A mi hijo y sus versos, en estos momentos

A Delaflor, mi hijo

por Eduardo Flores

La política no me interesa. Me parecen todos iguales. Lo dice mi hijo mayor, al otro lado de la pantalla.

Es un tipo sensible y con hambre de todo o casi. De siempre quiso correr antes que caminar. No le culpo, lo entiendo. Todo es política, le digo. Ahora más que nunca, cuando la reflexión es, literalmente, vital.

Le explico, según mi punto de vista, que la diferencia entre las líneas de pensamiento político dibujará el escenario resultante cuando todo esto haya pasado. Que pasará, matizo vehemente. No entiendo, me dice. Y es normal. Porque es joven y sus intereses hasta ahora distraían asuntos que requieren de cierto tiempo para comprender, de la capacidad de observar el presente como antesala del futuro. Procuro hacérselo fácil con un resumen inexacto, no por ello menos eficaz.

Antes de que todo esto ocurriese el neoliberalismo desmedido, esa forma de anteponer la economía a los individuos que conformamos la sociedad, aparentaba ganar una partida con una fórmula que, como el ébola, fomenta su propagación hasta borrarse de la existencia. Frente a ese modo de funcionar, ese sistema, las políticas sociales chocaban contra un muro construido de desinformación, ruido y la imposición de un ritmo frenético que nos impedía levantar la cabeza.

Hijo, estábamos tan ocupados en salir adelante que nos era imposible frenar lo que muchos creemos es el mal que nos deshumaniza.

De corazón noble y sensible, nada de lo humano le es ajeno. Viste una coraza de adamantium heredado genéticamente para protegerse del dolor que sabe que puede derribarlo en cualquier momento. Esa nobleza y sensibilidad se estremece en cuanto le digo “nos deshumaniza”.

¿Qué quieres decir con eso? Pregunta.

Que para quienes ostentan el poder según su sentido neoliberal de la política no somos más que números, tan útiles casi siempre como molestos cuando vienen mal dadas. Le digo que EEUU, paradigma mundial de este tipo de políticas, el país más poderoso del mundo, será el que más difícilmente podrá afrontar la crisis sanitaria que supone el jaque mate del SARS-CoV-19. Su sanidad, puesta a los pies del capital y no al servicio de las personas, apenas podrá reaccionar contra un enemigo que es invisible y no entiende de economía. Ya, me responde, y resopla. Le digo el coste de un tratamiento para el COVID en los USA. Resopla de nuevo. Insisto: ya has visto la actitud de Reino Unido (donde viven sus tías, mis hermanas) durante demasiado tiempo; actitud que a duras penas va menguando a medida que se avecina el desastre.  

Analizo sus gestos en la pantalla. La política ya no parece ninguna tontería.

¿Y por qué en España llegamos tan tarde? Me pregunta. ¿Lo hicimos? Es la pregunta que me hago yo antes de responder. Sí y no, le digo. Entonces me enrollo explicando cuanto sé de los virus en general y de los coronavirus en particular. Mientras lo hago observo su forma de desviar la mirada, de asentir, la confusión, la incomprensión, las sencillas preguntas que intercala.

Hablamos de política, pero está claro que en estos momentos sólo me interesa cuanto puede estar ocurriendo en esa cabecita que se aproxima peligrosamente a la edad adulta.

¿Qué te parece todo esto que hemos hablado sobre política? Pregunto. Me da que sigue sin saber qué responder. Y lo entiendo. ¿Qué pasará después de todo esto? Ahora es él quien pregunta.

La respuesta podría tener mucho que ver con aquello de una realidad incómoda. Más que nada porque para explicar una conducta futura sólo podemos basarnos en la conducta del pasado. A este respecto los políticos del mundo siempre se han mantenido apegados con obcecación al mal que representa la desmesura del sistema neoliberal. Así que me decanto por la hipótesis.

En la historia que está escribiendo esta generación, los individuos de la sociedad que somos y estamos ahora compartiendo el mundo, jamás se ha vivido algo remotamente parecido. El reto que nos ha impuesto este virus es durísimo. Pero bien podría ser una oportunidad. ¿Una oportunidad? Sí, hijo. ¿Oportunidad para qué? Pues para entender, para entendernos, para despertar nuestra conciencia colectiva y así, de tal modo, cuando escampe, podamos salir a la calle con la ganancia de saber, como nunca lo supimos, qué queremos hacer con este mundo y nuestras vidas. Lo entiende. Ahora mismo nada parece más claro en sus revolucionadas entendederas.

Omito que el capitalismo tiene la costumbre de alimentarse a base de tragedias, sea cual sea su magnitud y el coste a que somete a las personas como él y como yo y como todos aquellos a quienes amamos.

De entre estas dos hipótesis considero incuestionablemente más esperanzadora y necesaria la primera que la segunda. Porque son tiempos para cultivar jardines como oposición a la desertización del espíritu.

Me cuenta que está aprovechando el tiempo para escribir.

Su carrera de rapero en ciernes habita el limbo de quienes se inician en la complejidad de la creación. Es por eso que me encanta hablar con él, ya sea en la distancia. Es noble y sensible. Es por eso que le dije que todo es política. Abono con un granito de arena su ambición, del mismo modo que trato de contribuir a su felicidad y a sus necesidades más básicas.

Hijo, saldremos de esta. Y ahí estarás tú y estarán tus rimas. Para contarlo.


Eduardo Flores nació en la batalla de Troya. Es sindicalista y escritor. En su haber cuentan los títulos Una ciudad en la que nunca llueve (Ediciones Mayi, 2013), Villa en Fort-Liberté (Editorial DALYA, 2017) y Lejos y nunca (Editorial DALYA, 2018).

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