En el centenario de la muerte de John Reed, por qué necesitamos un periodismo veraz, comprometido y sobre el terreno

John Reed, periodista, poeta, aventurero, activista político y luchador por los derechos de los trabajadores es el autor de la crónica fundamental sobre la Revolución de Octubre de 1917. En esta imagen de archivo, tomada en octubre de 1917, soldados armados marchan hacia el Kremlin con una pancarta que reza “Comunismo”. (AP/Russian State Documentary Film and Photo Archive)
por Juan Antonio Sanz

 

En un hospital de Moscú y pocos días antes de cumplir 33 años, moría de tifus el 17 de octubre de 1920 el periodista estadounidense John Reed, autor de México insurgente, un libro reportaje sobre la Revolución Mexicana; y de Diez días que estremecieron al mundo, la crónica más famosa de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia. Ambos textos y la propia trayectoria profesional de Reed constituyen hoy día un valioso ejemplo del periodismo comprometido con las luchas sociales, sin renunciar a la veracidad, al respeto a las fuentes y a la indispensable presencia del periodista allí donde acontece la noticia.

Reed se anticipó al periodismo narrativo, capaz de llevar al lector al lugar de los hechos y hacerle partícipe de la atmósfera humana de los acontecimientos, muchas décadas antes de que Tom Wolfe lo pusiera de moda bajo la denominación genérica de “nuevo periodismo” o de que autores como Rodolfo Walsh, Truman Capote, Gay Talese o el propio premio Nobel Gabriel García Márquez lo elevaran a la categoría de género literario.

Un compañero de fatigas de Reed y autor de una de las introducciones más preclaras de Diez días que estremecieron al mundo (1919), el periodista Albert Rhys Williams, escribió un perfil muy afinado del periodista estadounidense en medio de la vorágine de la Revolución en marcha: “Por dondequiera que pasaba iba recogiendo documentos. Reunió colecciones completas de la Pravda y la Izvestia, proclamas, bandos, folletos y carteles. Sentía una especial pasión por los carteles. Cada vez que aparecía uno nuevo no dudaba en despegarlo de las paredes si no podía obtenerlo de otro modo”. Según Williams, “quien quisiera estar al corriente de la vida contemporánea no tenía más que seguir a John Reed; como el albatros, el ave de las tempestades, estaba presente dondequiera que sucedía algo importante”.

John Reed, periodista, poeta, aventurero, activista político y luchador por los derechos de los trabajadores, es el único estadounidense cuyos restos permanecen enterrados en el lugar más sacrosanto de la Rusia heredera de la Unión Soviética, el pie de las murallas del Kremlin.

Este imperio de imperios surgiría pocos años después del triunfo de la Revolución que, en octubre y noviembre de 1917, contó Reed como pocos han sabido hacer.

John Reed nació en una familia acomodada en Portland, Oregón, el 22 de octubre de 1887. El futuro narrador de revoluciones y conflictos se graduó en Harvard en 1910 y pronto sus intereses tornaron sus fantasías heroicas de la adolescencia hacia la lucha social y el periodismo. En 1913, la vida de Reed tocó un punto de inflexión que marcó también su compromiso político. Ya miembro de la plantilla de The Masses, publicación socialista que dirigía Max Eastman, Reed cubrió una serie de graves conflictos laborales en Estados Unidos y plasmó esa visión del periodismo como instrumento de denuncia social. De esa época data su artículo War in Paterson sobre las huelgas de trabajadores de la industria de la seda en esa localidad de New Jersey. Reed fue huésped por primera vez de las prisiones federales por su condición de testigo incómodo de esos movimientos obreros, un hábito que se repetiría a lo largo de su vida y que le llevó incluso a ser encarcelado muchos años después en Finlandia sospechoso de espiar a favor de la Rusia bolchevique.

Estar en el lugar de los hechos

Reed viajó a México en 1913 como corresponsal del Metropolitan Magazine para cubrir la revolución mexicana durante cerca de cuatro meses. Allí pudo entrevistar y mantener una relación muy cordial con Pancho Villa, quien llamaba al corresponsal estadounidense “Chatito”. Fruto de esos meses de crónicas de guerra e insurrección fue el libro México insurgente (1914), que le daría un gran prestigio como corresponsal de guerra. Esa fama le alisó el camino para ser enviado a Europa y cubrir allí la Primera Guerra Mundial.

En su artículo de septiembre de 1914 para The Masses titulado The Traders’ War, Reed explicaba que la guerra en Europa era en realidad “un choque de mercaderes”. En otro artículo, The Worst Thing in Europe, escrito para The Masses en marzo de 1915, daba una rápida visión de lo que era el “poder militar” ruso, en un vaticinio de lo que pasaría dos años después, cuando ese mismo ejército se desmoronaría, abandonaría el frente y se uniría a la Revolución: “El Ejército ruso, hordas inagotables de simples campesinos, arrancados de sus granjas, bendecidos por un sacerdote, y empujados a latigazos a la batalla por una causa de la que jamás habían escuchado…”, escribe Reed.

Una de las claves de la precisión de Reed al describir los hechos, y al margen de su valoración política de los mismos, es que estaba siempre en el lugar donde aquellos se producían.

Al contrario que en estos días ya en pleno siglo XXI en los que internet se ha convertido en fuente principal de información y excusa para no enviar reporteros al lugar de los acontecimientos, hace un siglo si se quería escribir con veracidad y una suficiente objetividad sobre cualquier evento, por ejemplo, la Revolución Rusa, había que estar en Petrogrado, en Moscú o a bordo del convoy que llevaba las fuerzas del Gobierno Provisional de Alexander Kerenski para aplastar a los bolcheviques en la ciudad imperial.

