o mental- debido principalmente a la mala alimentación. En Afganistán viven unos 600.000 niños menores de cinco años que sufren un grado importante de desnutrición. Los 20 años de guerra han provocado que 3.700.000 mil niños no estén yendo a la escuela, y que además afecta especialmente a los menores de edad que viven en las zonas rurales.

Y a cada césar lo que es suyo

Trump ya había acordado con los talibanes la retirada militar de Afganistán para el 1 de mayo. Biden la ha retrasado hasta el próximo 11 de septiembre. Una fecha que coincide con el 20 aniversario del atentado contra las torres gemelas, el motivo que alegó la Administración Bush para invadir el país. La guerra de Afganistán -que empezó oficialmente el 7 de octubre de 2001- es la más larga de la historia de Estados Unidos.

La guerra ha durado tanto como la guerra de Secesión norteamericana, la guerra contra España, la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea juntas. El conflicto bélico ha costado un billón de dólares. Durante ella, Estados Unidos ha lanzado más bombas sobre aquel país que en cualquiera de las guerras anteriores.

Biden ha reconocido que es el cuarto presidente estadounidense responsable de la presencia militar de su país en Afganistán. Lo que Biden no ha recordado es que ya era vicepresidente con Obama, ni que, durante su presidencia, el Pentágono mantuvo el máximo número de efectivos -más de 100.000-, incluyendo el día que Obama recibió el Premio Nobel de la Paz. Posteriormente el despliegue, con los años, se ha ido reduciendo hasta llegar a los actuales 3.500. El supuesto objetivo de la interminable intervención bélica de Estados Unidos era derrotar a los talibanes, sin embargo, hoy, cuando se anuncia la retirada estadounidense, los talibanes controlan un 46% del territorio de Afganistán, más que en ningún otro momento desde el inicio de la invasión en 2001 por la superpotencia.

Eduardo Madroñal Pedraza, colaborador de La Mar de Onuba, nació el año 1951 en Madrid, el año 1951, de raíces andaluzas paternas y castellanas maternas. Fue velocista y jugador de balonmano. De una clase social, eligió otra práctica social. Fue, por el  artículo 191 del Código Civil franquista, «padre soltero» de una hija de madre desconocida. Estudió Psicología. Trabajó 7 meses como repartidor de codornices y 7 años como administrativo en Uralita. Acabó Psicología; fue profesor de inglés (6 años en colegio privado y 4 años en instituto por oposición. Con la LOGSE se cambió a orientador educativo. Anomalías se titula su tercer libro de poemas. Colabora en diversas publicaciones (De Verdad, Chispas…) en formato digital e impreso. Es militante de Unificación Comunista de España, miembro de Recortes Cero, e integrante de la Mesa Estatal por el Blindaje de las Pensiones. Profesor aprendiz, psicólogo inapropiado, orientador peregrino, demócrata distinto, patriota inusual, comunista extraño, padre inesperado, abuelo chocante, amante inhabitual, y alguna anomalía más.
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