Y eso hizo John Reed y por eso marchó a la actual San Petersburgo, por aquel entonces Petrogrado, para narrar en primera persona la Revolución imparable ya. A fines de agosto de 1917, John Reed y su pareja entonces, Louise Bryant, feminista, activista de izquierdas y periodista también, partieron rumbo hacia Europa con destino último Petrogrado. La aventura rusa había comenzado.

El periodista estadounidense describe con profusión en Rusia los hechos que se encadenan vertiginosamente y que conforman la historia de esos diez días que estremecieron al mundo. En una información enviada al rotativo The New York Call el 22 de noviembre de 1917, pero que se corresponde a los hechos sucedidos el 7 de noviembre según el calendario gregoriano (25 de octubre de 1917 para el calendario juliano seguido en Rusia), Reed ofrece esa rápida perspectiva de un mundo que cae y otro que surge: “Esta mañana estuve en la escena de la dispersión por las tropas de los soviets de los junkers (cadetes de las escuelas militares) que defendían el Palacio de Invierno. Al medio día, estuve presente en la apertura de la Asamblea de los Soviets de toda Rusia. Y por la noche fui testigo del asalto del Palacio de Invierno, al que entré con las primeras tropas bolcheviques”.

En su biografía Romantic Revolutionary (Nueva York, 1975), el escritor Robert A. Rosenstone destaca que “la Revolución fue un sueño encarnado” para Reed, quien “se elevó a un reino de trascendencia visionaria”. Los estadounidenses de principios de siglo tenían una idea muy exótica y mística de Rusia. Era la tierra del “alma eslava”, una fuerza espiritual de la naturaleza materializada en figuras como Dostoievski, Chejov, Stravinski o Diaghilev, y que estaba en el extremo opuesto al materialismo y pragmatismo de Estados Unidos, explica Rosenstone.

La catástrofe humana de la Primera Guerra Mundial y la revolución de febrero de 1917 que derribó al zar Nicolás II dieron al traste con toda esa retórica y se empezó a ver lo que ocurría en Rusia como un combate casi milenario entre la autocracia y la democracia. El propio Reed acabaría disculpándose por no haber entendido desde un principio lo que estaba ocurriendo. En un artículo para The Masses, de julio de 1917, es decir, antes de que se desatara el tsunami de la Revolución de Octubre, Reed refería que, aunque en el análisis de Rusia de esos años de guerra mundial el centro del interés había estado en su participación en la contienda, en realidad la clave estaba “en el tan largo tiempo frustrado alzamiento de las masas rusas”, cuyo propósito era “el establecimiento de una nueva sociedad humana en la tierra”. Y ya entonces adelantaba que el motor de este cambio serían los Soviets, “el auténtico corazón revolucionario de la Nueva Rusia”.

El periodista y experto en política internacional Pascual Serrano, subraya la capacidad que tuvo John Reed para entender e interpretar los sucesos de la Revolución Rusa, algo que desde un principio dejó atónitos a los historiadores y estudiosos rusos. Serrano, autor del libro Contra la neutralidad (Barcelona, 2011), en el que analiza el compromiso de John Reed con la veracidad y los derechos sociales, explica que quizá tuvo mucho que ver en esa visión acertada el hecho de ser un corresponsal “extranjero”, capaz de percibir detalles que quizá un analista local dejaría pasar por alto.

Para Serrano, quien en su libro habla de ese periodismo comprometido desempeñado también por autores como Rodolfo Walsh, Robert Capa, Edgar Snow o Ryszard Kapuscinski, otra habilidad de Reed fue dar voz a los protagonistas de las historias, ya fuera con los huelguistas textiles en Paterson, Estados Unidos, en las polvorientas tierras en rebelión del norte de México, en las trincheras de la Gran Guerra o en el Palacio Smolny de Petrogrado, donde los bolcheviques situaron su cuartel general. El objetivo era tumbar los falsos tópicos desde la información y la veracidad. Reed lo dice con claridad en el prólogo de su libro sobre la Revolución Rusa:

“Durante la lucha, mis simpatías no eran neutrales. Pero al trazar la historia de estas grandes jornadas, he procurado estudiar los acontecimientos como un cronista concienzudo, que se esfuerza por reflejar la verdad”.

En 1919, un año antes de caer fatalmente enfermo del tifus, Reed pudo publicar su obra más popular, a pesar de las trabas que le puso la conservadora y anticomunista sociedad estadounidense. Reed se enfrentó a esta condena y también a las críticas del anquilosado socialismo que se movía en aquellos tiempos en Estados Unidos. Reed era miembro de la III Internacional pero no se le perdonaba en el seno socialista su independencia y menos aún su imaginación. Esta situación, que le acompañó toda su vida, la resumió Max Eastman, editor de The Masses en una carta de homenaje a Reed. John, dijo Eastman, “se enfrentó con el dilema de la hipocresía en el seno del periodismo capitalista y la desprestigiada y desolada verdad de la prensa revolucionaria. Y escogió la verdad”.


Juan Antonio Sanz es un periodista español radicado en Cuba. Trabajó para la Agencia EFE durante más de 20 años, como corresponsal en Rusia y Corea del Sur y como director de la agencia en Japón y Uruguay. Ha trabajado como docente universitario en Bolivia, para el Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Bolivia y la agencia de cooperación internacional para el desarrollo de España. Sus áreas de especialización incluyen seguridad y cooperación internacional.
Artículo publicado por cortesía de

 

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